En El imperio de la IA (editorial Península 2025), Karen Hao retrata a Sam Altman y a parte de la élite de Silicon Valley no solo como creadores de una tecnología revolucionaria, sino como fundadores de una religión. La comparación nace de una máxima que Altman adopta como guía: las personas de éxito crean empresas, las más exitosas crean países y las más exitosas de todas crean religiones. A partir de ahí sostiene que el emprendedor verdaderamente ambicioso no aspira solo a una compañía rentable, sino a construir “algo más parecido a una religión”, usando la empresa como instrumento. Hao se toma en serio esa idea y la convierte en el prisma desde el que leer el nacimiento y la evolución de OpenAI.
La misión oficial de la compañía —“garantizar que la inteligencia artificial general (AGI) beneficie a toda la humanidad”— funciona, en este relato, como un credo moderno. Es un ideal grandioso e impreciso a la vez, capaz de inspirar a quienes lo abrazan y, al mismo tiempo, de ocultar el reparto real del poder. Bajo esa consigna se concentran talento, datos, capital e influencia política en torno a un pequeño núcleo de directivos. La AGI deja de ser solo un objetivo técnico y se convierte en una promesa trascendental: un fin último que da sentido al trabajo diario y legitima sacrificios presentes en nombre de un bien futuro y difuso.
Hao muestra cómo ese objetivo se vuelve dogma interno. No se trata únicamente de entrenar modelos cada vez más grandes, sino de creer que se participa en un acontecimiento casi místico. El ex-director científico Ilya Sutskever llegó a hablar de “sentir la AGI”, como si fuera una presencia que se aproxima, accesible solo a los iniciados, y dentro de la empresa se habla incluso de “éxtasis” cuando llegue ese momento. Ese lenguaje, cargado de resonancias espirituales, construye una atmósfera en la que dudar del rumbo del proyecto se parece a cuestionar un artículo de fe dentro de una comunidad religiosa: posible en teoría, pero penalizado en la práctica.
En este marco, la retórica de la salvación cumple una función política decisiva. Al prometer una “enorme prosperidad” en la futura “era de la inteligencia” y, a la vez, agitar el miedo a que otros actores desarrollen primero esa tecnología, los líderes del “imperio de la IA” reclaman poder extraordinario en el presente. La carta de la inevitabilidad (“si no lo hacemos nosotros, lo harán otros y será peor”) exige obediencia y prisa, y desplaza la discusión: ya no se debate si queremos ese futuro ni en qué condiciones, sino solo quién debe pilotarlo.
Mientras tanto, advierte Hao, los daños reales no son hipotéticos ni lejanos. Se sienten hoy: trabajadores que etiquetan datos en condiciones precarias, consumo desmesurado de energía y agua para alimentar centros de datos, apropiación masiva de contenidos sin consentimiento, sistemas opacos que refuerzan desigualdades y consolidan nuevas formas de vigilancia. La religión de la AGI, con su promesa de redención futura, funciona como cortina de humo sobre este presente incómodo. El credo proclama que todo sacrificio se justifica por el bien de “toda la humanidad”; en la práctica, los beneficios se concentran en muy pocos y los costes recaen sobre muchos.
De ahí el título del libro: además de religión, se trata de un “imperio”. El relato moral —salvar al mundo de un apocalipsis tecnológico o conducirlo a una utopía post-escasez— facilita la expansión global de un modelo de poder basado en la centralización de datos, infraestructuras y decisiones en manos de unas pocas plataformas. Es una forma de colonialismo digital en la que se extraen recursos materiales y simbólicos de poblaciones enteras en nombre de un progreso que rara vez se les consulta, y la misión universalista actúa como justificación moral de un reparto profundamente desigual de riesgos y beneficios.
En última instancia, El imperio de la IA invita a ver la AGI no como un destino inevitable ni como un nuevo dios benevolente, sino como un proyecto político y económico envuelto en una cruzada moral. Llamar “religión” a la empresa de Altman no es solo una metáfora provocadora, sino una advertencia. Allí donde se presenta una tecnología como salvación, donde se exige fe en un futuro luminoso para aceptar sacrificios presentes y donde se legitima la concentración de poder con argumentos éticos, quizá no haga falta más fe, sino exactamente lo contrario: escepticismo informado, debate público y voluntad colectiva de poner límites a los nuevos sacerdotes del algoritmo.
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