En los comienzos del mil novecientos, Buenos Aires crecía de forma notable debido al enorme flujo
de inmigrantes. Muchos creaban colonias en el interior del país, pero la mayoría se quedaba en los suburbios. Barracas y la Boca eran tierra de inmigrantes, italianos y españoles en su mayoría. Las calles pavimentadas y las de tierra y piedras se alternaban.
Con el tiempo esta gente tomó las viejas casonas para convertirlas en conventillos, donde en cada
cuarto vivía una familia completa. Eran tiempos difíciles. Cualquier rencilla se solucionaba con duelos a muerte bañados en alcohol.
Por otro lado, surgía un mundo de artistas, pintores, músicos y escritores que daban a luz, soberbias
creaciones, sublimes poemas, inolvidables canciones.
Era en uno de los conventillos de la Boca que vivía Margot, con su madre y hermana. Todas
trabajaban como sirvientas en un palacete del norte. Una noche, se inició una feroz batalla por el territorio, entre los hermanos Zagasti, dos inmigrantes italianos, con su banda y los Manfredi y la suya. Lamentablemente todo estalló en el conventillo de Margot. Muchos murieron. Ella se salvó cuando uno de los hermanos, Estéfano, la vio entre las ruinas y el fuego. Su madre y su hermana perecieron. Cuando llegó la policía era tarde. El lugar ardía.
—¿Quién es?—Preguntó Leo, el hermano.
—No sé. Es linda y me dio pena que se muriera quemada. Vamos, apurá los caballos.
Se instalaron en una precaria casa, lejos de la Capital, donde nadie los buscaría. Cuando Margot despertó, gritó.
—Cállate, carajo—Dijo Estéfano y le dio una trompada. La mujer no lloró y decidió callarse.
Fue Leo el que le preguntó si sabía cocinar.
—Yo era cocinera en lo de mi patrona, señor.
—Entonces decime que necesitás.
Margot le hizo una lista.
—¿Sabes leer y escribir?…
En ese instante, Estéfano la tomó de la mano con fuerza y se la llevó a la pieza. Cuando salió, el hermano preguntó como era.
—Un gatito, se dejó hacer de todo. No se resistió a nada.
—A la noche me voy de farra, hermano. Quiero emborracharme, pelear con alguien y que me
saquen del bar a los empujones. Hace lo que quieras con la mina. Es tuya también.
La mujer escuchó todo. Cuando se fue, Leo corrió la cortina y la encontró desnuda.
—Vení por favor. Vos sos más bueno que tu hermano. Quiero hacerte feliz.
El joven se abalanzó sobre la mujer y se quedó mucho tiempo encima de ella.
El sol entrando por la ventana sin cortinas los despertó. Y los golpes de Stéfano al entrar borracho.
Cuando los vio desnudos sobre la cama, se cayó al piso y se durmió. En horas del medio día estaban
despiertos.
—¿Cómo te fue en el bar, hermano?
—Bien. Antes de emborracharme, planeé con un amigo el robo a un banco y después estuve
hablando sobre lo que pasó en el conventillo y de Margot, así se llama nuestra puta. Es francesa, era
de alta alcurnia en su país, culta pero acá se vino abajo.
—No le digas así.
—Epa… Que no se diga que mi hermano se enamoró. Vamos Leo, eso no es de hombres. Las
mujeres están para darnos hijos y divertirnos.
—Eso pensás vos.
—Sí. Son para eso. Mira si no.
Dicho esto corrió la cortina, le arrancó la ropa y la tiró sobre el colchón. Ella miraba con lágrimas a Leo que no quiso mirar más y se fue al patio.
—Ahora vamos a comer—Ordenó Stéfano.
Los hombres se turnaron para vigilar y dormir. Al atardecer, Stéfano encendió un puro y se sentó en la entrada de la casa con Leo.
—Mirá hermano, hemos pasado muchas cosas juntos, me salvaste la vida, yo salvé la tuya, solo nos
falta pelear contra Dios. Siempre juntos, como cuando éramos niños en nuestra Sicilia natal. No
quiero que una mujer se interponga entre nosotros. Si lo hace voy a tener que matarla.
—Estoy de acuerdo hermano— Y se quedaron en silencio.
Pasó el tiempo. Los hermanos cometían siempre alguna fechoría, regresaban y festejaban con Margot. Una noche, el hermano mayor regresó borracho y sin motivo aparente, le pegó hasta desmayarla. Al regresar Leo y ver aquello, no podía entender que había sucedido. Iracundo encaró a su hermano.
—¿Qué te pasa idiota? ¿Acaso ella te hizo algo malo? Aceptó su destino desde un principio. Nunca
se quejó por nada y vos llegas y la cagás a trompadas.
—Nunca me insultaste hermano. Y todo por esa yegua. Esto se termina acá.
Sacó su revolver de la cintura y corrió la cortina. Allí estaba Margot mirando su rostro desfigurado en el espejo rojo. Stéfano le apuntó mientras ella lo miraba a los ojos y se desvestía. El hombre no pudo disparar y enceguecido se abalanzó sobre ella. Por primera vez la besó y se dio cuenta que se había enamorado. Leo miraba todo hasta que fue a la taberna a emborracharse.
Al rato apareció su hermano.
—¿Qué vamos a hacer? Nos enamoramos de la misma mujer. Es una maldición—Gritó.
—No lo sé.
—Solo sé que nuestra unión de hermanos se quebró. Y no puedo permitir eso. Somos vos y yo
contra el mundo. Voy a matarla. Muerta se termina el problema.
—Deja de decir estupideces. ¿No podemos solamente liberarla?
—Nos va a delatar, se va a vengar hablando con los Manfredi. Está decidido.
Salieron del bar juntos muy nerviosos.
Cuando llegaron a la casa, la mujer no estaba. Stéfano salió corriendo y se montó a su caballo. Leo
lo siguió. Ya en medio del campo, lejos del pueblo encontraron a Margot que solo caminaba.
Stéfano le pegó el grito para que se detuviera. Ella le hizo caso.
—¿A dónde vas mujer?
—Lejos de vos. Me cansé de ser tu puta, tu muro de lamentos, tu descarga. Solo quiero ser la mujer
de alguien bueno, que me quiera y me cuide. Y vos no lo sos. Leo sí.
—Ah, ¿Si? Leo es como yo, es mi hermano, ¿Entendés?
De inmediato sacó el arma y le apuntó a la cabeza.
—No, no somos iguales—Gritó.
La bala le perforó la cabeza a Stéfano. Leo se acercó lentamente al moribundo.
—¡Perdón, hermano! Hasta acá llegamos. Para vos todo se arreglaba con un tiro en la cabeza. Y
solo yo, tu hermano menor podía darte fin. Solo yo podía matarte, nadie más…
Y fue allí en ese desierto crepúsculo, que una historia terminaba y otra comenzaba.
Más tarde, se subieron a los caballos y se perdieron en la inmensidad del campo, mientras los
buitres comenzaban a sobrevolar el cuerpo tendido.
@Richard/24.-Ricardo Mazzoccone
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