La amistad tiene nombre por Pilar García Torres

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SUSANA

No puedo mirar el ocaso
sin extrañar tu brazo sobre mi hombro.
Aunque nunca lo vimos juntas,
añoro las tardes de tocadiscos y trina de naranja,

escuchando we shall dance.
Fuimos esas almas
que siempre estuvieron cerca,
aunque a kilómetros de distancia,
y pasaran meses sin vernos.
Tú eras la más inteligente de mi adolescencia,
tenías las cosas claras, las demás no,
eras la más divertida y la menos soñadora.
Siempre me intimidaron tus ojos tan negros,

reían más que tu risa,
hablaban más que tu garganta,
herían cuando tú querías.
Me descubriste a Cortázar,
su rayuela, sus cronopios y sus famas,
me hablabas de Unamuno como mi padre,
que tanto le admiraba.
Me ayudabas en latín,
en francés y matemáticas,
eras brillante estudiando,
se nos iluminaba el semblante
hablando de Garrapiz
y sus clases de literatura.

En clase de religión siempre éramos contrincantes,

aquellos largos debates
que Ambrosio nos planteaba,
tú tan espiritual
y yo tan pragmática siempre,
nos hicieron ya entonces,
crear dos bandos en el aula.
No consiguieron separarnos,
ni la vida,
ni los novios,
ni los maridos después,
si acaso físicamente,
pero todo volvía a empezar,
al juntarnos otra vez.

La de veces que escuchamos “La distancia”,
la de tardes que sonaba Redboone,
aquellos guateques en Estrecho,
siempre nosotras,

luego llegó Bernardo
y te hiciste mayor.
Extraño tu presencia,
estás, aunque no te vea,
aunque no te pueda tocar.
Estás en esos pedazos de ti,
que nos has dejado llenos de amor

@Pilar García Torres


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