“Quisiera enredar tus pies en la sombra de mis olvidos”. Un rayo de luz entró por entre las rendijas de la persiana. Y me despertó. En mi cabeza seguía resonando esa extraña frase. Me levanté deprisa y acudí al cuaderno que siempre dejo sobre la mesa del ordenador. Me había decidido a escribir, al levantarme cada mañana, lo que recordara de mis sueños nocturnos. Y es que llevo ya una temporada soñando efusivamente casi todas las noches.
Leí en un libro (no me acuerdo ni cuándo ni dónde) que el momento más creativo de nuestro cerebro es el del estado R.E.M. de los sueños nocturnos. Esa fase de la noche en la que generamos en nuestra mente historias surrealistas o muy reales. Historias que recordamos si nos despertamos justo en ese momento. O que se pierden para siempre si continuamos durmiendo.
Alguien me dijo (no recuerdo ni quién ni cuándo) que una terapia efectiva consistía en escribir al despertar lo que hemos soñado por la noche. De ahí mi reciente manía de dejar papel y lápiz cerca de la mesilla de noche.
Pero por la noche me meto en la cama zombi, cansado, agotado de los quehaceres diarios. Y ¡claro! no me acuerdo de dejar nada en la mesilla. A veces ni me acuerdo de cepillarme los dientes antes de acostarme. Y luego me levanto con la boca pastosa, como que viniera de una resaca infame. Un amigo me dijo que si te levantas con resaca sin haber bebido, es que ya te estás haciendo mayor. Y con “mayor” quiere decir “viejo”.
Alcancé el cuaderno de un salto, como un náufrago que se aferra al último tablón flotante del navío hundido. Ya sólo me faltaba el remo; es decir, el bolígrafo. Rebusqué en los cajones. Miles de bolígrafos de propaganda, esparcidos por toda la casa. La mayoría con la tinta seca, con el muelle rígido, con el capuchón mordisqueado: inútiles pero que siguen ahí esquivando su destino que es el cubo de la basura.
Ya casi se me estaba desdibujando la dichosa frase y la escena onírica de donde provenía, cuando apareció ese viejo Cross de oro que había pertenecido a no sé qué antepasado familiar. Los viejos amigos nunca defraudan.
“Quisiera enredar tus pies en la sombra de mis olvidos” me dice alguien mientras caminamos descalzos por la orilla de la playa. Es pronto por la mañana y a penas ha salido el sol. Pero yo no siento frío. Mis preocupaciones se centran en el resto de integrantes de la pandilla. No sé dónde están mis amigos, ni cuándo los perdí. Pero sigo andando sin rumbo, esperando que algo suceda.
Ya despierto, recuerdo mi sombra proyectada sobre la arena mojada. Recuerdo tus pies bañados por la espuma de la última extensión suave de la ola. ¿Da eso sentido a la frase que retumba en mi cerebro? ¿O es, tal vez, mi propio subconsciente que trata de crear una lógica de la nada?
Escribo, garabateo y casi me vuelvo a quedar dormido sobre la mesa del ordenador. La sombra de mis olvidos se cierne sobre mí. Me despiertan mis propios ronquidos. Y sigo sin encontrar tus pies, agua y arena, que se borran poco a poco de mi memoria.
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