Nunca se acostumbran
a la tierra firme,
los hombres de mar,
caminan con sal en los tobillos,
con el horizonte
guardado en los párpados,
la casa les queda grande.
Nunca se acostumbran
a la felicidad,
los hombres de demasiado dolor.
La alegría les llega descalza,
se sienta un instante,
luego se va sin ruido.
Un hijo aprende a irse
y la puerta queda respirando.
El padre muerto habla por dentro,
nadie lo vio partir, caer.
Los abuelos son faros
cansados en niebla.
La infancia queda
en el golpe de una promesa,
agita la brisa en las mejillas
y dice al cuerpo: quédate.
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