martes, mayo 26 2026

Cuento de Navidad por Maripau González Bodeguero

Marcos era un niño feliz y normal. Hijo único de una pareja de clase media y acostumbrado a ser obedecido por sus padres. Tenía nueve años y se acercaba Navidad. Como ya sabía el secreto de Papá Noel, y éste consistía simplemente en eliminar la última palabra de su nombre compuesto, había perdido la ilusión por la magia que había parecido rodear durante tantos años el misterio de los regalos.

La cena de Nochebuena había sido preparada por su madre, ama de casa. Uno de esos guisos cocinados con esmero que han contribuido a aumentar las reservas de grasa en el tórax de su hijo que, para variar, no dejaba nada en el plato.

Tras la copiosa cena, el padre desapareció diciendo que iba al baño. Minutos después, como cada año, hacía acto de aparición Papá Noel en persona, en la puerta de los Rodríguez. El niño siempre se había preguntado cómo, teniendo el gordo de rojo tanto trabajo esa noche (ya que era la única vez al año que trabajaba), podía permitirse visitarle exclusivamente a él y durante horas, ¡como si no tuviese nada más que hacer!, pero ese año, al verle con su ¡Ho ho ho !en rojo uniforme, le soltó a
su padre

— “¡Ya vale!,. Sé que eres tú. Si pasaras más tiempo en casa conmigo sabrías que ya sé que Papá Noel no existe”. El padre se sintió humillado y decepcionado y fue asaltado de nuevo por su impertinente hijo

— Va, venga, dadme los regalos.

— No hijo, los verás mañana, como es la tradición, dijo la madre.

— Qué estupidez, si sé que sois vosotros.

— Se perdería la sorpresa, además, puso punto final el padre. Duerme tranquilo y mañana lo verás.

— Espero que no falte nada de mi lista, respondió Marcos, haciendo el ademán de irse a su cuarto.

— Hijo, quizá todo no podrá ser –le respondió su padre-…

— ¿Cómo que no? Espero por vuestro bien que me estés mintiendo. Sobre todo que no me falte el “Flexiflex 4000”, ¿eh?

— Qué coño es eso?

— Juanjo, que no digas palabrotas delante del crío.

— ¡Juanjo! No digas palabrotas delante del niño –le espetó la madre-.

— Vamos, Marisa, como si no oyese el niño cosas peores por la tele cada día.

— “Flexiflex 4000” –interrumpió Marcos con tono inquieto-.

— Vale, vale. Tú tranquilo. Ahora vete a la cama, –le dijo su padre-.

A solas, con el estómago a punto de reventar, los padres estaban a salvo del tirano, pero la preocupación seguía.

— Qué pesado con el “Flexiflex 4000” –dijo la madre-.

— Pues no lo compré

— ¿Y eso?, se pondrá como una moto.

— Ya te dije que no lo encontré

— Hagamos un último esfuerzo, por favor.

— Estoy cansado. Marisa, por Dios.

— ¿Vamos a perdernos su carita de felicidad?, Por favor, Juanjo.

—Vaalee, me quito el disfraz, que tiraré mañana, cojo la chaqueta y nos vamos. Pero sólo tres tiendas, ¿eh?

En vano, no encontraron el juguete. Sólo tenían por encargos previos. Llegó la mañana de navidad y el chaval se levantó de la cama ansioso, y con su ruido al bajar las escaleras, los padres se despertaron. Le encontraron destripando envoltorios y desperdigando los juguetes. Parecía ilusionado hasta que abrió la última caja y no era el Flexiflex. Empezó a golpear el resto de regalos. Sus padres intentaron calmarle prometiéndole el juguete tarde o temprano.

El niño comió con desgana, y jugó con desgana enfurruñado todo el tiempo. Cuando llegó la noche se sorprendió de haber deseado durante todo el día, que desapareciera todo, padres, juguetes, todo. Soñó con la Flexiflex 4000- Como no podía ser de otra forma, la mañana del veintiséis acabó llegando a casa de los Rodríguez también y Marcos, tras hacer el perezoso un rato en la cama, terminó levantándose. Bajó a la cocina y descubrió que estaba sólo en la casa. Su padre estaría en una importantísima reunión de última hora, como siempre (“Si trabajo tanto es para que a ti y a tu madre no os falte de nada”), y su madre quizá estaría en la peluquería o en el súper. Se preparó un sándwich de crema de cacao de tres pisos y un vaso de zumo de naranja pasteurizado El niño se dirigió hacia su trono, el sofá de la sala de estar y encendió la envidiable televisión de plasma. Pronto terminó su desayuno pero la tele le mantuvo sedado un par de horas más. Cuando la programación dejó de ser de su agrado, Marcos decidió jugar con alguno de sus juguetes nuevos. De hecho se entretuvo
matando a una banda rival de un videojuego.

Cuando sintió hambre, le sorprendió la ausencia de olor en la cocina y fue consciente de que en la vivienda reinaba un absoluto silencio. Se sintió solo y extrañado. Llamó a su madre. Maldita sea, se dijo, la imbécil de mamá lleva mudo el móvil, se dijo. El del padre tampoco fue contestado. En el trabajo del padre, ni la secretaria, Yoli, atendía la llamada. Es el colmo, qué irresponsable son todos, pensó Se apañó con una pizza precocinada. Seguiría las instrucciones, tan difícil no podía ser.

Cuando se entretuvo haciendo zapping, perdió de vista el tiempo y no escuchó el timbrecito de final del microondas Cuando lo abrió, una humareda le hizo toser, pero deshecha la niebla pudo poner la pizza en un plato, no sin quemarse un poco. Estaba gomosa, le supo a rayos, y casi echa de menos a su madre. Después de comer se fue la luz y como anochecía pronto, la oscuridad paulatina le hizo temer estar solo para siempre. Recordó su deseo de la noche anterior (“¡Así desaparezcáis todos!”).

¿Cómo diablos iba a entretenerse sin televisor ni videojuegos? Otro problema fue descubierto por el niño por la noche: ¿Cómo iba a hacerse la cena si el dichoso microondas también necesita electricidad? Finalmente el chaval se hizo unos sándwiches y tomó leche con galletas. Había cenado, pero las horas seguían, sin rastro de sus padres, mientras que la oscuridad se iba haciendo dueña de la casa. Por primera vez estaba solo. Se durmió de puro agotamiento Veintisiete de diciembre. La Navidad quedaban atrás. Fue despertado por los tenues rayos solares que entraban por la persiana entrecerrada de su dormitorio.

Deseó que el episodio de ayer hubiese sido un sueño y bajó las escaleras corriendo. Efectivamente, no había sido un sueño, más bien una pesadilla. La falta de electricidad había hecho mella en los productos del interior del congelador, que rebosaba un agua pestilente, Abrió algunas ventanas para airear el ambiente pero con ello consiguió también que el frío empezase a apoderarse de su casa. Volvió a su habitación y, encima del pijama que llevaba varios días puesto, se puso un anorak deplumas de pato que tenía en su armario. Hizo una inspección rápida de la casa y, ¡oh, sorpresa! Sus padres seguían ausentes. Empezó a llorar. Su llanto duró unos minutos.

Hubiese durado más si alguien estuviese en la casa para consolarle. A Marcos le encantaba ser el centro de atención. Cuando se cansó, se secó las lágrimas e hizo una cosa que había visto hacer a algunos personajes en la tele: rezar. No tenía ninguna práctica al respecto pero pidió a Dios que le hiciese el favor de devolverle a sus padres o si no se enfadaría porque ¿qué clase de Dios sería?
Se preparó el mismo desayuno del día anterior y el hecho de estar quedándose sin reservas de comida le preocupaba. Como no pudo distraerse con nada electrónico, ni había cobertura para el móvil o línea telefónica, decidió salir a la calle a buscar ayuda.

Afuera hacía un frío intenso y el rocío matinal seguía congelado, así que Marcos se enfundó en unos pantalones de esquiar de su padre, que le iban más que largos y se calzó unas botas. Salió a la calle y cerró la puerta, decidido a encontrar a alguien que pudiese hacerse cargo de su situación.

Llamó a la puerta de sus vecinos. No hubo respuesta. Ni en las demás casas de la urbanización. Se sintió muy asustado y el frío era intenso, por lo que decidió volver a su casa. Entró en el jardín pero se dio cuenta de que había dejado cerrada la puerta de entrada a su hogar y había sido tan tonto de no haberse llevado las llaves. Finalmente, el niño no tuvo más remedio entrar por una de las ventanas de la cocina, aunque le costó un poco.

Marcos pasó el día alimentándose de lo que aún no estaba en demasiado mal estado de la nevera y terminó por dejar cerradas las ventanas para acumular algo de calor en la casa. En cuanto al charco pestilente del congelador, no hizo nada al respecto salvo resignarse. Los días fueron pasando y su casa quedó vacía de alimentos, sucia y desordenada.

No pasaban coches, ni había ruidos. El reloj de la sala daba las pautas de un tiempo regido, para él, por la luz o la oscuridad pero siempre con un frio intenso y una añoranza creciente por de sus padres. A la semana, decidió irrumpir en otras casas, rompiendo las ventanas con piedras. Marcos sobrevivió convirtiéndose en un carroñero.

Los años pasaron. Marcos tenía catorce años. Está sentado en un parque ante una hoguera que ha prendido con la cantidad ingente de mecheros requisados por las casas de la urbanización, asando a lo bruto unas palomas que ha logrado cazar. Le vemos con una ropa sucia que no le pertenece (probablemente se trate de la ropa de alguno de sus vecinos), con el pelo largo, sucio y churretoso. Desde que está solo ha adelgazado mucho y su comportamiento, progresivamente, ha ido pareciéndose cada vez más a la de un hombre de las cavernas. El chico no habla, suelta exabruptos y sus gestos son violentos y poco refinados. Se ha convertido en un animal.

Precisamente ese día, decidió explorar los exteriores de la urbanización, a pesar del miedo que había tenido desde siempre a pisar alguna superficie que no fuese asfalto. Se montó en “su” bicicleta rosa, la cual le pertenecía desde hacía unos años y que en el pasado debió ser de alguna de sus vecinas, y se armó con una cadena metáica, que era una herramienta de Marcos.

Se introdujo en el bosquecillo que rodeaba la urbanización fantasma, con la mountain bike, sin rumbo fijo, con la esperanza de encontrar algo o alguien que pudiese cambiar su situación y ¡vaya si lo encontró!. A los quince minutos de travesía, mientras se distrajo siguiendo con la vista a un jilguero con pinta de ser carnoso, su bicicleta topó con algo y Marcos acabó estampándose en el suelo. Se levantó de golpe y se giró violentamente. Había tropezado con un montón de huesos aún con restos de carne.

A Marcos el corazón le empezó a ir a toda prisa, y miró a los lados blandiendo su cadena, pero pronto se tranquilizó. Observó el cadáver, bueno, sus restos, y determinó que debía tratarse de un niño. Ese encontronazo le asustó y terminó volviendo a la carrera hasta su casa, dejó tirada la bicicleta en el jardín y entró por la puerta que nunca cerraba (total, ¿quién iba a entrar?), a pesar de que en esa situación confusa, decidió cerrarla por si acaso. Su cabeza se llenó de preguntas. Parecía que se volvía loco. Para desquitarse cogió un folio y un lápiz y escribió, con su letra de niño, todo lo que le
pasaba por la mente.

Entre otras cosas pensaba que si había encontrado un cadáver significaba que no era o no había sido el único humano en la zona. ¡Quizá no estaba solo! Por otro lado, ¿a quién pertenecería dicho cadáver y cómo habría fallecido? Quizá se perdió en el bosque y se murió de hambre. ¿Por qué huiría? ¿Por la misma razón que Marcos? En definitiva, que Marcos esa noche no pudo dormir dándole vueltas al dichoso encuentro con los restos humanos. En cuestión de unos días Marcos dejó de lado todas esas cuestiones y volvió a la normalidad, es decir, a alimentarse de alimañas y frutos silvestres.

Una tarde cualquiera, mientras Marcos rondaba por la cuando oyó gritos. El chico pedaleó con fuerza hacia la casa de la que provenían las voces desesperadas. Golpeó la puerta con los nudillos. Se oyeron unos pasos acelerados que dieron a la puerta y la abrieron de golpe y un niñito de aspecto repelente gritó “¡Mamá!” equivocándose de lleno. El niño se asustó ante el aspecto de gañán de Marcos y le dijo, entrecerrando la puerta, como preparándose para cerrarla de golpe:

— ¿Quién eres?

— Me llamo Marcos, ¿y tú?

— ¡Fuera de mi casa!

—Tranquilo, no voy a hacerte daño.

El crío cerró la puerta, pero Marcos entró por la ventana., ante el miedo del niño, quien se defendía con una silla en la mano.

—Estate tranquilo chaval, no te haré nada. Me sorprende verte. Eso es todo

—Yo sí que lo estoy, no encuentro a mis padres y estoy solo

—No tanto como yo, estoy seguro, dijo Marcos. En serio, estoy tan sorprendido como tú, llevo años solo en la urbanización.

—Eso no es verdad. ¿Qué has hecho con mis padres? ¿Y por qué está todo roto, eh? Seguro que eres un ladrón… ¡Y un asesino!

—Tranquilo, nene. Yo sólo sé que hace seis años, en navidad, me acosté deseando que despareciese todo el mundo y desde entonces estoy solo.

—Ah -dijo el niño soltando la silla y pensando-…añadió: – Yo ayer también me acosté pensando que ojalá desaparecieran todos. Entonces, ¿es por eso?

— Pues igual sí. Y ahora estamos solos en este mundo.

— ¿Y sabes por qué mi casa está así?

—Igual sí, verás, llevo años saqueando las casas vacías del barrio para sobrevivir.

—Así que has sido tú quién ha roto la ventana, se lo ha comido todo y ha desordenado toda la casa, ¿no?

—Sí…lo siento chaval.

— ¡Pues fuera de mi casa!-

Quiso mostrarse conciliador con ese mocoso pero por si acaso dejó claro que el parque, sus palomas y sus frutos eran de su propiedad. Marcos salió por la puerta de la vivienda y desapareció sobre su bicicleta. Se encerró en su casa. Ya no atrevió a dejarla abierta porque ya no estaba solo. Su nuevo vecino le inquietaba y, sobretodo, el paralelismo en sus historias.

Acabó llegando a la conclusión de que ambos se encontraban en una realidad alternativa, una dimensión a la que solo iban los niños desagradecidos. Marcos, durante todos esos años de penurias, no había tenido más remedio que madurar y, hoy por hoy, la actitud del niño desconocido le resultaba de lo más repelente, aunque se acabó dando cuenta de que él había sido así también, y que fue eso lo que le llevó a su situación actual. Pasó varios días ahuyentando al nuevo vecino de su parque y deprimiéndose por su situación. Estaba condenado a una vida de soledad, o lo que es peor, una vida rodeado de gente repelente e intratable, como el vecino recién hallado, que un día sería
un hombre. En ese momento se arrepintió de su actitud de cuando era un niño y deseó poder volver atrás en el tiempo y cambiar para dejar de ser el chaval egoísta que fue porque ahora podría valorar mucho más las cosas que ya no tenía.

Una tarde grisácea de otoño, Marcos volvió al bosque donde había encontrado el cadáver, trepó a un árbol y ató a una de sus ramas un largo cinturón. Seguidamente preparó un aro y se lo ató al cuello. Harto de tan mala existencia y tan deplorable porvenir, se dejó caer de la rama, terminando así con esa pesadilla en vida. Lo siguiente que vio Marcos debió ser el cielo.

Se encontraba en su cama, bien abrigado por la nórdica y enfundado en su pijama. Qué calentito estaba, qué buen sueño. Volvía a ser un niño como cuando el fatídico día. Decidió investigar qué le aguardaba en esta versión del cielo. Tras bajar las escaleras encontró un árbol de navidad lleno de regalos. Se quedó asombrado y se encontró de repente con que sus padres estaban detrás de él. Al parecer todo había sido un mal sueño. Increíble. ¡No estaba muerto ni en el cielo! ¿Volvía a ser un niño obeso? En fin, mejor así. Decidió que, ya que la vida le había dado una valiosa lección, aprendería al respecto y se comportaría como una persona de bien y no como el niño repelente que
había sido el día anterior. Su padre le dijo

—“Vamos, Marcos, ¿no abres tus regalos?”.

—No, papá, eso no me importa nada, contestó el niño

—Bueno, hijo, no te enfades, el “Flexiflex 4000” se había agotado pero te lo conseguiré, ¿vale?

—Tranquilo papá, hacedme un favor y donad todos estos juguetes a quien los quiera, a mí me hace más feliz volver a estar con vosotros.

— ¿Volver a…? ¿Qué te pasa, hijo, has tenido una pesadilla?

—Así es, papis, así es.

@Maripau González Bodeguero

@Imagen Pinterest


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