martes, mayo 26 2026

El viaje por Ricardo Mazzoccone

Pablo aguardaba a su amigo en el bar de siempre, mirando como el cielo se transformaba en un
monstruo gris y como se escapaban las sombras del cementerio que estaba cruzando la calle. Andrés, llegó un segundo antes de que la lluvia arreciara.

Al verse se abrazaron. Ana, la moza, se acercó para tomarles el pedido.

—Hola, buenas tardes, chicos. ¿Lo de siempre?

—¡Cómo estás Ana! Si.

Comenzaron a charlar de bueyes perdidos, mujeres, fútbol, política, trabajo.

Fue cuando estaban por la segunda taza de café y la tercera medialuna que Pablo, se puso serio y
dijo.

—Amigo mío, necesito contarte algo. La semana pasada me dieron los resultados de los estudios
que me hice y fui a verlo a Sergio. Me estoy muriendo. Me queda poco tiempo.

Andrés se quedó inmóvil mientras sus ojos se nublaban.

—¿Co…Como que te morís? No, no, no, no puede ser. No, vos no.

Pablo intentó contenerlo.

—Si Andrés, a todos nos llega y a mí me llegó. Pero tranquilizate, no estoy triste, no quiero la
lástima de nadie. No quiero que nadie me vea morir ni sufrir. Estoy acá con vos, no para que llores,
sino para pedirte un favor.

Andrés seguía negando todo con la cabeza.

—Ana, traeme dos whiskys por favor—pidió.

La mujer los dejó en la mesa y se alejó.

—Andrés, ¿Cuento con vos o no? Bueno. No puedo contarle a Clara y a los chicos. Nunca pude
verlos sufrir, menos llorar. Quiero que sepas que siempre supe que este momento llegaría. Fue por
un sueño que tuve a los once años…Bueno…Esta noche me voy.

—¿Cómo que te vas? No. ¿Adónde? NO.

—Cálmate que te va a dar un infarto. Me voy solo a un lugar con el que siempre soñé, que es la
cima de una montaña. Si el nacimiento es glorioso, la muerte no puede ser menos. Esta noche salgo
con el viejo bolso con el que me fui de casa a los diecinueve años. Ya dejé todo a nombre de Clara y
los chicos. Les dejaré una carta con las instrucciones. Y otra más, de despedida. Solo te pido te acerques a ellos en los momentos difíciles. Ayudalos, sos mi hermano. Ese solo te pido. Que me recuerden con alegría. Sé que estarán enojados por un tiempo por la forma de alejarme, pero se les pasará. —dijo Pablo con la voz quebrada.

—Dales un abrazo a los chicos y a Clara. Y decile que fue la mujer de mi vida y que la amaré por
siempre.

Andrés se deshacía en llanto y tristeza.

—Adiós hermano. Nunca te voy a olvidar—dijo Pablo y salió del bar a paso lento para perderse en
la lluvia.

Cuando llegó a la casa no había nadie. Una cena con amigas y el partido de fútbol de sus nietos creó
el espacio que necesitaba. Se sentó en la cama a pensar.

—Siempre supe que este día llegaría. Me lo dijeron en el sueño.

Luego de un rato se levantó, tomó su bolso y la carta que dejó en la mesa familiar. Decía así.
“Querida familia. Aquí queda mi corazón. Aquí guardé mis alas para no volar. Aquí fui feliz. Fui el hombre más afortunado del mundo. Vivan una vida de risas. Yo ya viví mucho. Y seré feliz sabiendo que ustedes lo son. Solo darles las gracias, gracias por los mágicos momentos, por la música de sus risas, por la emoción de sus lágrimas. Esto es solo un hasta luego. Es momento de recuperar mis alas. Las voy a necesitar. Pablo, esposo, padre y abuelo. Fui todo, no puedo pedir más”

Sin mirar atrás para no llorar abrió la puerta y salió a la calle desierta y húmeda. El silencio solo era
interrumpido por el murmullo de las hojas en los árboles. El frío creaba muñecos de nieve imaginarios. En el cielo, las estrellas eran destellos de hielo y la luna dejaba caer congeladas lágrimas.
Caminó con prisa para llegar a la terminal de autobuses.

Al llegar compró su ticket, una caja de caramelos ácidos y subió al vehículo. Le tocó del lado de la ventanilla, pero nadie se sentó a su lado. Habían vendido solo trece boletos. Se acomodó en los dos asientos y se puso a mirar por la ventana. Cuando el micro comenzó a moverse, el mundo tal como lo conocía comenzó a resquebrajarse. Vio sus días retratados en un cristal que repentinamente estalló como cuando es alcanzado por una piedra.Quiso rescatar las caras de las personas que lo hicieron feliz, buscando en los fragmentos de vidrio, pero no los encontró.

—Está bien. Ha comenzado mi viaje. Seré la sombra de mi sombra y sabré quién soy en realidad.
El micro comenzó a atravesar la noche.

Miraba con curiosidad, las figuras inverosímiles, los oscuros demonios, las sombras más ambiguas,
las ruinas más acabadas. Perdidas también en el campo había fogatas inexplicables, solemne quietud y contornos caprichosos. Sin darse cuenta se quedó dormido.

Con el sol asomándose detrás de las montañas, se despertó. Miró hacia afuera y el paisaje era distinto. Más agreste, más árido. La ruta tenía tramos de tierra y sobraban los pozos. Los cardones y las pequeñas y humildes casas en las laderas, adornaban el camino. Pablo miraba con la avidez de un niño. Llegó a su destino en horas del mediodía. El calor era soportable. Comió algo, caminó un poco y luego consiguió por pocos pesos, un auto para que lo llevara al valle. Era un viaje de tres horas.

Aprovechó para leer uno de sus libros preferidos; los cuentos de Abelardo Castillo. Cuando se cansó, se dedicó a mirar por la ventana. A medida que se acercaban comenzó a sentir un zumbido creciente en el pecho y con él llegaron visiones fugaces de lugares remotos, amores de otros tiempos, perfumes y colores desconocidos. una energía que jamás había experimentado.

El chofer lo dejó a los pies de la montaña. Pablo, la miró. Debía recorrer un largo sendero hasta alcanzar la cima. A medida que avanzaba sentía que muchos ojos lo observaban. No estamos solos como creemos, pensó. Era de noche cuando llegó.

Era como si todo el amor de todas sus vidas y la respuesta a cada pregunta, estuviera en el aire,
pujando por guarecerse en su alma. Miró las estrellas que casi podía acariciar. Respiró profundo.
Cerró los ojos. Por primera vez en su vida, no existía Pablo el esposo, ni el padre, ni el amigo. Solo
la esencia. Echó la cabeza hacia atrás y gritó con una potencia que desafió el viento.

—¡AL FIN SÉ QUIEN SOY!

@Richard


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