Hombres sin rostro Capítulo 1.- por Ricardo Mazzoccone

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Noche triste y silenciosa en la ciudad de las mil caras.

Me acuesto y mi mente comienza a deambular entre errantes peregrinos, lejos de todo y cerca de la nada, entre sombras y figuras de demonios recorriendo la fría habitación, sin amor y con mucha melancolía.

Aquella madrugada, con mi alma cansada y la luna de hiel metida entre las heladas sábanas, me levanté, me vestí con lo primero que encontré, abrí sigilosamente la puerta del cuarto de mis hijas para cerciorarme de que estuvieran durmiendo y salí.

Caminé sin rumbo entre el frío, la humedad y las tinieblas, recordando a Leticia.

Cinco años sin ella era mucho tiempo.

Abrir los ojos cada mañana y ver que no estaba, era morir.

Acostarme sin sentir su piel, sus besos, su risa, su voz, era otra muerte.

Vivía muriendo, moría viviendo.

El recuerdo del maldito borracho que se estrelló contra su pequeño coche, abría las heridas. Ella murió en la ambulancia, camino al hospital. El hijo de puta que la mató, se dio a la fuga. Nadie vio su rostro, ni la patente del vehículo.

Desde entonces vivo mis días con el dolor por la pérdida de mi mujer y madre de mis dos hijas. Juré sobre su tumba que lo encontraría y lo mataría. Mientras caminaba sentía como los diablos se retorcían dentro mío. Necesitaba evadirme de esa triste realidad y lo único que recordé fue aquel prostíbulo al que iba de joven. Tomé un taxi en la avenida y le pedí me llevara hasta la calle Riglos en Caballito.

Al llegar me atendió Madame Ruth, una chica transexual de porte robusto y muy femenina.

Me saluda calurosamente.

—¡Hola mi amor, como estás! Tiempo que no venías.

—Bien Ruth, estoy como puedo. ¿Cómo está todo? ¿El negocio? —Hay días buenos y no tanto, tuve que suspender chicas hasta que levante el trabajo. No hay plata, cariño.

—Lo sé—respondí.

—Así es, pero ahora estás acá y quiero que te vayas mucho más feliz de lo que llegaste.

—Debo dejar de pensar, Ruth y por favor, no te hagas problema por el dinero.

—Mi amor, a vos todo, te debo mucho ¿O te olvidaste? —Solo cumplía con mi trabajo Ruth, basta con eso.

—No cariño, no puedo olvidar que me salvaste la vida cuando en ese callejón de mierda me esperaban tres tipos para matarme, por puto. Si no hubieras aparecido…

—Estaba en mi ronda Ruth, hice lo que un buen policía debe hacer. Solo eso.

—Pudiste dejar que me mataran, conozco compañeros tuyos que lo hubieran hecho.

—En fin, fue hace mucho tiempo…decime que me tenés reservado.

Ella aclaró su garganta y volviendo a su habitual cordialidad dijo: —Ahora le pido a una de las chicas que te lleve a la suite siete, es la mejor que tengo. Quédate allí que en unos minutos mi más bella mujer entrará a tu cuarto y te hará pasar un momento que no olvidarás en mucho tiempo. Ah, el whisky corre por cuenta de la casa—aclaró, mientras reía con ganas.

De pronto desapareció detrás de una cortina roja y salió una preciosa joven, casi desnuda. Me tomó de la mano y me guio hasta la habitación. Me pidió me sentara en la cama para desvestirme. Cuando quedo desnudo, me acaricia, me besa y me mete debajo de las sábanas. Sirve la primera copa de whisky y me la alcanza mientras sigue acariciando mi entrepierna.

La bella joven repentinamente se levanta de la cama y sale. Unos segundos antes volteé hacia donde estaba y me dice:

—Ojalá algún día quieras hacerlo conmigo.

Estuve unos minutos con los ojos cerrados, gozando de ese momento que me había negado por mucho tiempo. Pude dejar a los iracundos demonios en la puerta del burdel.

De pronto escucho como la puerta se abre. Un perfume intenso invade el cuarto. El sonido de los tacos clavándose en las maderas del piso es musical. Yo sigo con los ojos cerrados. Cuando el colchón se hunde, tuve un cosquilleo intenso.

Al oler su aliento a menta, abro los ojos. Creía estar en un paraíso.

Veo su mirada y me recuerda al más bello de los océanos azules. Era como mirar el mar meciéndose suavemente al ritmo de un sonido arcaico, universal. Sus labios rojos y carnosos son un convite a besarlos. Me incorporo y la recorro visualmente. No encuentro un solo defecto, senos perfectos, vientre suave y plano, pelvis dorada, piernas torneadas, manos suaves.

Aquella mujer es muy especial y debía darle la razón a Ruth. La joven es el sueño de cualquier hombre. No sé cuánto tiempo transcurre, pero cada instante con ella es mágico. Hablamos poco, casi nada. Hacer el amor con ella era una poesía sin palabras, una melodía desencadenada. Cuando estuve complacido, le pido permiso a Juana para darme una ducha rápida en el cuarto de baño.
Sin mirarme siquiera susurra un sí mientras se viste en forma cansina, anodina.

Al terminar me seco con una pequeña toalla y me visto, dispuesto a largarme de allí. Al llegar a la puerta, la veo sentada cerca de la ventana con la mirada perdida y un cigarrillo consumiéndose entre los dedos. Me quedo observándola pues su parcial desnudez sigue embriagando mis sentidos.

Encendí un cigarrillo y me acerqué. Ella sigue en la misma posición.

Quiero traerla de vuelta a la realidad pues creo que lo necesita.

—¿Juana?

No me responde por lo que me acerco un poco más y le toco el hombro.

—¿Estás bien?—pregunté. Ella se sobresaltó sobremanera.

—¿Qué hacés? No me toques más, el servicio está terminado, Ruth me dijo que debía satisfacerte muy especialmente y eso hice, ya está, podés irte—me dijo sin mirarme a los ojos, disgustada. La mujer que me hizo sentir amado ya no estaba más. Era otra.

—Discúlpame, no quise asustarte, solo me preocupé, nada más que eso, estabas tiesa, inmóvil.

Y de pronto sucedió, nos miramos fijamente a los ojos. Eran dos océanos de lágrimas azules. Había mucho dolor y soledad en ellos. Inesperadamente, una breve sonrisa asoma. Miraba un rostro después de mucho tiempo.

Me dijo con un tono de voz suplicante.

—Ándate por favor, ya está, así son las cosas, todos vienen, pagan, me cogen y se van. Eso es todo, nadie se detiene a ver qué hago o quien soy, soy solo una puta.

—Hablemos Juana, por favor.

—NO y espero no seas de esos boludos que se enamoran, no soy mujer de la que un hombre pueda enamorarse.

—¿Por qué pensás así?

—Está a la vista amor, soy una puta tan solo, no siento, no pienso, no lloro. Solo abro las piernas…A ver, decime, ¿Qué edad tengo?

—Sos joven, ¿Treinta años?

Una mueca ordinaria se le dibujó en el rostro.

—Tengo veintidós, mi nombre es Carla…Y vos te llamás…No lo sé ¿Ves? No sé tu nombre. Estuviste dentro mío, y no sé cómo te llamás, tampoco sé el nombre del anterior a vos, ni sabré el nombre del que vendrá luego.

Jamás conocí el nombre de los cientos de tipos que estuvieron en mi cama durante los últimos cuatro años.

—Augusto, mi nombre es Augusto—le dije y le extendí la mano. Su gesto agrio cedió.

Mantuvimos nuestras manos estrechadas mientras nos mirábamos.

Me di cuenta que había dejado de ser un hombre sin rostro para Carla.

Nos interrumpió el golpe en la puerta. Era la joven del comienzo, avisando que un cliente pretendía sus servicios.

—Pues ya está, ahora ándate que tengo que trabajar—me pide con cierta amabilidad.

—¿Cuánto te pagará?

—Lo que les cobra Ruth a todos. A mí me da el porcentaje estipulado. Sé que a vos no te cobra, te debe mucho, según ella.

—¿Pero a vos te paga igual no?

Ella asintió con la cabeza.

—Pues aquí tenés el dinero de este otro, decile que le diga a Ruth que me quiero quedar con vos toda la noche, que te pagaré a vos—dije mientras sacaba los billetes del bolsillo.

—¿Querés coger otra vez?

—No lo sé, no, si, tal vez Carla, no sé. Ahora solo quiero conversar.

Me mira como si estuviera loco.

—Es tu dinero…dame un minuto—dice mientras se dirige a la puerta para hablar con su amiga.

Se escucharon gritos e insultos. La puerta de calle se cerró de forma abrupta.

—Parece que se enojó, estaría caliente y no quiso esperar—dice y suelta una diminuta sonrisa.

Va hasta el mini bar por una botella de vino y dos copas.

Tomamos asiento y continuamos con la conversación interrumpida.

—¡Contarme de vos por favor!

Ella asiente y enciende otro cigarrillo.

—El pueblo donde nací es el más lindo del mundo. Jamás podré olvidarme de los veranos. Disfrutaba de las tardes en el arroyo, tirada sobre la hierba bajo una tupida arboleda y con el aire impregnado de fragancias florales con mis amigas, charlando y riendo todo el tiempo. Muchas veces estaba sola. Conversaba y reía sola. Era feliz. Las sombras del crepúsculo se extendían por todo el campo mientras un precioso manto de terciopelo acallaba los sonidos anunciando la llegada de la luna.

A los quince años, les contaba a todos que sería una importante abogada. Estaba en tercer año de la secundaria y era una buena alumna, me gustaba estudiar. Pero un maldito accidente cambió mi vida y la de mis hermanos para siempre. En un atardecer sombrío, un camión mató a mis padres cuando estos intentaban cruzar la ruta en su carreta tirada por mulas. A partir de allí mi vida cambió para mal. Quedamos a cargo de mi tío, un ser despreciable y corrupto. No había transcurrido una semana que se metió en mi habitación y me sometió. Me violó una y otra vez. Lo hacía borracho, sobrio, drogado, solo o con amigos. También recurría a los golpes cuando, cansada y asqueada, osaba resistirme.

Mis dos hermanos sufrieron la violencia de esa escoria humana pues los golpeaba sin razón, con cinturones o cualquier cosa que encontrara a mano. Era un infierno. Soportamos un largo año. Comenzamos a reunir alguna cantidad de dinero para largarnos antes que fuera tarde y alguno de los tres amaneciera muerto.

Vendimos todo lo que encontramos en nuestra casa y una noche oscura, nos fuimos. Tomamos el ómnibus en la vieja terminal. En una maleta castigada por el tiempo, entraron las pertenencias de los tres. Llegamos a la capital con ciertas ilusiones, pero la realidad se encargó de destrozarlas. Vivimos en pensiones de mala muerte mientras nos duró el dinero, comíamos fideos o arroz con aceite casi todos los días. A las pocas semanas, Félix y Roque consiguieron trabajo de albañiles en una obra en construcción.

Eso nos dio cierto alivio.

Yo comencé a buscar trabajo de lo que fuera; vendedora, mesera, sirvienta, pero nada conseguía, solo recibía propuestas sexuales. No lograba generar ingresos. Era una chica sin estudios terminados, sin habilidades o experiencia laboral alguna. Solo tenía un cuerpo joven, bien desarrollado, cara linda,
pobre y sin estudios. La palabra puta la tenía escrita en la frente. El límite fue el hambre y tomé la decisión. Mis hermanos no dijeron nada. Comencé parando en una esquina, ofreciendo mis servicios a quien los buscara. Tuve suerte pues hice clientes en poco tiempo. Comenzamos a comer mejor y pudimos pagar una pensión con baño privado.

Me acosté con hombres, adolescentes, ancianos, mujeres, lesbianas, gays, negros, blancos, asiáticos, enfermos. Esto duró un año. Fue en una noche de calor, que se detuvo un auto en mi esquina. Descendió una mujer de unos cincuenta años y me preguntó si quería trabajar para ella.

—¿En un prostíbulo?

Ella asiente con la mirada y sigue.

—Subí al coche que te voy contando en el camino, pues quiero que lo conozcas antes de aceptar—me dijo.

Entre nosotros Augusto, ni lo dudé, estaba muy expuesta en la calle. Trabajar en una casa de citas era más tranquilo y seguro. Y aquí estoy. Recuerdo que la primera noche de trabajo, Ruth me dijo algo que llevo grabado en mi cabeza:

—Los hombres no deben tener rostro para vos, nena. No tienen boca por lo que no pueden besarte ni hablarte, no tienen nariz para olerte, no tienen oídos para escucharte y lo más importante, no tenés ojos para mirarlos. Solo son un pene que terminará dentro tuyo para luego irse dejando una buena paga. Alejá tu mirada de ellos y estarás bien pues el día que mires a alguien a los ojos, tu vida cambiará. Y no todas aceptan el cambio. Nunca los hombres tuvieron rostro para mí.

—Hasta hoy—dijo Augusto.

—Hasta hoy, sí. Es más, aún no sé porque te miré cuando me acerqué a vos en la cama—me respondió y una nostálgica sonrisa se le dibujó en el rostro.

—Gracias Augusto.

Asombrado por estas palabras, me animé a recordarle.

—Tu vida cambiará si mirás a un hombre a los ojos.

—Será una decisión que debo tomar, pero hoy no lo haré. No quiero me pidas ni me ofrezcas nada, pero gracias—responde y me acompaña hasta la puerta.

Me despide con un beso en la mejilla. Le dejo una tarjeta con mi número de celular.

—Cuando quieras llámame.

Me mira profundamente y noto humedad en sus ojos, estaba conmovida. Cierra la puerta muy despacio, mirándome.

Mientras me alejo por el corredor solo pienso en ella. Algo en mi cabeza me dice que pronto sabré de ella.

Cuando llego a la recepción, encuentro a Ruth conversando con alguien. Ella interrumpe su charla para preguntarme como lo había pasado.

—Sinceramente Ruth, esa chica es increíble. Quiero volver a verla, es más, quizás es a la única que quiero volver a ver, pero fuera de acá. ¿Querrá?

—Mi querido amigo, veremos que se puede hacer.

—Muchas gracias Ruth, y a propósito…

Me interrumpe y no me deja terminar la frase.

—Buenas noches querido, no me debés nada, yo siempre voy a deberte la vida—me dice mientras me da un beso en la mejilla.

Salgo a la calle.

Las llamas del sol se estaban despertando de forma perezosa dejando que el frío se meta en nuestros huesos. Camino hasta la parada de taxis y aguardo.

Enciendo un cigarrillo con la promesa que será el último.

No pude terminarlo ya que llega un auto.

Una vez en casa, trato de no hacer ruido para no despertar a mis hijas. Eran las siete de la mañana de un día sábado. Me voy al cuarto pero no puedo dormirme. La rueda en mi cabeza no se detiene.
Pensaba en Marina, que con sus dieciséis años, tiene la madurez de una mujer de treinta.

La muerte de la madre la había destrozado, pero sabía que debía convertirse en la mujer de la casa teniendo en cuenta que Anita era cinco años menor. Intenté sacarle presión y carga, pero ella las asumió sin necesidad de pedírselo. Es una adolescente increíble y será una mujer formidable.

Anita en cambio, es el juguete de la casa, siempre jugando, riendo y haciendo reír a todos. Fueron pocas las ocasiones en que la encontré llorando y extrañando a su madre. Me siento orgulloso de las hijas que tengo y más de la madre que tuvieron, el amor de mi vida.

La conocí cuando tenía quince años y hasta su muerte fue mi única mujer. Yo fui su primer y único hombre. Nos enamoramos, nos casamos cuando teníamos veintidós años y fuimos padres a los
veinticuatro. Aprendimos a ser mayores juntos…

Me quedo dormido entre recuerdos, nostalgia y con la ropa puesta.

Cerca del mediodía escucho la voz de Marina.

—¡Papá, papá!

Reaccioné con un salto y pregunté si estaban bien.

—Si papá, solo quería preguntarte que querías comer.

—Nada mi amor, hoy vamos a comer a una parrilla así que pónganse lindas que me lavo y salimos. ¿Qué hora es?

─Van a ser las doce treinta—me responde mientras escucho la carrera de Anita para tirarse encima mío.

Nos revolcamos un rato en la cama, riendo y golpeándonos con las almohadas hasta que le pido fuera a vestirse. Una hora después estamos en la parrilla de unos buenos amigos, viejos compañeros del
colegio.

Es un almuerzo magnífico que termina en una heladería. Caminamos luego por Libertador hasta llegar a los cines de Recoleta. Estaba sentenciado a ver los Vengadores.  Entre pochoclos, gaseosas y destrucción total en la pantalla del cine, me quedo dormido mientras ellas disfrutan la película.

Al terminar, caminamos por la plaza y comenzamos con el lento y placentero regreso. Disfrutamos de un día como hacía tiempo no lo hacíamos. Al llegar estaba Claudia, mi cuñada con el marido y sus hijas, esperándonos. Olvidamos completamente que vendrían a cenar.

Trajeron pizzas y empanadas caseras por lo que entramos no sin antes ir hasta el supermercado chino de la esquina para comprar cerveza y gaseosas. Estábamos conversando animadamente mientras las niñas lo hacían en el cuarto de Marina, cuando me sonó el celular.

—Buenas noches mi jefe. Lamento molestarlo, pero tenemos un homicidio. Sucedió hace poco más de una hora en el barrio de Caballito. ¿Podrá venir por favor? El comisario quiere que se encargue—me dijo Galarza, el cabo de guardia y buen amigo.

—Viejo de mierda, siempre que pasa algo el fin de semana me toca a mí investigar.

¿Cuándo se jubila?

—No lo sé señor.

—No seas pelotudo, Galarza, que no lo estoy preguntando para que me respondas. En fin, en una hora estoy allí. Te llevo empanadas—dije sabiendo de la alegría de Galarza, un fanático de las mismas. Lo vi comerse catorce en un rato, con mucho vino tinto. Y era tan flaco que el viento fuerte se lo llevaba.

Luego de explicarles a todos que debía trabajar y de pedirle a Claudia, se quedaran en casa esa noche, algo a lo que accedieron, me despido y salgo. Cuando llego a la comisaría, voy hasta mi despacho y a los pocos segundos estaba Galarza golpeándome la puerta. Quería las empanadas. Entra, estrechamos las manos, le doy lo que vino a buscar y mientras come me cuenta.

—Bueno jefe, las chicas de un burdel de Caballito denunciaron la muerte de su Madama. Su nombre era Carlos Villanueva, pero se hacía llamar Ruth—interrumpe su relato por el estruendo que hizo la taza de café que se me cayó de las manos.

—¿Está bien jefe?

—¿El de la calle Riglos?

─Sí ¿Lo conoce? Ahh, si, lo conoce. Ahora me acuerdo.

─ ¿Qué sabemos, Galarza?

─No mucho, aparentemente salió a la vereda a discutir con alguien y de pronto se escuchó un disparo. Dos chicas salieron a ver y encontraron a esta persona tirada en el piso con una bala en el pecho. Cuando llegó la ambulancia, era tarde.

—La puta madre, Ruth era mi amiga, una persona que valía la pena, valiente, honesta, solidaria.

—¿Qué, usted…? —pregunta el Cabo con asombro.

—No hay caso, no podés ser más pelotudo porque te falta entrenamiento, si lo hicieras serías famoso. No, a mí me gustan las mujeres, pero Ruth era un ser humano excepcional, mujer como pocas.

—Discúlpeme jefe, no quería ponerlo nervioso.

—Ok, sacá el patrullero y vamos para allá a ver que podemos averiguar.

Salgo con prisa y mientras camino aprovecho para llamar a mis hijas y contarles que trabajaría toda la noche, que se quedaran tranquilas con sus tíos y sus primas. Enciendo otro cigarrillo y voy hasta el auto. Arrancamos con rumbo a la calle Riglos en Caballito.

Durante el viaje recuerdo el encuentro con Carla la noche anterior.

Al llegar, había dos camionetas de los programas de noticias, para obtener la primicia.

El azul y rojo de las balizas rebotaba contra las paredes descascaradas de la calle Riglos, Bajo del patrullero con Galarza y comienzo a caminar hacia la puerta que estaba flanqueada por el suboficial Gómez y el agente Luna.

Allí me reconocen los reporteros que vienen hacia mí. Les respondo que no haría comentarios pues hacía minutos que había tomado el caso y me fui.

@Ricardo Mazzoccone


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