En el corazón de Silicon Valley, bajo un clima de confidencialidad extrema, se desarrolló una operación que redefine la relación entre la cultura escrita y la inteligencia artificial: el «Proyecto Panamá». Revelado a través de miles de documentos judiciales desclasificados a principios de 2026, el proyecto expone la estrategia con la que Anthropic —la empresa creadora del chatbot Claude— absorbió cantidades masivas de texto impreso para entrenar sus modelos. La iniciativa, ejecutada en 2024, operaba bajo una directriz interna que sus propios responsables preferían mantener en la oscuridad: «No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto».
El origen del proyecto responde a una conclusión técnica que preocupaba a los ingenieros de la compañía: el texto disponible en la red abierta presentaba una calidad insuficiente para entrenar modelos capaces de razonar con complejidad y escribir con precisión. Los ejecutivos de Anthropic, encabezados por los hermanos Amodei y figuras como Ben Mann, concluyeron que los libros editados y publicados ofrecían la estructura cognitiva que sus algoritmos necesitaban. Para ejecutar el proyecto, la compañía fichó a Tom Turvey, veterano de la industria con un papel relevante en la creación de Google Books. A diferencia de aquel esfuerzo de preservación digital, sin embargo, el Proyecto Panamá priorizaba la velocidad y la exclusividad por encima de la conservación.
El proceso material tenía un carácter industrial e irreversible. Tras intentos fallidos de negociar adquisiciones masivas con instituciones como la Biblioteca Pública de Nueva York o la icónica librería The Strand —que rechazó vender sus volúmenes con este fin—, Anthropic canalizó decenas de millones de dólares hacia vendedores de libros de segunda mano a gran escala, como Better World Books y World of Books. La logística era metódica: los libros eran transportados a centros de procesamiento donde máquinas de corte hidráulico seccionaban los lomos para liberar las páginas. Unos escáneres de alta velocidad digitalizaban el contenido y, una vez extraída la información, el papel era enviado a reciclar. No quedaba archivo físico; la destrucción era el precio de la digitalización.
Paradójicamente, esta destrucción física se concibió como un escudo legal. Documentos internos revelan que, antes de recurrir a los ejemplares físicos, Anthropic había explorado vías menos ortodoxas. El cofundador Ben Mann descargó personalmente terabytes de textos de «bibliotecas en la sombra» ilegales como LibGen y Pirate Library Mirror, celebrando el éxito de las descargas en chats corporativos con expresiones como «¡Justo a tiempo!». Ante el riesgo creciente de demandas por derechos de autor, la empresa pivotó hacia la compra y destrucción de copias físicas, amparándose en la doctrina legal de la «primera venta», que permite al propietario de un objeto físico disponer de él como desee. El argumento era que, al destruir el original físico tras la conversión digital, se evitaba la creación de copias duplicadas potencialmente ilegales, y que el uso era «transformativo» y no sustitutivo de la obra original.
El desenlace judicial marcó un precedente en la regulación de la IA. El juez de distrito William Alsup validó provisionalmente la tesis de Anthropic, dictaminando que el uso de libros para entrenar a una IA puede considerarse «uso legítimo» —comparando el proceso con un maestro que enseña a un alumno a escribir, y no con un intento de suplantar la obra original—. Sin embargo, la evidencia de las descargas ilegales previas de LibGen hizo inevitable el juicio, y Anthropic optó por negociar antes de exponerse a un proceso público potencialmente devastador. En agosto de 2025, Anthropic acordó pagar 1.500 millones de dólares a un colectivo de autores y editoriales. El acuerdo permitía a los escritores afectados reclamar aproximadamente 3.000 dólares por título utilizado, una cifra que, pese a su volumen total, subraya la asimetría entre el valor de la creatividad humana y la capitalización de mercado de la empresa, estimada en 183.000 millones de dólares.
El caso del Proyecto Panamá resuena más allá de Anthropic, poniendo de manifiesto una carrera por los datos que involucra a todos los grandes actores tecnológicos. Documentos paralelos muestran a ingenieros de Meta debatiendo la ética de descargar torrents en portátiles corporativos para entrenar sus modelos Llama, con correos que escalaron hasta Mark Zuckerberg para aprobar el uso de bibliotecas piratas bajo la premisa de que era un riesgo necesario para competir. La situación evoca la «Biblioteca de Babel» de Jorge Luis Borges —donde se contiene todo lo posible— pero en una versión donde la construcción de la biblioteca digital infinita exige la trituración literal de la cultura impresa. El Proyecto Panamá se erige así como símbolo de una era en la que la inteligencia artificial busca trascender a sus creadores consumiendo, en un proceso secreto e industrial, el legado escrito de la humanidad.
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