Nuestra admiraba escritora mejicano-estadounidense Guadalupe Cisneros nos envía desde Dallas un cuento breve que refleja una historia real acaecida entre personajes célebres. Feliciano.
LA ÚLTIMA PALABRA por Guadalupe Cisneros Villa
Jenny miró sus tobillos hinchados mientras el coche saltaba sobre cada bache de la carretera entre Austin y Dallas. Sentía el cuerpo pesado, como si cada kilómetro se le hubiera ido acumulando en las piernas. Era el último viaje y lo sabía, no por una razón concreta, sino por esa certeza opaca que aparece cuando algo está a punto de romperse.
Tenía que contarles las noticias a Noah y a Silas. No sabía cómo las recibirían.
Los tres soñaban con ser poetas. Famosos algún día. Habían hecho de ese sueño un ritual anual: un fin de semana encerrados revisando versos, corrigiéndose sin piedad, discutiendo palabras como si el mundo dependiera de ellas. La literatura había sido su forma de permanecer juntos.
Esta vez, Jenny llegaba con dos verdades que no podían corregirse. Había escrito una novela. Y estaba embarazada de tres meses.
-¡Abre la puerta! -gritó Noah desde dentro.
Silas se levantó del sofá con desgana. Abrió sin prisa.
-Llegaste tarde -dijo, sin ayudarla con las cosas.
-Te quiero igual -sonrió Jenny, como si aún fuera posible suavizarlo todo.
-Silas, qué grosero -dijo Noah—. Mírala, cargada y cansada.
Jenny dejó las maletas en el suelo.
-Tengo hambre. ¿Qué hay de almuerzo? –
-Tus platillos favoritos -respondió Noah-. Eres la reina de este trío.
-Vamos a comer —dijo Silas-. Pero traigan los poemas.
Durante la comida, Jenny se sintió fuera de lugar. Ellos hablaban de trabajos, de convocatorias fallidas, de escritores que nunca contestaban correos. Ella escuchaba, masticando despacio, como si ya no perteneciera del todo a esa mesa.
-Podemos tomar un descanso? -preguntó al fin.
- ¿Qué? —protestó Silas. -Noah le guiñó un ojo.
-
Claro. ¿Estás bien? -Jenny respiró hondo.
-Tengo noticias.
-¿Qué noticias? -preguntó Silas, tenso.
-Primero… he escrito una novela. -El silencio fue inmediato.
-¿Una novela? —dijeron ambos, dejándose caer hacia atrás. -Silas se levantó de golpe.
-¿Qué demonios es esto? -Comenzó a caminar por la habitación, llevándose las manos a la cabeza.
-Contábamos con el libro juntos. No es momento de hacer algo sola.
-Escuchémosla primero —dijo Noah. Jenny tragó saliva.
-Y… hay algo más. Estoy embarazada. —Silas se detuvo.
-No… no nos puedes hacer esto.
-¿Hacer qué?
-Todo esto. Necesito este proyecto, Jenny. Lo necesito. -Ella empezó a temblar.
-La novela la he trabajado por un tiempo. No sé si sea buena. Traje el borrador para que lo lean. No confío en nadie más.
Tomó el manuscrito con cuidado, como si fuera frágil. Jenny comenzó a leer. Al principio dudó, luego la voz se le afirmó. Noah escuchaba. Silas salió a atender una llamada. Desde fuera se le veía discutir, como si el mundo siguiera exigiéndole cosas. Regresó distante.
-Es tarde. Me voy a dormir.
- ¿No quieres escuchar el resto? -preguntó Noah.
-No.
Esa noche llovió. Los truenos no dejaron dormir a Silas. Se levantó, encendió un cigarrillo. El manuscrito estaba sobre la mesa. Lo tomó. Leyó. Era bueno. Demasiado bueno. Sintió una presión en el pecho. Enrolló las hojas, como si sellara algo. Hizo la maleta. Antes del amanecer, se fue.
A la mañana siguiente, Jenny despertó enferma. Noah la llevó al hospital. El edificio estaba lleno de luces blancas y pasos apresurados. Entraban y salían ambulancias. Jenny era solo un cuerpo más. Después de horas, un médico se acercó.
-Hemos perdido al bebé. Hicimos todo lo posible.
La frase cayó seca. Fría. Sin consuelo. Por la tarde, Jenny despertó.
- ¿Puedes empacar mis cosas? Mi mamá vendrá. Quiero irme a casa.
-Claro -dijo Noah.
-¿Dónde está Silas?
-No contesta.
Pasaron los meses. Silas volvió a sacar la novela del cajón inferior de su escritorio. La leyó con calma. Hizo correcciones mínimas. No tocó la voz. No se atrevió. La envió a editoriales. Jenny nunca reclamó el manuscrito. Silas interpretó ese silencio como permiso. O como olvido. No quiso distinguir.
Las respuestas llegaron rápido. Ofertas. Contratos. El primer cheque pesaba más que cualquier duda. Se dijo que el talento siempre encuentra su camino. Y llegaron entrevistas. Presentaciones. La novela empezó a parecerle suya. Jenny pertenecía al pasado. Hasta que llegó la primera presentación de Lista de Espera. Silas firmaba ejemplares sin levantar la vista.
-A nombre de quién hago esta dedicatoria? -preguntó.
-A Jenny Brooks.
El bolígrafo se detuvo. Levantó la vista despacio. Ella estaba allí. Tranquila. Firme. Entera. Esperó un reproche. No llegó. Bajó el bolígrafo. Supo que no escribiría ese nombre. Supo también que no pediría perdón. Jenny asintió apenas y se dio la vuelta. Silas firmó el siguiente libro. El público aplaudía. Por primera vez, el silencio no lo abandonó.
Guadalupe Cisneros Villa, Dallas, Texas, 1/20/2026
fotografía de Feliciano F. González
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