Resistí, con angustia misionera,
una brecha insondable; relegada,
en mi pecho de esclava atormentada,
me sentí, de mi pueblo, prisionera.
Maldigo las desgracias de aquella era,
mi alma aún sabe a sal; hoy, amparada,
foránea o intrusa, soy alborada;
y, en pétalos de paz, soy la extranjera.
Encerrado el futuro en un pañuelo,
me estremecen recuerdos, emociones,
la incansable esperanza y el anhelo.
Anhelo vivir sin rogar perdones.
Anhelo una vereda en terciopelo
Sin perjuicios, sin dogmas, sin prisiones.
©María Teresa Fandiño Pérez.
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