Los gestos de cada día iban puliendo las aristas. La constancia del desayuno antes del alba, el ruido del calentador de agua, la descarga de la cisterna, el alquiler del piso, esperarte –rezungando siempre por la hora- a la salida del trabajo, un catálogo para un fin de semana por ahí cuando se pueda… El callarse por ese despertar de ambos… al fin el fresco de la mañana en el rostro espabilando el primer juramento por la hora de levantarse…, y cada una de esas cosas tan previsibles, tan al dedillo, tan cinco galletas y no llenar la taza, tan tener un cartón bajo la cama porque nunca te acordabas de comprar tabaco…, todas esas cosas derramando bendiciones que ignorábamos (¿por qué lo habré escrito en plural si eso no es lo justo?) por no atender a la fortuna de que alguien se despierte a tu lado y sabe lo importante para la ocasión: cinco galletas y no llenar la taza
La canción sabida hace tantos años que repites otra vez con precisión, con un conocimiento tan exacto que te permite hacer variaciones sin perder el compás…, y la cantas una vez más para que te acompañe de vuelta a casa llevándote de la mano el corazón.
Tengo en las retinas amaneceres atlánticos, majestuosas montañas nevadas, generosísimas vegas frutales… Pero era tu cuerpo el paraíso, la casa a la que volver, el altar para el rito y el rito mismo.
Ayer estuve cantando hasta muy tarde las viejas canciones que me gustan y que tarareabas a veces conmigo. Estás en muchas de ellas y aun asomas por entre las cuerdas cuando canto y trepas por los versos: algunos eran tuyos, otros hicimos nuestros.
En Innsbruck, después de habernos refugiado de la lluvia de las seis en aquel bar, donde hicimos abrigo cotidiano porque el café merecía el nombre, no sé si antes o después de cruzar el Inn en el tren de cremallera, sugeriste que si de camino hacia Hungría, cuando fuese, íbamos por allí, podríamos parar a tomar un café allí mismo, donde la pipa… (ir hacia otra parte por un lugar conocido y del que sabes) así que creías en un futuro de pasos compartidos camino de Estambul, tan soñado, camino de la vida haciéndose y tan soñada paso a paso hasta la casa.
Hoy debería ser la hora de la sopa y las toallas, del olivo en el patio y las macetas, de reponer tazones de colores, siempre pronto para la manta de cuadros y la mecedora. Sería la hora de comprar otro libro de mapas porque quizás Estambul ya fue y estuviésemos volviendo de Copenhague con otro lugar entre las ganas.
Ahora el frío, la niebla en los huesos solo deja componer el epitafio, buscar palabras que digan quién fuimos y cuánto aunque no sé a quién ni para qué.
La palabra maldita es «era» en el mismo sentido de la fábula de aquellos hermanos y la viña.
No es la fuente que se agota (que es triste) sino el tapar el manantial por la pereza de atenderlo (eso sólo es tonto).
Ahí fuera, otro verano se anuncia y anoche tuve que echarte a gritos de mi sueño.
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