Recuerdo que en mi infancia llegó Super Mario a mi vida. Al final tener un hermano me ampliaba el horizonte a cosas que para mí no eran prioridad, pero a las que aprendí a tomarle el gusto, como es el caso de los videojuegos. Hace poco una buena amiga, que para mí es un modelo de mamá, me pidió que de mi viaje le trajera un Mario Bross de regalo. Acepté con gusto, porque me parecía práctico traerle algo que a ella le gusta mucho.
Un día antes de entregarle el regalo, mientras observaba lo que compré pensaba en qué curioso era que esa cocinera extraordinaria y amante del deporte, fuera tan fanática de Mario Bross. Después llego un correo de la escuela de mi hija, en el que indicaban que como actividad por el Día del Niño los llevarían al cine a ver la película de Mario Bross. La verdad es que cuando un tema se repite siempre tengo la impresión de que Dios me está queriendo de decir algo. Así que me puse a recordar —y también a investigar— más este videojuego y entonces todo me hizo clic.
Tanto en Super Mario como en la maternidad hay un objetivo claro, pero conseguirlo no siempre es fácil. Los obstáculos salen de la nada, cada nivel es nuevo y más complicado que el anterior, cuando creías que ya habías dominado algo se cambia de nivel y otra vez no tienes ni idea de cómo llegar al objetivo. Cuando la energía baja es necesario encontrar power-ups, para mi normalmente estos son conversaciones con amigas que son como mis estrellas —no vayan a pensar que son como los hongos—.
Al inicio todo cuesta, pero conforme va pasando el tiempo aprendes a reaccionar más rápido, anticipas y resuelves; es que poco a poco vas evolucionando y haciéndote más fuerte sin darte cuenta. El villano no siempre es quien crees, a veces el Bowser es el cansancio, la culpa, la autoexigencia, el control. La recompensa no siempre es inmediata, pero incluso sin llegar al objetivo, los pequeños progresos son dignos de mucha celebración.
Vives tensionada, pero es una tensión que disfrutas. Te obsesionas con los tutoriales que —aunque ayudan—, no son tan fáciles de llevar a la práctica. Y al final, aunque hay niveles que te dejan agotada y que parecen insuperables, siempre hay algo que te hace querer apretar “start” otra vez. Porque no se trata de que el juego sea perfecto, de hecho, muchas cosas se te van, porque prefieres dejarlas pasar Se trata de querer seguir jugando… incluso cuando cuesta.
Ciudad de México, 18 de abril de 2026
- Teresa Esteban es escritora (terestber@gmail.com
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