miércoles, abril 29 2026

Subterráneo por Vanesa Zamora Acosta

—¡Cuidado, Eric! Debes evitar que alguien te vea —avisó Morfeo al niño, al verlo jugueteando muy cerca de la entrada-salida de su ciudad.

Morfeo es el alcalde de Yomi, una población de duendes con miles de habitantes que viven en las alcantarillas. Cada uno de ellos tiene un aspecto diferente, dependiendo del carácter que tenga. Los hay desde gruñones y antipáticos hasta dulces y amigables. El físico de los primeros puede variar: desde una cara llena de verrugas y una nariz grande y afilada, hasta largas greñas y diferentes tonos de piel, parduscos o grises. En el caso de los segundos, que son la mayoría, tienen una tez tersa y brillante, con mejillas sonrosadas; algunos son regordetes y otros más delgados y vivaces.

Cuando organizan alguna fiesta, crean una explosión de colores debido a su gran variedad de tonos de piel: desde el azul turquesa al rosa chicle; los hay hasta fluorescentes. También influyen sus prendas de vestir. Los primeros visten ropas de tono oscuro y con frecuencia llevan harapos. Los otros van impolutos: algunos llevan tirantes, pajarita y sombrero; y ellas, perfectos vestidos cubiertos por un delantal para protegerlos del polvo y la suciedad.

Viven en una gran ciudad en la que no les falta de nada: tienen un gran centro comercial, una discoteca en la que casi siempre suena música salsa —ya que les encanta y en la que son expertos bailarines— y hasta un hospital.

—¿Por qué solo podemos salir al exterior por la noche y cuando no haya nadie que nos pueda ver, alcalde? —preguntó Eric.

—Porque nunca hemos sido vistos por ningún humano y no sabemos cómo reaccionarían.

Podrían pensar que somos algún tipo de bicho y aplastarnos, o a saber —contestó Morfeo al chiquillo.

—¡Pues vaya plan! —respondió Eric con tono preocupado—. ¡A ver si no vamos a tener derecho a vivir! Se creerán que son los únicos que existen, pobres ilusos. Algún día alguien nos tendrá que ver. Así saldremos de dudas y veremos su reacción —espetó Eric.

Mientras, arriba, en la superficie, la población era ajena a todo lo que se vivía en el subsuelo.

Jorge, un chico de unos treinta años, técnico del alcantarillado de la Comunidad de Madrid y amante de todo lo que concierne a lo sobrenatural, pronto saldría de su rutina diaria. Acababan de llamarle del trabajo informándole de que, debido a las lluvias intensas, esa noche debía hacer doble turno. Entraba al trabajo a las doce y hasta las cuatro de la tarde del día siguiente no volvería a casa.

—Bueno, Garfi, mañana vas a tener que desayunar solo. Te dejaré una lata gourmet de salmón de esas que tanto te gustan —le dijo Jorge a su compañero gatuno.

Según el itinerario del dosier que le había dejado su jefe, el primer punto de limpieza del alcantarillado estaba bajo el kilómetro 0 de la Puerta del Sol.

En todos los años que llevaba trabajando en ello, nunca antes había tenido que bajar por
esa alcantarilla. Una vez abierto el acceso por el que debía introducirse, comenzó a descender.

—¡Caray! Esta es, sin duda, la más profunda en la que he estado.

Cuando por fin tocó suelo, encendió la luz de su casco y empezó a caminar por el angosto pasadizo, el cual, a medida que avanzaba, se iba ensanchando cada vez más. Era como si alguien se hubiera molestado en hacer obras allí abajo y quisiera recrear una gran avenida. Entonces, de pronto, se topó de frente con una especie de hospital. Era como una casa grande y tenía incluso luces de neón.

—¡Esto es alucinante! Aquí abajo parece que vive gente —se decía Jorge, excitado y sorprendido.

Quiso seguir investigando el lugar (aún tenía tiempo de hacer su trabajo). Rompiendo el silencio que había en aquel momento, empezó a escuchar “La vida es un carnaval”, de Celia Cruz.

—¿De dónde vendrá la música? —se preguntó, cada vez más alucinado.

Entonces avanzó un poco más y descubrió que provenía de una discoteca, otra casa algo más pequeña que el hospital. Se dispuso a buscar una ventana o algo por donde ver. Quería espiar y descubrir lo que pasaba allí abajo; necesitaba saber quiénes habitaban en la alcantarilla. No daba crédito a lo que sus ojos veían.

—¡Oh, Dios mío! ¡Lo sabía! Mis sospechas por fin son ciertas. ¡He descubierto vida inteligente en las cloacas! Ja, luego dicen que estoy loco. Necesito presentarme ante ellos y hacerles ver y entender que no soy una amenaza. De hecho, les ayudaré y les propondré mi protección.

Jorge había descubierto miles de duendecillos, todos bailando como si no hubiese un mañana. Disfrutaban y reían.

Solo le quedaban tres horas para acabar su turno, así que decidió terminar de limpiar la alcantarilla y, cuando acabara, volvería y buscaría a algún duende para expresarle sus intenciones.

—Espero que me entiendan —se dijo Jorge.

@Vanessa Zamora.

@Imagen Pinterest


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