jueves, septiembre 3 2026

Decente por Tatiana Deriabina

Una mujer decente nunca perdona al hombre al que ha sido infiel. Para una mujer, la infidelidad a su amado es un largo camino, sufrido y meditado una y otra vez. Una y otra vez.

Renata también lo había sufrido. Y meditado. Pero sufrido más. Cuando conoció al Chuti, nunca pensó que en pocas semanas sería importante. Para ella. Chuti como Chuti: sí, alto; sí, sonrisa picarona. Como muchos otros. El apodo ya decía bastante. Nada especial.

Además, el marido de Renata también era alto. Educado. No le llamaban como a una cucaracha. Tenía un nombre de persona: Dani. De Daniel.

Daniel le sacaba diez años a Renata. Hombre maduro. Como debe ser. No le gustaba salir. No gastaba en tonterías. Pensaba en el futuro. Quedaba poco para dejar la casa pagada. Renovada. Cocina nueva. Muebles nuevos. Y se podía empezar a pensar en los hijos. Dani quería tres. O los que salgan. Y
que se les pueda pagar la universidad.

Sí, la uni era importante. Y buen colegio. Para los amigos.

Renata conoció al Chuti de la manera más tonta. En un bareto de Carabanchel. Con los amigos —Dani incluido— tomando una cerveza. Tributo a no se sabe quién. ¿Estopa? ¿Fito? Da igual.
Pero le gustó cómo cantaban. De corazón. Mejor que los originales.

Cuando terminaron de tocar, se acercaron a la barra. Había poca luz; se confundió. Quería una foto con el cantante.

Dani la intentó parar. Pero cambió de opinión.

—¿Quieres una foto? ¡Pues háztela!

Y la hizo. No con el cantante. Con el Chuti. Le dio su número. Porque sí. Sus ojos saltones. Su sonrisa pícara.

El corazón de Renata cayó al estómago. Empezó a menearse allí. Lo llaman mariposas. Pero es peligro. Darle el número al Chuti da miedo. ¡Dar el número al Chuti! Estaba piripi. Contentísima. Y un poco… ejem… con ganas.

Pero Dani no.

—¡Tienes que beber menos! ¡Hueles a cerveza! ¿Y has fumado?

Dani sabe desinflar a Renata rápido. No le cuesta nada. Un “debes”, “tienes que”, “yo que tú” basta. Fuuuj. Renata se pregunta si dormir en otra habitación.

La que será para los críos.

—Holaaaa, Princesa. ¿Llegaste bien? —el número desconocido. Chuti.

—Me castigaron en la cama de los críos —y puso el careto con el moco tendido.

—¿Tienes críos?

—Aún no.

Chuti tampoco. Casado, sí. Pero iguales.

Llevaban un rato escribiéndose. Al principio, solo charlas tontas. Chuti era chisposo. Renata, divertida, le seguía el rollo.

Luego descubrieron que tenían mucho en común. Y acabaron acordando… Lo típico. Un café. Dos. A la tercera, hubo un beso. Un beso de esos. Agua de mar contra piscina. Rayo de sol contra bombilla. Mordisco a una manzana.

Renata salió del coche de un brinco. Se refugió detrás de la cancela. Mejillas ardiendo. Repasó el pelo con la mano antes de girar la llave.

Al encontrarse con Dani se tambaleó.

—¿Borracha?

—Un café.

—¿Y quién conducía esa lata de espárragos?

—¿Eh?

—Digo, ¿de quién era el coche?

—Un compañero.

—¿Nuevo?

—Me duele el pie… Lo habré torcido.

Renata se dejó caer en el sofá. Desabrochó las botas.

Dani se fue a la cocina sin mirarla.

—¡Antes me las quitabas tú!

—Antes te lo merecías.

Renata se mordió la lengua. Se encerró en el baño y bloqueó al Chuti. Dani tenía razón. Ahora no le merecía. Intentó abrazarle. Salió mal. Botes vacíos de mermelada no se guardan en la nevera.

No fue para cambiar de habitación. Pero las tonterías —las justas.

El día siguiente fue una tortura. Miraba el número bloqueado.

¿Desbloquear? No.

¿Desbloquear? Sí.

Pero no.

Cuando salió de la oficina, Renata estudió con la mirada la calle. Esperaba ver la lata de sardinas de Chuti aparcada cerca. Se equivocó. No estaba.

Caminó hacia la parada del bus. Cada coche color asfalto, de esos del dos mil, sonaba a Chuti. Pero no.

En casa: cena, manta, serie. Renata se quedó dormida apoyando la cabeza en la barriga de Dani. Antes de dormirse pensó en decírselo. Que la barriga se le sale.

Soñaba con Chuti. Que su mujer ya no le ponía. Eso dijo. Nada, nada.

—¿Le has puesto los cuernos?

—Sí. Dos veces. No significaron nada. Una vez, bebido. Otra vez fue una tontuna.

—¿Y ahora?

—Ahora… no.

Y luego beso. De esos…

Oxígeno puro frente a humo.

Tomate de huerto contra el del Mercadona.

Hamburguesa frente a código de barras.

—Tú… tuuuuu….

El corazón se detuvo y dibujo una línea larga. Como en los aparatos del hospital.

—Renata, ¿estás llorando?

Por la mañana se levantó sin ganas. Dani le tocó la frente con los labios.

—Tienes fiebre. No vayas.

—No voy —y volvió a la cama.

Se tapó la cabeza con la manta. Para que no entrara luz. ¡No quería luz! Durmió dos horas más. Se levantó decidida. Se duchó. Se vistió. Se calzó. No esperó al bus. Pidió un taxi. Entró en la tienda.
Allí estaba. Calentito. Piel de bisonte contra su piel. Pagó con la tarjeta de Dani.

—Me lo llevo puesto.

—¿Y su abrigo? ¿Se lo envolvemos?

—No. Que lo tiren. Gracias.

@Tatiana Deriabina

 


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