Solía entrar a su empleo generalmente a las seis de la mañana. En realidad los hornos comenzaban a quemar a las siete, pero a él le gustaba organizar todo, antes. Llevaba siete años en aquel empleo y había visto cosas que para el común de la gente podrían resultar desagradables, oscuras, macabras. Entendía que todo aquello que lo rodeaba era algo natural, triste quizás, pero natural. La edificación tenía un largo pasillo que comunicaba a dos puertas laterales por donde se ingresaba a los hornos con la vestimenta adecuada de seguridad. Un traje de “ceremonias” pensó y le causó gracia. En épocas de mucho trabajo algún compañero le ayudaba, pero generalmente le gustaba estar solo. A la entrada del angosto pasillo, existía una puerta con un ventanuco por donde se atendía al público. En el otro extremo, una puerta de dos hojas que daba a un amplio sector con algo de césped y un par de añosos árboles. Allí se quedaba a veces a fumarse un cigarrillo hasta que la pequeña luz verde sobre el marco de dicha salida, se encendía, indicando que llegaba un “ cliente”. Durante unos minutos su mirada se perdía tras el humo negro que exhalaba la larguísima chimenea de los hornos y los dibujos extraños que formaba al ser tocado por la brisa o el viento. Lo miraba girar y crecer y enredarse con las demás nubes. La vida, el cielo, los espíritus, el alma, la muerte…
Jonas no creía mucho en Dios, intuía que debía haber algo allí, pero no hasta el punto de ir cada domingo a misa y arrodillarse y toda la ceremonia. Los sacerdotes también eran algo lejano. “Hombres como cualquiera, con sus defectos y virtudes, atados a las circunstancias.” solía decir su madre. Aquel día, al abrir la puerta sintió que algo era diferente. No sería un día más, con sus tareas habituales, la rutina. Encendió las luces y el largo pasillo comenzó a cobrar vida. Afuera lloviznaba y se anunciaba una tormenta más fuerte. Los relámpagos encendían de a ratos los nubarrones que caminaban amenazantes, como gigantes oscuros. La sala de los hornos, extrañamente, se sentía fría. En un rincón, en su mesita de descanso, puso la cafetera e inmediatamente comenzó a operar los mandos de uno de los hornos. En la pequeña sala contigua, donde siempre se encontraban dos o tres cadáveres preservados en su ataúd para su cremación, esta mañana solo había uno. Deslizó la camilla y tuvo frente a sí, aquel cajón. Por curiosidad, como siempre lo hacía, abrió un poco la tapa para poder verle el rostro y por una vez en su vida, tuvo miedo. Mucho miedo. Era algo inusual. Desconocido para él. La jovencita tenía su cabeza dada vuelta casi completamente, la boca torcida en un gesto de horror y los ojos blancos y vidriosos como de un ciego. La lengua le colgaba un poco. Retrocedió dos pasos. De golpe se dio cuenta que lo inundaba el silencio. Ese al que nunca tampoco le prestó atención y que siempre consideró normal en su trabajo. Pero esto era demasiado silencio. Y lo que estaba viendo se parecía a una muñeca rota. Aun así, sacó fuerzas y un poco de valentía para cerrar la tapa y volver a asegurarla y se dispuso a vestirse para la ocasión. Cremar a la niña. Nunca quizás sabría quién era ni porqué terminó así, tal vez fué un crimen, un accidente. Lo que sí se daba cuenta, era de lo horrible de esa muerte. Una vez que estuvo listo, presionó el botón rojo de encendido del horno y la temperatura fué subiendo y las llamas danzaron alegres y las chispas alcanzaron su máxima expresión dentro. Todo podía verse a través del vidrio del frente. Y el ataúd iba desapareciendo entre el humo y el vapor. Fue casi una hora. Cuando todo terminó, Jonas había tomado su café y masticaba los últimos restos de una dona de fresa. Miraba hipnotizado lo que ocurría dentro del horno que poco a poco, automáticamente, disminuía su intensidad. ¿Morir de esa forma y luego quemarse? ¿Quién lo dispuso, por qué? Una hora más tarde, se dirigió hasta el portal de acero dispuesto a abrir para extraer las cenizas. Y cayó hacia atrás, como empujado por una mano invisible, temblando, los ojos desorbitadamente abiertos, casi llorosos. Se quedó en el suelo, apoyado a duras penas sobre sus codos, mirando el horno. Allí donde deberían estar las cenizas, estaba el cajón con el cuerpo inmaculado, desnudo, fresco. Ni cenizas, ni olores habituales, nada. Mejor dicho, todo como al principio. Mil grados de calor no hicieron mella en él. No. No podía ser cierto. ¿Imaginó el encendido, falló la intensidad, imaginó o imaginaba todo lo que estaba ocurriendo? Se levantó lentamente y avanzó hacia el cadáver, seguía temblando. Pero necesitaba estar seguro.
Afuera la tormenta sacudía los árboles y la lluvia era una cortina cerrada. Trató de calmarse, todo tenía o debería tener una explicación. Él debía hallarla. Jamás supo de algo semejante ocurriendo en su trabajo y era su responsabilidad hacer las cosas bien. Además, si no lograba que este cadáver desapareciera, tampoco podría explicarlo. Volvió a encender todo, empujó el ataúd dentro del horno y las llamas volvieron a explotar y alcanzaba a ver que algo sucedía dentro, pero no sabía seguro qué. Los nervios, la ansiedad, el miedo, le iban ganando a su paciencia. La hora de la operación se hizo eterna y al concluir todo otra vez, ya el terror ganó su cuerpo, golpeó su mente y su corazón parecía salirse del pecho. El cajón seguía intacto. Como pudo llegó hasta el teléfono en la pared para comunicarse con algunos de sus jefes e intentar explicar de la mejor manera posible lo que ocurría, aún estando seguro que sería difícil de explicar. Menos aún que le creyeran. Pero el teléfono también estaba lleno de silencio, tan muerto como la joven dentro del cajón. Nunca supo tampoco de dónde sacó valentía para volver a reanudar su tarea que a esta altura ya era imposible. Dos horas después se rindió ante lo macabro y lo impensado, ante lo extraño y lo oscuro. Ese cadáver era incorruptible, seguía ahí dentro de su féretro sin sufrir ningún rasguño. Su mente ahora estaba a mil revoluciones y comenzó a dolerle la nuca y a ver todo nublado. Todo giraba, inclusive la cabeza de la joven volviendo a su posición normal. Y sonriendo. Demoniacamente. Mirándolo fijo. Sentada en su ataúd abierto, sobre la corredera de metal que chisporroteaba.
A eso de las doce del mediodía, cuando su jefe directo vino con un ayudante a buscarlo a fin de que se tomara un descanso, no encontraron a Jonás por ningún lado. Ni siquiera en el patio de descanso fumando. En la sala contigua solo había un cadáver en su ataúd correspondiente dentro de la morgue. El de una joven con la cabeza dada vuelta. A ellos les pareció, en el colmo del horror, que su boca sonreía. El horno aún estaba tibio, como si alguien lo hubiera usado. Y en él hallaron a Jonás. Lo reconocieron por la pulsera de oro en su mano derretida casi en su totalidad, ya que su cuerpo no se alcanzó a quemar del todo y lo que quedó de él apenas si era una masa informe…
Los ojos disueltos como crema y la mandíbula abierta como tratando de gritar.
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