Las olas apenas los balancean cuando, tímidamente, chocan contra ellos, temerosas de despertar la tempestad que permanecía durmiendo en su interior.
En la lontananza se percibe el despuntar de un nuevo día en el que sus titánicos cuerpos se volverán a enzarzar en atroces peleas hasta el agotamiento.
Era su maldición levantar el mar embravecido y lanzarlo contra su igual. Cuando el cansancio los venciera, exhaustos descansarán mecidos por las olas.
M. D. Álvarez
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