La realidad y el misterio transcurren por un juego de espejos que hacen de lo visible un universo mágico. Un cuento de Guadalupe Cisneros-Villa
LA CASA DE LOS ESPEJOS
Ya estaba por cerrar la feria cuando los amigos de Alberto insistieron en entrar a la casa de espejos. Corrieron sin parar; serían el último grupo, si es que el encargado decidía dejarlos pasar.
Era una noche calurosa de octubre en la Feria de los Muertos de Manitou Springs. Las luces parpadeaban como si también estuvieran cansadas, y el aire olía a azúcar quemada y a tierra húmeda.
No quería entrar, pero tampoco quería que sus amigos lo llamaran cobarde.
—Son cinco boletos —dijo el encargado con una voz áspera, sin mirarlos.
Los chicos se buscaron los bolsillos entre risas nerviosas.
—¿Los tienen o no? Ya es hora de cerrar.
Johnny extendió la mano con los boletos.
—Aquí están.
El hombre los observó apenas un instante y soltó una breve carcajada.
—Pasen.
A Alberto no le gustó aquel tono.
Fue el último en cruzar la entrada. Apenas lo hizo, sintió una presión extraña en el pecho, como si el aire del interior tuviera otro peso.
Al principio todo pareció normal. Los muchachos avanzaban entre risas, burlándose de las imágenes deformadas que devolvían los espejos. Unos los mostraban altos y delgados; otros, bajos y grotescos. Las carcajadas rebotaban en las paredes, mezclándose con la música lejana de la feria.
Entonces se detuvo. Frente a él había un espejo distinto. No deformaba nada. Reflejaba el pasillo con una precisión inquietante. Se acercó. Durante un instante tuvo la impresión de que su imagen permanecía inmóvil mientras él respiraba. Parpadeó. El reflejo volvió a sincronizarse. Sacudió la cabeza y siguió adelante. Cuando dobló una esquina descubrió que ya no podía ver a sus amigos.
Las risas continuaban escuchándose, pero parecían venir de lugares distintos cada vez. El laberinto se extendía en direcciones imposibles. Algunos corredores parecían repetirse; otros terminaban en muros de cristal que reflejaban pasillos inexistentes.
—¿Johnny?
Su voz regresó convertida en un eco débil. Nadie respondió. La música de la feria sonaba cada vez más lejana. Siguió caminando hasta encontrar otro espejo. Esta vez la imagen no reprodujo sus movimientos. Lo observaba. Sonreía. Una sonrisa lenta y desagradable que jamás había visto en su propio rostro. Retrocedió. El reflejo permaneció inmóvil. Luego levantó una mano y apoyó la palma contra el cristal. Otros rostros comenzaron a aparecer en las superficies cercanas. Todos eran él. Algunos parecían más jóvenes. Otros más viejos. Algunos mostraban expresiones de desprecio; otros, una alegría cruel. Las paredes empezaron a llenarse de aquellos rostros. Ninguno apartaba la mirada. Alberto sintió que el estómago se le cerraba. Continuó avanzando, pero los espejos parecían seguirlo. En cada uno surgían escenas que reconocía demasiado bien.
Se vio empujando a un compañero durante una pelea infantil y negándolo después. Se vio culpando a otros por errores propios. Se vio ocultando pequeñas miserias que el tiempo había cubierto de polvo.
Nada era especialmente monstruoso.
Precisamente por eso resultaba insoportable. Los recuerdos aparecían sin orden, unidos por una lógica que parecía pertenecer al laberinto y no a su memoria. Las imágenes se multiplicaban. Las voces también. No llegaba a distinguir las palabras, pero intuía el tono de acusación. Aceleró el paso. Los corredores se estrechaban. Las luces parecían más débiles. El aire se volvió frío. Entonces escuchó un grito. Creyó reconocer la voz de Johnny. Corrió hacia ella. Al doblar una esquina encontró únicamente un muro de espejos. Detrás del cristal algo se movió. No era un reflejo. Parecía una silueta humana. Luego apareció otra. Y otra más. Docenas de figuras agitándose en una profundidad imposible. Las superficies comenzaron a poblarse de manos que golpeaban desde el otro lado. Algunas parecían nítidas; otras eran apenas manchas oscuras, sombras atrapadas bajo capas de reflejos.
Alberto retrocedió.
Las figuras continuaron golpeando. El sonido resonó por todo el laberinto. Sintió una certeza helada abrirse paso en su interior y deseó no haberla comprendido. Volvió a correr. Ya no intentaba encontrar a sus amigos. Sólo quería encontrar la salida. Los pasillos parecían transformarse a medida que avanzaba. Donde antes había una curva aparecía una pared. Donde recordaba una puerta sólo encontraba cristal. En ciertos espejos veía pasar sombras detrás de él. Cuando se giraba, no había nadie. En otros observaba versiones de sí mismo caminando por corredores distintos, como si existieran innumerables Albertos perdidos en innumerables laberintos. El tiempo empezó a perder significado. No sabía cuánto llevaba allí dentro.
Minutos.
Horas.
Quizá más.
Finalmente divisó una puerta abierta. Más allá brillaban las luces de la feria. La música regresó de golpe. Las atracciones giraban bajo la noche. Sintió una oleada de alivio. Corrió hacia la salida. Cuando estaba a punto de cruzarla chocó contra una superficie invisible. El golpe lo lanzó hacia atrás. La feria seguía allí. Las luces seguían parpadeando. Pero todo era un reflejo. Nada más. Detrás de él se escuchó un rumor de pasos. Lentos. Numerosos. Se volvió. Los espejos estaban llenos. Cada superficie contenía una versión distinta de sí mismo observándolo en silencio. Nadie sonreía ya. Nadie parecía enfadado. Lo miraban con una calma extraña, casi compasiva. Como si supieran algo que él todavía ignoraba. Retrocedió hasta quedar frente a un espejo redondo cubierto por manchas oscuras. En él apareció la imagen del encargado. El hombre parecía cansado. Más cansado de lo que recordaba. Durante unos segundos ninguno habló. Luego el encargado dirigió la vista hacia los demás espejos.
—Todos creen que este lugar busca sangre —murmuró.
Su voz sonó distante.
Después negó lentamente con la cabeza.
—Ojalá fuera tan sencillo.
La imagen comenzó a desvanecerse. Las manchas oscuras se extendieron por la superficie como tinta derramada en agua. Entonces las manos surgieron del cristal. Decenas. Cientos. No eran violentas. No tenían prisa. Lo sujetaron con una firmeza inevitable. Alberto intentó resistirse. Intentó gritar. Pero el laberinto parecía absorber cualquier sonido. Las manos lo arrastraron hacia la oscuridad líquida del espejo. Durante un instante alcanzó a ver algo detrás de aquella superficie. Un espacio inmenso. Filas interminables de reflejos.
Sombras.
Rostros observando desde una profundidad sin fin.
Después desapareció.
La superficie recuperó su inmovilidad.
El pasillo quedó vacío.
A la mañana siguiente, cuando la feria comenzó a desmontarse, nadie encontró rastro de los muchachos. La policía buscó durante semanas. No hubo testigos. No hubo pistas.Sólo rumores.
Algunos ancianos del pueblo afirmaron que la casa de espejos no debía haber estado allí. Juraban que la atracción había desaparecido décadas atrás, junto con una feria ambulante que jamás regresó. Nadie pudo demostrarlo. Los registros eran confusos.Las fotografías, contradictorias.
Con el tiempo, la historia terminó convirtiéndose en una leyenda local.
Sin embargo, de vez en cuando alguien asegura haber visto algo extraño en el terreno vacío donde aquella noche se levantó la atracción. Un destello. Una pared de cristal donde no debería haber nada. Una figura inmóvil observando desde el otro lado. Y quienes cuentan esas historias suelen coincidir en un detalle. Dicen que la imagen no intenta salir. Dicen que sólo espera. Como si supiera que tarde o temprano la feria volverá a abrir sus puertas.
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