jueves, septiembre 3 2026

Relatos falaces: Burro doctor by Félix Molina

El mal me cercenaba. Era primero una agitación sudorosa y, en mi interior, como un movimiento sin fin de órganos y sistemas. Pensé en el trópico. O en una muerte silenciosa y contemplativa, muy cinematográfica, chorreando betún en una hamaca, al poniente veneciano. Como pude alargué el brazo y llamé al «dottore» —esperando inútilmente al Pantalone, a Colombina al otro lado del hilo. Sonó una voz de terciopelo, casi amorosa, que me rogaba en un perfecto italiano «non lasciare il letto», súplica sugerente y a la vez idiota, en mi estado.
Poco después llegaba, chocarrero y sinuoso, las orejas enhiestas, un galeno cárdeno, boquirrubio, que me tomaba el pulso con una pezuña y me ponía la otra en la frente. Pulsaciones y temperatura eran normales.
Perfectamente normales. «Bene, tutto va bene», dijo el doctor, y, sin más, se propuso inyectarme.
Nos enzarzamos en una lucha estúpida, que acabó con una aguja hipodérmica desmesurada justo donde nacía mi safena.
Cuando me desperté, el doctor ya no seguía allí.
Fuera, el cobre veneciano se iba derramando con mesura por las escalinatas y los conventillos.
Y los cambios se fueron sucediendo —sin precipitación pero sin pausa. La piel dejó su sitio a la greña —a veces áspera, a veces suave—, la voz al rebuzno, los dedos se simplificaron en un nácar inusitado y agreste.
El corazón quiso seguir intacto.

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