Caminando llenos de alegría, de gozo
la piel sudorosa bajo los ropajes
raídos por el aire, la erosión del tiempo.
Las botas reducidas a la nada
por las piedras mínimas,
por las piedras máximas de cada senda.
Los pies heridos, destrozados,
abiertos y sangrantes,
sangre que tiñe el polvo oscuro del camino,
bajo la luna y las estrellas que guían sus pasos.
Nada importa.
El sufrimiento es grande, llegar sin aliento.
Nada importa.
Pisar las losas frías o abrasadoras con los pies descalzos.
Nada importa.
Nada,
en sus corazones,
la mirada del Apóstol Santiago
que la espera impaciente
para sentir sus profundos abrazos,
sus lágrimas de gozo infinito
al culminar el Camino.
Nada importa
por sentirse envuelto en el humo del incienso,
percibir en los oídos y en el alma
el movimiento imparable del Botafumeiro,
sintiendo en lo más hondo
los cánticos de bienvenida
aún con los pies ardiendo
aún con los dedos como témpanos de hielo
y las gargantas sin voz…
Nada importa.
Si al alzar la mirada
allí está el Apóstol Santiago.
Todo por cruzar el Pórtico de la Gloria.
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