No era ninguna tontería que a estas alturas de su vida, Luis se encontrara en Egipto por primera vez en su vida y por primera vez no supiera qué hacer. Todo estaba en su contra, hasta las comunicaciones, algo que creía que no le fallarían nunca. Pero allí estaba él, solo, sin su mochila de supervivencia y con su teléfono móvil sin batería en medio del desierto.
Luis acababa de terminar su carrera de Historia con excelentes calificaciones, habiendo estudiado e investigado mucho, por lo que sus padres quisieron obsequiarle con un viaje dando la vuelta al mundo. Sin pérdida de tiempo, Luis comenzó a diseñar una ruta con sólo una condición: su ruta terminaría en Egipto y sería la de estancia más larga, siguiendo una idea que le había rondado en su cabeza desde su adolescencia y poder encajar la pieza del puzzle que tenía en su cabeza y en un cuaderno para notas en el que había escrito todos los apuntes que en sus investigaciones habían sido importantes para descifrar aquella incógnita que le intrigaba.
Ramsés II, el último gran faraón había sido estudiado en profundidad por Luis y lo que más le importaba de los conocimientos que poseía Ramsés II era precisamente el auge de la economía que hubo en su reinado. ¿Qué dato le faltaba para saberlo todo sobre su admirado gobernante?
Con sus conocimientos y su gran cuaderno de apuntes, Luis se encaminó hacia El Cairo, donde buscaría en los sitios adecuados y entre antiguos legajos, aquel dato que le faltaba para escribir su gran historia sobre Ramsés II, un libro que llevaba escribiendo hacía años. En el aeropuerto tuvo la valentía de alquilar un coche en la caótica El Cairo, para salvar los 20 kms. que le conducirían al centro de la ciudad, donde se encontraba la primera parada en su investigación: El Museo Egipcio.
Condujo el coche según las indicaciones, pero vino a encontrarse en un camino que no l condujo a El Cairo, sino al desierto. Ladrones. Habían cambiado una sola señal de dirección, en solitario le habían desposeído de su mochila y le habían llevado al intrincado desierto, para después llevarse el coche y dejarle solo con su móvil arrancada su batería y sin agua para que muriera perdido.
¿Eran sólo ladrones sin escrúpulos o miembros de una mafia que debía impedir la publicación de ese libro?
Allí encontré a Luis. No me esperaba. Yo tampoco lo esperaba a él. Llevaría algunos días siguiendo lo que creía una carretera, exhausto, quizás alucinando.
No sé por qué yo no me vi en un desaguisado aún peor, pero pensarían que una mujer no va a el Cairo para averiguar nada, al fin y al cabo, yo para los ladrones a sueldo no era más que una mujer deambulando.
Le di agua y algo de comer y seguimos viaje hacia EL Cairo. Fue una suerte que aún llevara sus papeles en un bolsillo casi invisible en el bajo interno de su pantalón. Pagué dos vuelos y desaparecimos. Callados. ninguno preguntamos nada al otro, ya habría tiempo cuando tocáramos tierras lejanas.
Y qué charla tuvimos. Productiva. Éramos dos buscando la misma información en El Cairo.
Estuvimos de acuerdo en volver juntos. Algún día, con una estrategia. Desde aquí todo se volvió más fácil. Ese libro se escribiría.
No en balde estábamos en España.
@Carmen Salas
@Imagen Pinterest
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