jueves, julio 9 2026

No todos los caminos llevan a Roma por Tatiana Deriabina

Todos los caminos llevan a Roma, pero éste no tenía salida. Papá frenó de golpe. Por los pelos no chocó con el Seat Ibiza rojo.

—¡Caaabron! —papá escupió por la ventanilla abierta y apretó con mala leche el triángulo de las luces de emergencia.

Su mirada no se separaba del retrovisor: en el asiento de atrás estaban dormidas Mar y María. Por la frente de María se asomaba, bajo el flequillo, una gota gorda de sudor. El pelo de Mar estaba recogido en dos trenzas, dos finas espigas.

Cuando el coche de atrás se paró también a una distancia prudente, papá volvió a escupir.

—Toma el agua —mamá le estiró la botella.

—¡Calentorra! —rechazó él con un gesto enfadado.

—¿Qué ha pasado? —Mar tenía los ojos abiertos de par en par.

—No sabemos, hija…

—¿Y queda mucho?

—No sabemos, hija.

María también se había despertado. Su boca se torcía, preparada para el llanto agotador.

Mamá abrió la puerta y la movía despacio, como un abanico. La gente empezó a salir de los coches de adelante. Solo los de al lado tenían las ventanillas subidas; el motor seguía en marcha.

—Estos tienen aire acondicionado —constató mamá y dio un trago largo de la botella—. El próximo que compremos debe tener climatizador. ¿Vale?

—Vale —papá no discutió, como hacía siempre: un coche nuevo no tenía sentido.

Este aún podía durar años. Servía. Sesenta kilómetros hasta la playa no son nada. Se aguantaba perfectamente. Por norma general. No hoy. Hoy el sol se cebaba con los agarrados. Se burlaba: calentaba los techos de metal, el asfalto, el polvo del arcén.

—¿Puedo bajaaaar? —la voz de Mar no dejaba duda.

Si no la dejan, montan un circo entre las dos.

—Sí, mi amor. Pero no vayas lejos. Que te pueda ver… No vaya a ser que nos movamos.

Si Mar salió, María también. Pero enseguida se cansó del sol del mediodía, sin tregua ni para las pequeñas granujas.

—¡Me aburrrrrrro! ¿Queda mucho?

—No sé, hija. ¿No ves que estamos parados? —papá también estaba descontento. Su brazo, apoyado en la ventanilla, empezó a enrojecer.

Movió el parasol y se rindió.

Bebió de la botella de mamá. Removió el agua en la boca y escupió por la ventanilla.

—Calentorra… —aflojó el cinturón de seguridad.

—Mamá, voy a ver a los hermanos —dijo Mar.

—Bueno… No creo que estén muy lejos —asintió mamá—. Si nos movemos, te montas con ellos. ¿Me escuchas? Te portas bien, ¿vale?

—No sé si llevan agua —papá la paró.

Mar, obediente, volvió. Esperó a que su padre bajara del coche, abriera el maletero a rebosar y encontrara una botella de plástico llena.

—No te quites las chanclas —avisó mamá al verla mover el dedo gris por el polvo.

—No, mamá —Mar metió la goma entre los pies—, me molesta…

Agarró la botella y echó a andar por el arcén, intentando distinguir el Ford Transit azul marino que su hermano mayor se había comprado para la faena. Pasaba junto a gente fumando, abanicándose, haciendo pis, arrimada a las puertas de sus vehículos. Nadie quería estar allí.

La goma salió de la chancla. Mar se tropezó. La botella se le cayó de las manos.

—Niña, ten cuidado —un joven, con sonrisa amable, tiró el cigarrillo y en un salto estaba a su lado—. ¿Te has hecho daño?

—No mucho…

Le devolvió la botella, rodada hasta la rueda trasera de su coche.

—¿Y qué haces aquí sola?

—Buscando el coche de mis hermanos… ¿Sabes qué ha pasado?

—Hay un accidente allí adelante… Los bomberos ni han llegado todavía.

—¿Lejos?

—Unos cien metros… o quizás doscientos… Tú allí no vayas… Las niñas no deben ver eso.

—No… yo no… yo solo busco a mis hermanos.

Mar recogió las chanclas y siguió descalza por el polvo suave, como arena de playa.

Buscaba con la mirada la furgoneta. Había pocas; ninguna azul. Ya se veía el camión atravesado en la calzada.

En las sienes de Mar palpitaban las venitas azules. El polvo bajo los pies dejó de parecer aterciopelado: de tibio se volvió ardiente.

Se paró a reparar la chancla. La botella volvió a escurrirse de su sobaco y se rompió contra el asfalto, dejando un charco negro que se extendía a su alrededor.

Mar pensó que ya no necesitaba seguir buscando a sus hermanos. Pero siguió adelante.

—Que estuvieran ya en la playa… que… en la playa…

Apretó muy fuerte los ojos.

La camioneta estaba allí.

@Tatiana Deriabina


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