domingo, julio 19 2026

La Batuta del Zéndale.- Susurros del pasado por Pippo Bunorrotri

“Un día más…tal vez…

Un día menos… tal vez

Un instante menos… tal vez

Tal vez… un instante más…

Para recordar…

Para disfrutar…”

Son las siete treinta de la mañana. Un vehículo oficial del Ministerio del Interior, sin identificación alguna que lo detecte como tal, circula con la lentitud que marca el tráfico en las primeras horas de un día laboral cualquiera de mediados de junio, que está comenzando a escribir su historia, en una gran ciudad, Madrid, camino de su centro de trabajo, por uno de los dos carriles centrales, en la autovía que da entrada al centro de la capital con dirección a Moncloa.

El ocupante siente como su irritación está comenzando a subir por la empinada escalera, sin pasamanos, de la desesperación, gradualmente, paso a paso, al compás de la lenta caída de los minutos que marca el reloj del salpicadero del vehículo en el que se encuentra atrapado. Una mirada rápida y abstraída al centro del salpicadero le recuerda que va a llegar tarde a su primera cita de esta mañana. Una mueca de fastidio se refleja en su rostro un tanto ojeroso. Solo con mero hecho de pensar en ella nota como una fría humedad en su espalda va mojando la camisa azulada que se ha puesto esta mañana. Trata de distraer su mente para no tener que pensar en esa primera entrevista, levanta los párpados para echar un vistazo al cielo a través del parabrisas del coche.

Está siendo una de esas mañanas en que la neblina del amanecer va abandonando los tejados de los altos edificios de la ciudad. Una mañana gris perla, algo opaca, debido a la contaminación acostumbrada de esta ciudad. Una de esas mañanas en que, nada más mirarla, verla aparecer en el horizonte del amanecer de un nuevo día, el ánimo se decae sobre los pies descalzos, que posas con precipitada desgana sobre el frío suelo, al salir de entre las sábanas, queriendo en ese momento en tu profundo interior que llegue la noche cuanto antes, para poder tumbarte, de nuevo, boca arriba sobre tu cama y quedarse contemplando el blanco amarillento, por el paso del tiempo, del techo de tu habitación.

Treinta minutos más tarde de la hora que tiene prevista para la reunión, el coche oficial se adentra en el aparcamiento del edificio Nº5 de la calle Miguel Ángel, donde se encuentran las oficinas de la Dirección General de la Policía. Se introduce en el ascensor y aprieta el botón que lo lleva a su planta de destino, mientras va ascendiendo se anuda el nudo de su corbata de color malva con rayas grises y se coloca las solapas de su americana gris justo cuando el ascensor hace su parada en su destino y las puertas se abren de par en par.

Raúl Carrasco Liébana, hace tres meses nombrado director general de la Policía, su superior. Lo ha llamado personalmente, de improviso, sobre las diez de la noche, citándolo en su despacho a las ocho de la mañana, en punto. Debe de ser alguna de sus ocurrencias, de político tocahuevos medrado, de última hora. Porque desde que llego a la Dirección General, todos los días había alguna reunión para anunciar recortes de todo tipo y cambios por doquier, un pasacalles de entradas de amiguetes y salidas de currantes buenos. Seguramente busca un titular de medio pelo para añadir a su menguado currículo político, con el que justificarse ante el ministro y los papistas de los medios de comunicación. Vamos, un queda bien, que los de abajo no son más que un atajo de incompetentes.

El ocupante del vehículo oficial se había pasado la noche imaginándose lo que querría preguntarle su superior, tiene dolor de cabeza de haber pasado toda la noche dándole vueltas a lo que querría su superior a esta hora de la mañana. Al tal Raúl Carrasco ya le habían bautizado con el mote de “Rasca”, que le venía que ni pintado. Era una persona algo chulesca y prepotente, un político engreído sin apenas conocimientos sobre lo que significa el ser policía en este país en estos momentos tan convulsos por la crisis que recorre el mundo, y este país en particular, en todos los aspectos de su sociedad…

La ligera neblina que aún cubría parte de la ciudad, cuando se adentró en el edificio, deprime aún más si cabe a la persona trajeada que camina con paso apresurado por el amplio pasillo de mármol y cristal del edificio oficial. El eco de sus precipitados pasos firmes se pierde entremezclándose entre el vespertino bullicio, silencioso, de los funcionarios que se encuentran atrapados tras sus mesas repletas de carpetas. Se trata de Antón Freixa Lope, comisario jefe de la Policía Judicial, de la UDEV, la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violencia.

El comisario jefe Antón Freixa Lope es un hombre callado, reservado, silencioso, lo que vulgarmente conocemos como un hombre de pocas palabras. Presenta un gesto reservado, voz grave, con una media sonrisa algo forzada, pero natural, trazada por dos suaves líneas en el centro de su rostro, medio perdida entre los perezosos pelos con que se haya cubierto este. Su pelo es rojizo, cortado a la vieja usanza, a navaja, al dos y medio, con incipientes mechones grisáceos que sobresalen sobre los lóbulos superiores de sus orejas; su cara, cubierta por una recortada barba sobre sus pómulos blanquecinos de color rojizo oscuro, ambos bien cuidados. Sus ojos oscuros, pequeños y saltones, bajo unas pobladas cejas rojizas que le hacen aparentar más edad de la que realmente tiene, lo cual a él no le importaba lo más mínimo, más bien, si acaso todo lo contrario.

Se había dejado la barba el mismo día que se había separado, más como un acto de rebeldía hacia su vida anterior, con su exmujer, que porque él se sintiese cómodo con ella sobre su cara. Pasarse la mano por su rostro y sentir el picor de los cortos pelos en la yema de sus dedos le recordaba la cara de amargura que ponía su ex cuando llegaba a casa sin afeitarse durante dos o tres días.

El simple hecho de pasarse la mano por su rostro se había convertido en una manía cada vez que ella lo llamaba para reclamarle más dinero con la disculpa de que lo necesitaba para sus dos hijos o recriminarle algo de su conducta como padre, lo que le molestaba bastante. Ese simple acto, el mesarse la barba, que repetía consciente o inconscientemente durante las horas siguientes a la llamada de ella, era un acto reflejo de su enojo, de sentirse de alguna forma culpable. A su exmujer no le gustaba que tuviese barba, que no se afeitase todos los días. Ya que decía que un rostro con barba no era más que un erizo con púas, tras el que esconder los miedos, los temores y las mentiras que uno tiene y que no quiere que nadie las descubra.

Antón Freixa Lope había nacido en Madrid, en el barrio de Villalba, aunque descendía de Galicia; sus padres aún vivían, habían regresado a su tierra en cuanto se jubilaron, Musía. El hijo, Antón, es el típico tipo urbanita de capital, el silencio del campo lo estresaba, lo hacía sentirse inseguro e irritable; por lo tanto, tenía un punto de chulesco con un grado de arrogancia que mostraba en cuanto llevabas dos días conviviendo a su lado, pero, pese a todo, era un tipo sincero y firme, muy firme en sus convicciones.

Pronto se van a cumplir dos años de su ascenso a comisario jefe de la Comisaría General de la Policía Judicial, era el jefe, el responsable, de la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violencia (UDEV). Debido a su ascenso, había tenido que trasladarse de la comisaría de San Blas, donde llevaba ocho años, a las oficinas de la Comisaría General en la calle Julián González Segador. Él nunca pensó que a los cuarenta y cinco años iba a llegar a ser comisario jefe de la Policía Judicial y menos el responsable de la UDEV. En ello no solo había habido suerte, sino esfuerzo, trabajo y buen hacer. Pues había antepuesto su trabajo a muchos días de asueto con la familia, lo cual había supuesto uno de los motivos, o el motivo, que lo llevaron a distanciarse de ella, lo que desencadenó su situación actual: divorciado.

Si uno se fija durante un instante en su caminar, puede que llegue a pensar que lleva algo oculto bajo su holgada ropa de Emilio Tucci comprada en el Corte Inglés. Nada más alejado de la verdad, aunque los secretos con él están a buen recaudo. Antón Freixa en todo momento supo lo que quería: ser policía, en contra de las preferencias de su padre. A decir de no pocas personas que lo conocían, era un excelente policía, con buenas dotes de mando, sobre todo poseía una adecuada mano izquierda con sus superiores, dejando que su mano derecha ordenase a sus subordinados. Algo de lo que Antón Freixa Lope jamás alardea en público, pero que él es muy consciente.

Eran las doce de la mañana cuando el comisario jefe Antón Freixa Lope entraba en la tercera planta de la Comisaría General de la Policía Judicial, en el área del edificio destinada para las dependencias del comisario jefe. Por primera vez, este jueves del mes de junio estaba empezando a resultar ser el día negro de la semana, por lo menos a esta hora de la mañana. Su secretaria no se encontraba en su mesa, movió la cabeza de un lado a otro girando sobre sus talones, tratando de localizarla con la mirada, no lo logró. Se adentró en su despacho cerrando la puerta tras de sí, dejó su maletín sobre la mesa, se plantó ante la amplia ventana, durante unos minutos contempló a través de ella el cielo azul plomizo de este jueves intentando encontrar en él un rayo de luz que lo aliviase algo de la presión que sentía en el interior de su cabeza. No lo halló, desistió de poder encontrar esa luz que lo mitigase, se dio la vuelta mirando con desgana lo que se hallaba sobre su mesa. La reunión no había sido como él esperaba.

–Hay que joderse con el Rasca –Murmuró.

Se desprende con un movimiento de desgana de su americana, instintivamente, colocándola sobre el respaldo de su sillón de cuero negro y deja caer el perezoso cuerpo de esta mañana sobre él, detrás de su mesa de diseño modernista, que no acaba de gustarle del todo. Las arrugas que se dibujan en su frente denotan que hoy va a tener un humor de perros.

La reunión de esta mañana en el edificio de la Dirección General, con su jefe inmediato superior, el director general, le ha levantado, más si cabe, el dolor de cabeza con el que ha amanecido esta mañana, por momentos empieza a ser insoportable. Escucha al otro lado de la puerta de su despacho el ruido de cajones abriéndose y cerrándose. Aprieta el botón de su interfono que tiene sobre la mesa y con voz seca dice:

–Señorita Castrourdiales…, ¿me escucha…? Ana, ¿donde carajoo… estaba, intentando arreglar por su cuenta este puto país…?

–Buenos días, jefe, estaba en el archivo. ¿Qué se le ofrece?

–Buenos días, buenos días, buenos días…, déjese de retahílas mañaneras…, serán para usted.

–Al menos lo están siendo hasta ahora, señor Comisario.

–Pues para mí no son tan buenos.

–Ya veo. Seguramente, la reunión con el Director General no ha ido tan bien como esperaba.

–Con él nunca sabes lo que te espera.

–Entonces, el señor se ha levantado con mal pie esta mañana.

–Con el pie de todos los días.

–¿Con el derecho o con el izquierdo?

–Déjese de hacerse la graciosa con mis pies. Solo que hay gente a la que le gusta tocarme los cataplines a primera hora.

Al otro lado del interfono, Ana guarda silencio. Conocía muy bien a Antón, llevaban muchas aventuras corridas, ella sabía muy bien a quién se está refiriendo. Mar, su exmujer, lo habría llamado esta mañana, lo que significaba que van a tener un día perro, y un fin de semana tormentoso, y ella tendrá que soportarlo.

–Señorita Castrourdiales… ¡Ana! –resuena la voz de Antón en el pequeño altavoz del interfono que había sobre su mesa–,  ¿sigue ahí, o se ha escaqueado…?, Ana.

–Estoy aquí. Le escucho. Que se le ofrece.

–Bien. Tráigame el expediente 3/355. Y localíceme a la inspectora Serrano, necesito hablar con ella cuanto antes, a ser posible en lo que queda de mañana. Urgente. ¿Lo ha entendido?

  • Si, comisario –responde resignada.

  • ¡AAA…! Algo más, por favor. Tráigame un cortado de los suyos y un calmante, la cabeza me va a estallar de un momento a otro.

Antón levanta su dedo anular del aparato sin esperar respuesta, y se recuesta sobre el respaldo de su sillón. Tiene la corazonada, desde la primera hora de la mañana, de que este jueves empieza a ser turbador, promete ser un día horrimpiláis, se dice a sí mismo, de esos que uno no desea mantener en el recuerdo de su memoria, o, mejor aún, que no hubiese existido en el calendario.

Este jueves, se ha despertado con la llamada de su exmujer, Mar. Como no podía ser de otra manera, para reclamarle un aumento de su asignación mensual. Para qué si no. Siempre la misma canción, desde que se había separado, cada vez que ella lo llamaba, nada más ver su nombre en la pantalla de su teléfono. Su úlcera se ponía a cien, haciendo que se le levantara un dolor de cabeza que lo más seguro es que le durara prácticamente todo el día. Y hoy era un día de esos. A las siete en punto de la mañana, lo ha llamado para decirle que su asignación no le llega para mantener los gastos de la casa. Con la excusa de que ella ahora no tiene trabajo, además de que los niños viven de continuo con ella en casa, que cada vez gastan más… Discutieron… Vamos, lo de siempre cada vez que le llamaba. Le ha llegado a amenazar esta vez con que, si no lo hace por su propia voluntad acudirá a la juez que le había concedido el divorcio, para que le de la razón, ya que tiene las de ganar pues recientemente lo han ascendido de categoría, tiene un buen sueldo y el ministerio le ha dado casa.

Al final, después de veinte minutos de discusión y de reproches, él zanjó la conversación diciéndole que tenía una reunión en el Ministerio y que tenía prisa, que la llamaría el viernes para quedar el fin de semana y que entonces hablarían del tema. Mientras colgaba, pensó que tenía que llamar a su abogado antes de reunirse con Mar, el tema ya empezaba a hartarle.

Había salido disparado de casa sin desayunar, rumiando la charla que había mantenido con su ex como desayuno, a la reunión con el director general. Se imaginó que la reunión sería como la de todas las semanas, media horita para ponerle al día. Mientras se metía en el coche, pensó que después de la reunión tomaría un desayuno leyendo la prensa en el café de al lado de la comisaría. Pero se había equivocado, la reunión duró más de lo que presupone, dos horas, nada agradable ni rutinaria, más bien había sido una reunión tensa, con reprobaciones, vituperios, con una absurda polémica de cómo se debía de trabajar, como si no lo supiésemos de sobra, y exigencias. “Ahora, el Ministerio y la Dirección General, quieren más recortes, más control en los gastos cotidianos, o sea ahorrar en papel, bolígrafos, y papel para limpiarse el trasero. Tendremos que traérnoslos nosotros de casa…, en una palabra, menos gastos, que los agentes trabajen más horas, sin cobrarlas, por supuesto, con resultados más rápidos. Se deben de pensar los que están sentados en los mullidos sillones del Ministerio, como los de la calle Miguel Ángel, que los que nos encontramos en el edificio de la Comisaría General nos pasamos el día respingados en la silla sobándonos nuestra barriga y los cataplines, mientras hablamos del partido del domingo o de cómo se rasca la nariz el nuevo director general… Hay que joderse, encima tienes que callarte y tragar.”

–Se puede, señor comisario –dice Ana su secretaria, entreabriendo la puerta.

–Adelante, adelante, déjate de tanta formalidad, no te quedes ahí pasmada como una becaria.

–Aquí tiene el expediente que me ha pedido –dice depositándolo delante del comisario–. Su café. Le traigo un Termalgil seiscientos para su dolor de cabeza.

–¿No lo había de dos mil doscientos…?

–No lo… –Ana se calla de inmediato al observar la mirada cortante del comisario, al instante comprendió que esta mañana no estaba el horno para bollos– …dijo, pero puedo mirarlo.

–Esta bien, me tomare dos.

–La inspectora Serrano no se encuentra en la comisaria.

–¡Como que no está! ¿Dónde está?…

El breve silencio dibuja un gesto de extrañeza en el rostro cabreado del comisario Antón Freixa, antes de continuar hablando:

–Acaso se ha tomado el día libre por su cuenta…

–No, no señor, ha venido a primera hora, pero ha tenido que salir con su compañero, el inspector Pedrol, a un servicio. Hace diez minutos que se han ido.

–¿Qué servicio?, ¿de qué se trata?

–No lo sé, señor comisario, no me comunicó de qué se trataba ni a dónde se dirigía –contesta Ana, mirando al comisario, mientras murmura para su interior »vaya día me espera».

–¿No se lo pregunto?

–Si, pero no me contestó.

–¿Cómo que no le contesto?

–No señor… Seguramente, no me oyó, y cuando se lo pregunté de nuevo ya salía por la puerta –dijo Ana, sonando a disculpa.

–Pues llámelos por teléfono, a ver por dónde andan esos dos muchachitos… de culo de mal asiento… –Se pone dos pastillas en la boca y sorbe un trago de café antes de continuar diciendo–: Como siempre, son los primeros en apuntarse a todos los saraos rápidamente con tal de no hacer los informes, ni estar cuando los necesito…

–Son la nueva generación, comisario. Buscan hacer méritos –dice Ana encaminándose a la puerta.

–¿A dónde va? Deja de contonearse, que ya te tengo muy vista. Llámelos desde aquí.

Ana gira su delgado cuerpo sobre sus tacones, se dirige a la mesa y coge el teléfono con la mano derecha mientras con el dedo pulgar marca los números.

Antón Freixa y Ana se conocen muy bien, personal y profesionalmente, desde hace bastante tiempo. Desde que Antón Freixa fue nombrado subcomisario y lo destinaron a la comisaría de Atocha, y luego como comisario a la de San Blas, llevan juntos dando tumbos, de eso hace ya casi doce años. Mientras, Antón sorbe a tragos cortos el café que ella le ha traído, le gustaba saborear el café que ella le hacía, siempre hacía un café excelente. Ana espera a que le contesten al otro lado del teléfono mientras contempla los gestos en el rostro de Antón, intentando adivinar lo que pasa por su cabeza.

–Inspectora Serrano…

–Sí, soy yo.

–El comisario quiere hablar con usted. Un momento, que le paso.

–Serrano, ¿dónde carajo están ustedes…? se han ido así, sin más…, seguro que están desayunando y leyendo tranquilamente el periódico, como si fuesen el ministro…, como si lo estuviese viendo…

Antón Freixa está más airado de lo que está acostumbrado en él. La charla del director general lo había sacado de su habitual serenidad.

–¿Dónde están ustedes, en la caraja? No teníamos una reunión esta mañana para que me pusiese al corriente del caso del colombiano. Eso es lo prioritario, ¿no crees?

–Comisario…

–Ni comisario ni leches…, no tengo ese informe en mis manos. Y son las doce de la mañana. Este tema ya tenía que estar cerrado de una puñetera vez.

–Comisario…

–Menos comisario y más movimiento. Les quiero aquí en quince minutos con el dichoso expediente. Quince minutos. ¿Me ha oído?

–Comisario –dice Serrano al otro lado del teléfono–, es que nos han pasado un aviso de un posible asesinato en el hotel Miguel Ángel, más que posible asesinato, seguro. Querían que viniese usted en persona. Como todavía no había llegado a la Dirección General, nos hemos adelantado para…

–¡Yo! ¿Para qué? ¿Y quién es el que le dijo que yo tenía que ir? ¿Es que ahora van así las cosas? –le espetó visiblemente enojado.

–No sé qué decirle. El sargento me dijo que era necesario que usted se presentase…, más bien imprescindible, señor…

–¿Qué sargento…? ¿Ramírez?

–No, Zapico.

–¡Como que Zapico! ¿Qué hace él ahí? En el escenario de un asesinato. Si él es de anti vició. ¿A caso se trata de un narcotraficante?

–No, señor comisario, creo que no se trata de drogas, más bien…

–¿Ya han llegado? –dice Antón cortando a Serrano– ¿Quién es la víctima?

–En estos momentos estábamos a punto de entrar en el vestíbulo del hotel, señor comisario… Solo sabemos que se trata de una mujer. Es lo que nos ha dicho el sargento Zapico. En cuanto tengamos más datos de lo sucedido, se lo comunicaremos.

–Ya tenían que estar informados… ¿Qué es lo que saben? Hace media hora que han salido. Averigüen de una vez de quién se trata y dónde ha aparecido el cuerpo…, todos los detalles e infórmeme.

–Señor el trafico está insoportable –dice Serrano tratando de justificarse–. Hay una manifestación de sanidad y hemos tenido que desviarnos…

–Excusas –corta Antón los lamentos de la inspectora–. Todos los días hay manifestaciones en esta ciudad, y cuando no las hay siempre les surge algún otro percance, el caso es no llegar cuando se tiene que llegar. Excusas, Serrano, la culpa siempre es de otros. No me cuente milongas y pónganse a la faena.

–Señor Comisario, no son excusas, y no hace ni quince minutos que hemos salido de la comisaria…

–Déjelo, inspectora. ¿Ha entendido lo que he dicho?

–Si, señor comisario, lo he entendido.

–¿Esta el sargento por ahí?

–No, no, no lo veo. En cuanto lo haga, le diré que le llame, señor.

–Déjelo Serrano, ya lo llamo yo. Pónganse manos a la obra, hágase cargo de la situación, y avise al juzgado de guardia y al forense si todavía no lo ha hecho Zapico. En cuanto estén en el escenario, llámeme y dígame de qué se trata… Espere, lo mejor será que me deje caer por ahí a ver de que se trata.

–De acuerdo, señor comisario –dice la inspectora Serrano dando por finalizada la conversación.

–Serrano…, Serrano, ¿sabe que le digo? Que ya estoy hasta las plumas del sombrerajo de tanto “señor, señor”

–Vaya mañanita… de perros tiene hoy Galileo Barbirroja –comenta mientras cuelga el teléfono Serrano a Pedrol.

–Seguro que esta noche la ex parienta le ha estado tocando los bajos, bien tocados. –constata Pedrol a su compañera.

Mientras está terminando de hablar con la inspectora, coge el móvil que tiene sobre la mesa, susurrándole a Ana de pie a su lado:

–Póngame con el sargento Zapico.

Ana busca en su agenda el teléfono del sargento, marcándolo. Después del primer tono, sin esperar a que contesten al otro lado, le entrega el teléfono al comisario.

–¡Comisario Freixa!, buenos días. Estaba a punto de llamarle, la inspectora Serrano me ha dicho que no se encontraba en el despacho y que ella salía para aquí…, ah, ya la veo, acaban de llegar. Pero debería venir usted también señor comisario, es un caso…

–Zapico, me cago en tu estampa, para qué están los protocolos. ¿Qué narices estás haciendo ahí? Acaso has pasado la noche en el hotel.

Tras unos segundos de silencio, en los que a través del micrófono se escucha el chasquido de la garganta de Zapico tragándose la saliva.

–Sé por qué lo dice, comisario, pero le juro que no era mi intención –dice desabrido y algo nervioso–. He tratado de localizarle para tratar de informarle desde el mismo momento en que fui informado. Como seguramente ya le habrán notificado. Pero el señor comisario no estaba disponible.

–Déjese de prefacios…, luego ya hablaremos, y dime qué cojones ha pasado.

–Vera comisario. Ha aparecido el cuerpo sin vida de una mujer, en una de las habitaciones suites del hotel Miguel Ángel.

–Sargento, eso ya me lo han dicho. ¿Qué tiene que ver contigo? Se trata de la mujer de algún pez gordo de la droga, que se ha pasado con los polvitos de la divinidad´

–No, nada de eso señor. Pero…

–¿Entonces qué haces tú ahí?

–Comisario… –dice Zapico tuteando al comisario, más sereno–, creo que debes de venirte hasta aquí…

–¿Por qué tengo que ir yo personalmente? ¿Acaso se trata de alguien a quien yo conozco?

–No lo sé, Antón. Puede que sí, o puede que no. Pero después de ver la escena del crimen, y siendo donde ha ocurrido y de quien supuestamente se trata, según el registro del hotel, pienso que es preferible que lo veas antes y que seas tú el que diga lo que se tiene que hacer.

–¡Tan grave es!

–Creo que sí. Pero… yo diría que más bien…

–Más bien, ¿qué?

–Como está la..,. preferiría que lo vieses personalmente, antes que contártelo.

–Demasiada intriga me parece. Bien…, que Serrano y Pedrol examinen el escenario. Échales una mano mientras llego. Pero que no sea al cuello.

–Sí, comisario. Sin problema alguno.

–Ahh… tendrás que explicarme, que coño pintas tú en todo esto y por qué has sido tú el primero en llegar a la escena cuando no estás en homicidios.

Zapico conoce bastante bien al comisario jefe Antón Freixa, aunque hace años que no se llevan lo que se dice muy bien, como antes de entrar en la academia, cuando eran unos jóvenes en busca de un incierto futuro. Al poco de salir de ella, se distanciaron. Zapico sabe muy bien que Antón es un arrogante cabronzuelo, pero que no tiene un pelo de tonto, es respetuoso con toda su gente, a las que dirige con habilidad precisa, y confía plenamente en las personas cercanas que están bajo sus órdenes. Pero, si alguno pierde esa confianza que él le da, ya puede ir vaciando su taquilla.

El comisario se pone en pie con el impulso de su cuerpo, al hacerlo, desplaza con brusquedad el sillón hacia atrás, instintivamente coge, con cierto enojo reflejado en los surcos de su frente, la americana, que bamboleaba en el respaldo del sillón, encaminándose hacia la salida de su despacho, al tiempo que intenta colocarse la americana con el simple bamboleo de su tronco. Farfullando frases sin terminar ininteligibles, maldiciones, a viva voz para sí mismo…

–Lo que me faltaba en esta mañanita para que el día sea completito del todo… Un asesinato…, un detestable asesinato –murmura.

–¿Un asesinato? –dice.

–Eso parece

–¿Dónde?

–Ana, si hay algo urgente, llámeme al móvil. Voy a ver qué tripa se les ha roto a los inspectores. Parece que algún marido cornudo se ha pasado de rosca con su santa… Avise a un coche que me recoja en la entrada. Nos vamos al hotel Miguel Ángel.

–¿Al Hotel Miguel Ángel? Señor

–Si…, hay que joderse. Ya es puta casualidad que tenga que ser hoy…, hoy que a las siete de la mañana me han levantado dolor de cabeza y revuelto la úlcera.

El coche que traslada al comisario Antón Freixa se detiene ante la entrada principal del hotel Miguel Ángel. El comisario se apea del vehículo, dándose de bruces con las miradas inquisidoras de los que se mueven a su alrededor saliendo o entrando del hotel, y las miradas de preocupación de la inspectora Serrano y de su compañero el inspector Pedrol.

–¿Qué hacen ahí parados como dos pasmaos, ni que hayan visto al diablo? –les dice el comisario cerrando la puerta del vehículo–. ¿O acaso ahora son los nuevos botones del hotel?

–Buenos días comisario –dicen al unísono los dos inspectores.

–¡Buenos días! Buenos días, dicen –responde Antón llegando a su altura–. ¿Les parece que estos son buenos?

–Le estábamos esperando, comisario. –Responde la inspectora Serrano mientras acompasa sus pasos a los del comisario, disponiéndose a seguirlo hacia el interior del hotel.

–Pues ya me tienen aquí. Pero… ¿hacía falta que me esperasen los dos juntitos como dos… tortolitos? –pregunta Antón a la vez que se frena de repente interrumpiendo su andar en el centro del vestíbulo.

–Es que estábamos esperando a que llegasen usted comisario, el juez, el fiscal y los de la Científica.

–¿Están aquí?

–Todavía no han llegado. Señor

–Ya…, se habrán perdido, ¿no? La manifestación…

–Eso parece Galileo… –contesta Serrano con un susurro-

Antón gira su cabeza de repente hacia la inspectora, esta se ruboriza ante la mirada del comisario. Cree que ha oído sus palabras.

–Infórmeme Serrano, ¿en qué parte del hotel tuvo lugar el suceso?

–En la habitación 498, comisario.

–Al menos, se habrán preocupado de precintar el lugar. ¿No?

–Si comisario, se ha precintado toda la planta.

–¿Eso es todo lo que han hecho?

–Bueno…, hemos pedido a la dirección que nos faciliten la lista de clientes, las grabaciones de las cámaras y ver la escena del crimen. Estábamos esperando a que llegase, comisario.

–¿Zapico dónde está?

–Está en la planta sexta esperando.

–Bien, pues vámonos para allá. Pedrol, usted espérese aquí al resto de la comitiva que falta por llegar, cuando aparezcan acompáñelos a la 498.

–De acuerdo Comisario –contesta Pedrol.

–Pedrol, ¿cómo es que no veo a ningún agente en la entrada?. No he visto a ninguno, ¿dónde están?

–Eee…comisario…

–Comisario… –dice Serrano, quitándole la palabra a su compañero–, es un asunto feo. No le va a gustar…

–Y eso se debe a que… ¿Por qué lo dice inspectora Serrano? –pregunta Antón mirando a la inspectora–. ¿Acaso el marido o el amante se han ensañado de mala manera con la mujer?… ¿¡No será la esposa del ministro!?

–No, no es eso comisario…

–¿Entonces qué es? Explíqueme Serrano.

–Es mejor que usted lo vea señor.

El comisario no dice nada. Solo mira los rostros serios de los inspectores, en ellos se refleja un halo de preocupación, de disgusto, que no le gusta nada. Más bien, le irrita esa pose de misterio en los rostros de Serrano y Pedrol. Un gesto inexpresivo comienza a bocetar en su cara mientras se gira sin decir ni palabra, solo las ondas del sonido ilegible de las palabras del comisario llegan a los oídos de los inspectores.

Los dos conocen muy bien al comisario Antón. Aunque solo llevasen dos años a sus órdenes, era el señor de las cuatro “P” –“PATAS”: “Paciencia, Planificación, Procedimiento y Persistencia”, siempre se lo repetía en cada caso. Se miran de soslayo y guardan silencio, los dos saben que el comisario, en estos casos, no era amigo de las valoraciones prematuras ni de las primeras hipótesis, ni de las conjeturas basadas en simples corazonadas surgidas en el primer vistazo de la escena de un crimen. Al comisario solamente le servían las pruebas e indicios, algo de lo que no disponían y que desconocían en estos primeros momentos, y, con toda probabilidad seguramente tardarían tiempo en dar con alguna de ellas que les señalase el camino a seguir para saber lo que había sucedido.

Desde el primer instante en que cruzan la puerta del vestíbulo del hotel Miguel Ángel, la inspectora Serrano siente como un calambre recorre su brazo izquierdo, signo inequívoco para ella de que lo sucedido allí aquella noche iba a ser un problema. Lo que se confirma en cuanto ven lo que había ocurrido en la habitación suite 498, la oscuridad se hace en su mente, percatándose en esa negrura de que aquel caso no le iba a gustar un ápice al comisario, y por supuesto a los de arriba, por lo que tendrán más de un dolor de cabeza y noches en vela, mientras no se solucione.

Antón Freixa se encamina hacia la entrada de los ascensores seguido de cerca por los inspectores. Mientras espera a que el ascensor llegue a la planta baja, Antón pregunta a Serrano:

–¿La dirección del hotel está al corriente de lo que ahora va a acontecer?

–Sí, señor. Si están todos en el hotel esperando a que decidamos qué hacer.

–Pues transmítales paciencia, y unas cuantas dosis de tranquilidad, que en cuanto la científica termine con su trabajo y su señoría lo autorice, nos iremos por donde hemos venido y ellos podrán volver a su mundo de ir y venir…, Serrano acompáñeme, Pedrol comuníquele a la dirección que hemos llegado, y espera a que llegue el resto de la comitiva.

Los inspectores se miran de reojo haciéndose un guiño, no comentan el comentario del comisario Antón, que pregunta entrando en el ascensor:

–¿A qué hora se ha registrado la llamada al 112? ¿Qué unidad fue la primera en llegar?

–No lo sabemos, señor, a nosotros nos llamó el sargento Zapico.

–¿Cómo?, ¿como…?, ¿qué es lo que me está diciendo?… ¿Acaso se han cambiado los procedimientos para estos casos y no me he enterado?, ¿o acaso el sargento Zapico decide ahora qué es lo que se ha de hacer?

–No, señor, pero preferimos que sea el sargento Zapico el que le informe. Él es el que tiene todos los datos al respecto, y prefiere ser él el que se los dé personalmente.

–¡Acojonante! ¿Quién está custodiando el lugar de los hechos?

–Cuatro agentes. El sargento Zapico, el agente Abella, la agenda Novilla y el agente Martínez.

–Solamente… ¿Cómo es que no hay más agentes? Ya han empezado en el ministerio con los recortes de personal sin comunicado alguno previo… ¿No he visto a ninguno en la entrada?…, ¿Sabe porque esta Zapico aquí?

–Parece ser que el director, personalmente, le ha pedido al sargento Zapico, como un favor personal…

–¡Cojonudo!, por momentos mejoramos. Así que ahora nos dedicamos a hacer favores personales… A cambio de ese favor personal, ¿qué le deja pasar una noche loca con la parienta en la suite presidencial?…

–De eso último, no tengo ni idea. Solo sé lo que comentó el sargento, que el director le había pedido, que si se podía prescindir de llamar la atención con demasiados agentes merodeando por el hotel y sus alrededores.

–¡Y eso! ¿A qué se debe?

–Para no alarmar…

–¡Alarmar! –dice sorprendido Antón–. ¿Alarmar a quien?…

–A los clientes. Pero sobre todo a los de la prensa…

–¡A la prensa! ¿Por qué se iba a alarmar la prensa? Serrano, ¿qué puñetas está ocurriendo? Seguro que ahora nos acusarán de querer ocultar algo… ¿Por qué tanto secretismo?

El ascensor llega a su parada, abriéndose las puertas, Antón se para entre ellas y mira a Serrano, esperando a que esta le dé alguna respuesta.

–Por la persona que hay en la habitación… –dice Serrano.

–Termine de decírmelo todo de una vez, carajo, y déjese de tanto misterio. Me estoy empezando a poner nervioso, y… lo cual no es bueno. ¿Quién es esa misteriosa mujer? ¿Eso lo sabrá, al menos?

–Es Letizia Soto, la que está en esa habitación.

–¿Quién es esa tal Letizia Soto? –pregunta el comisario elevando una octava el tono de su voz.

–Comisario, ¿nunca ha oído ese nombre?, ¿no sabe quién es?

–Si, lo oí, no recuerdo en estos momentos. Hoy no tengo la cabeza para acordarme de todos los nombres que he escuchado. Refrésqueme la memoria.

–¿No ha oído hablar del autor de libro El hombre que susurra a los sentimientos que son tres libros en uno, también de La Justicia del juez Pérez y de algún que otro libro más?

–Si, los conozco, he leído alguno de ellos, concretamente La Justicia del juez Pérez, me gustó. Pero, ¿qué tiene que ver esa señora con ellos?

–Todos ellos, –continua informando Serrano, sin contestar a la pregunta del comisario directamente sino enlazándola con lo que había empezado a contar, como a ella le gustaba largas respuestas repletas de información, para desesperación del comisario–números uno en ventas, que han dado mucho de qué hablar, por su contenido, a cuyo autor parece ser que nadie conoce, ni le ha visto, ni se sabe donde reside, ni se sabe si esta vivo o muerto. Según se comenta en los corrillos editoriales. Según la versión dada por la editorial, el autor despareció antes de verlos publicados, vamos, que es un auténtico desconocido. Hay críticos entendidos en esto de los libros que comentan que todo ha sido una estrategia de la editorial para vender más libros, y que su verdadero autor es el que dice ser el mejor amigo del que figura como autor en las portadas de los libros. La señora Letizia Soto, la que ha aparecido muerta en la habitación, esposa del que dice la editorial que es el autor de los libros, ahora es esposa del amigo que se ha encargado de que se publiquen los libros de su amigo y esposo de la mujer que está en la habitación 498.

–Menudo galimatías inspectora, me conformo con que lo tenga claro usted, ¿y usted lo tiene, no Serrano? Entonces, ¿sabemos el nombre de quién es el verdadero marido y donde reside?

–Sí, comisario. Es un arquitecto o ingeniero conocido. Que tiene cierto nombre en el mundo de la construcción. Y que además suele salir en las tertulias televisivas de vez en cuando…, en una de ellas ha tenido una bronca con el ministro de…

–¡Hostia puta!…, Nicolás…

–¡Comisario!…

–Perdón, inspectora… No…, no recuerdo el apellido.

–El mismo, comisario…, ¿lo conoce?

–No personalmente, lo he visto un par de veces en la tele. Me parece un buen tipo. ¿Lo habéis avisado?

–Lo estamos localizando, comisario.

–¿Sabemos algo?

–Todavía no, comisario. Acabamos de dar la orden para que lo localicen.

–¿Dices que ha sido el tal Nicolás el que lo ha hecho? –pregunta un desconcertado comisario, saliendo apresuradamente del ascensor.

–No –contesta la inspectora balbuceando ante el comisario Antón–. No, señor, no lo sabemos todavía. Somos buenos…

El comisario lanza una mirada de tenue reproche a la inspectora Serrano.

–Pero todavía es demasiado pronto como para saber quién es autor… Es mejor que lo vea, comisario…

El comisario, seguido de la inspectora, camina en silencio por el pasillo en dirección a la habitación 498, en su recorrido tropiezan con los agentes, a los que el comisario saluda con una mirada, la inspectora Serrano, con un leve movimiento de mano invitándolos a que los sigan a cierta distancia. Llegando a la altura de la puerta de entrada a la habitación, ante la cual se encuentra el sargento Zapico, apoya su hombro derecho contra la pared, cabizbajo, su rostro refleja conmiseración y lastima por lo que ha visto en la habitación que tiene a su espalda.

El sargento Zapico y el comisario Antón Freixa se conocen desde hace mucho tiempo, de adolescentes, pero entre ellos no hay una relación de una amistad cordial, como había sido en tiempos pasados. De jóvenes pertenecían a la misma pandilla de amigos, pero, cuando entraron en la academia, la rivalidad y una muchacha, que con el tiempo terminó convirtiéndose en la mujer de Zapico, hicieron que se distanciasen. Habían salido de la academia en la misma promoción, de Policía, guardaban las distancias con educada cordialidad, se respetaban, pero sus vidas profesionales habían seguido derroteros distintos, aunque en cierta forma paralelos a su vez. El primer destino de Zapico había sido su propia ciudad, Madrid, donde aún continuaba, después de un año como agente, promocionó y ascendió a sargento, era listo más que inteligente, tenaz y constante. Antón siempre creyó que iba a llegar muy lejos en el escalafón de la Policía Nacional, pero se quedó estancado, no pasando de sargento. El primer destino de Antón había sido Alicante, donde destacó por sus dotes de investigador avispado, no sabía el porqué, pero siempre estaba metido en todos los casos de cierta relevancia, lo que le valió su ascenso a subinspector, eso y el hecho de terminar sus estudios de Derecho que había comenzado antes de ingresar en los Cuerpos y Fuerzas del Estado. Estuvo dos años y medio en Alicante, donde promocionó para inspector y, al mes de serlo, lo trasladaron a su ciudad de origen, Madrid, a la comisaría de San Blas, donde permaneció subiendo en el escalafón del cuerpo, hasta el actual ascenso. Con el ascenso de Antón a comisario jefe de la Dirección General de la Policía Judicial, habían vuelto a coincidir en la Comisaria General en la UDEV, convirtiéndose Antón en el jefe directo del sargento Zapico, algo que al sargento no le hacía demasiada gracia.

–Bueno, Zapico, aquí me tienes. Cuéntame qué ha sido esta vez. Porque aquí la inspectora… misterio no me ha querido contar nada.

–Pues ya que está aquí, véalo usted mismo, a ver qué le parece.

–Vaya mañana llevamos. Más teatro de misterio.

Zapico introduce la llave magnética en la cerradura, este ya se ha colocado las calzas de plástico sobre sus zapatos, entreabriendo la puerta, el sargento deja pasar al comisario delante, que da dos pasos hacia el interior enfundándose unos guantes de látex, mientras desde detrás de Antón, el sargento introduce la llave magnética en la ranura del mecanismo que hay a la entrada para que se encienda la luz de la amplia estancia, iluminándose tenuemente toda ella.

Ver la cara desencajada de un policía con tantos años de servicio como los que tiene Zapico y escuchar su voz apagada sin sonido, hace que una luz de desasosiego se le encienda al comisario, poniéndolo en alerta por lo que pueda encontrarse.

–¡Qué leches!… es esto –dice un estupefacto Antón al abrir la puerta por completo lentamente y recorrer con dos pasos el vestíbulo hacia el interior de la habitación contemplando lo que tenía ante sus ojos.

El comisario se frena en seco al final del cuadrado que forma el vestíbulo de entrada, que da paso a la amplia habitación. Desde allí su nariz se percata del fuerte olor de cera de velas mezclado con aroma de jazmín, sus ojos descubren el cuerpo desnudo de una mujer, la mujer que Serrano le había descrito. Ese cuerpo está desnudo, atado por sus tobillos y muñecas, en la postura de crucifixión, con correas que parecen de cuero, inerte sobre la cama cubierta por lo que parece una sábana de plástico negro. Su rostro está cubierto por una máscara blanca que remarcando sus ojos y su boca en negro. Antón gira su cuello y, mirando al sargento, dice:

–Zapico, inspectora Serrano, ¿cómo sabéis que es la mujer que decís que es si no se le ve su rostro?

–Porque la habitación está registrada a su nombre…

–Eso no significa, necesariamente, que se trate de ella.

–Además… –dice Zapico–, porque hemos visto su rostro…, solo para comprobar si realmente era la persona que se había registrado, comisario…

–Lo hemos dejado todo como lo encontramos –se apresura a decir Serrano.

El Comisario Antón, no dice nada, comienza a caminar lentamente hacia el interior de la habitación deteniéndose a cada paso que da. Antón escudriña pausadamente, con su mirada de avezado observador, cada rincón de la habitación. Trata de fijar el escenario en su memoria a través de la retina de sus agudos ojos claros.

Frente al vestíbulo de entrada, donde él se encuentra, unos cortinones gruesos de un salpullido rojo intenso sobre el azul cielo de la moqueta del suelo, ocultan la amplia ventana; el papel crema de las paredes, combinaba con el color sepia de los cuatro cuadros con dibujos de flores; el mármol de Carrara viste el vestíbulo de entrada y el amplio baño, al que se acede desde la pequeña salita con una mesa redonda y dos sillas a su alrededor que está situada en una esquina en la pared opuesta a la ventana, al lado de la cual hay dos butacones; a los pies de la amplia cama se halla una alargada mesa, sencilla, de la misma longitud; a su lado, treinta centímetros más alto, un rectilíneo mueble de 70 x 70 con un hueco de unos veinte centímetros en la parte superior, y una sola puerta negra, que oculta el mini-bar, reposa un televisor de 15” y una carpeta con la publicidad del hotel y de la ciudad.

Es una habitación amplia, de estilo clásico, refinado, con sus muebles de madera maciza y telas de calidad, nada que ver con las habitaciones de los hoteles que últimamente se han construido, todas ellas cubiertas de fibras sintéticas que acaban de salir al mercado consumista al amparo de lo más novedoso. La cama es de una sola pieza de dos por dos, a su lado, los dos amplios butacones están tapizados en los mismos tonos de color que el de los gruesos cortinones que cubren la pared en la que se sitúa el amplio ventanal. En el que está situado a su izquierda se halla depositada la ropa del huésped, perfectamente ordenada; a su lado en su esquina derecha, se encuentran unos zapatos blancos de tacón, perfectamente alineados. La mesa alargada, a los pies de la cama, que hace las veces de escritorio-aparador, presenta suaves líneas rectas, sobre él que se encuentran un ordenador portátil Apple, a medio cerrar, una carpeta de cuero con el sello del hotel, sobre la que hay un e-book de la marca Sony y un teléfono móvil de la misma marca. A su lado, un amplio bolso de Carolina Herrera de color rojo vino sobre un portafolio de cuadros marrón claro sobre un fondo blanco crema también de Carolina Herrera. Debajo de la mesa ligeramente apoyado en una de sus patas, se encuentra la funda negra del ordenador y una papelera vacía. Al comisario le llama la atención dónde y cómo está situada la ropa interior de la mujer, así como lo que parece ser su pijama. El sostén esta perfectamente colocado sobre el respaldo del sillón donde dormita su ropa, las bragas y su camisón están colocados de cualquier manera en uno de los brazos del otro sillón. También llama su atención la usencia de joyas.

De esos detalles tan simples, que para otros detectives pasan desapercibidos, el comisario Antón Freixa ha aprendido en sus ya casi veinte largos años de servicio en la Policía, que mirándolos pausadamente, con paciencia de monje, se puede obtener conveniente información. Por ello, Antón Freixa observa en un ceremonioso silencio, la escena del crimen que se le presenta ante él tras la leve cortina de humo que sale de su cigarrillo, que pende pasmado de la comisura de sus labios, el cual hace escasos minutos ha encendido para poder mitigar el mareante olor a cera y jazmín.

Esa primera impresión, no contaminada, de toda esa realidad-irrealidad que sus ojos están transmitiendo a su cerebro, de la distorsión de las imágenes, presentadas en unos segundos, que le proporciona esa primera mirada rápida inicial, le sirve para que luego él, en la soledad de su cubículo, encuentre los detalles ocultos a la vista que encierra una estancia que es la primera vez que ve. Antón siempre ha tenido ese don, lo que le ha servido para llegar hasta donde se encuentra, en cualquier sitio. En una sala de reuniones, en una oficina, en un restaurante, en una sala de necropsias, en una escena del crimen, le dedica unos escasos minutos a situar cada cosa en su sitio, en la platea del teatro de su memoria. Esa primera realidad le marca la distancia necesaria para afrontar la resolución del problema, al que tendrá que enfrentarse en los siguientes minutos, con la mayor objetividad.

Antón, después de ese minuto de situar cada cosa, llega a la altura de los pies de la amplia cama, se queda parado, inmóvil, paulatinamente sus ojos recorren con mirada telescópica todo lo que se despliega sobre ella, en ese recorrido sus ojos circunspectos se encuentran con el desnudo cuerpo inerte de la mujer. Se lleva la mano derecha a su rostro quitándose el pitillo de la boca, sin saber qué hacer con él.

Sobre la cabecera de la cama se dibuja una ordenada fila de quince cirios separados pero pegados, pues su cera derretida entre ellas ha formado una sola, de la que penden chorretes como si fuesen estalagmitas en el interior de una húmeda cueva. También hay velones, como los que suele haber en los altares de las iglesias, separados un palmo uno de otro en los laterales de la cama, sobre unos tacos cuadrados de madera. Alguno de ellos aún mantiene su pequeña llamita de color amarillento encendida. El pesado olor a cera derretida se entremezclaba con el fuerte olor a jazmín que desprende el cuerpo inerte sobre la cama.

Sobre los cortinones rojizos, que ocultan la luz que quiere penetrar por la ventana, hay sujetos con una chincheta de cabeza cóncava de color amarillento unos folios con la impresión del rostro y  el cuerpo de la mujer, que está desnuda sobre la cama, paseando por las calles de una ciudad, que le recuerda a Madrid, del brazo de un hombre o pegada a él, o sentados en la terraza de un restaurante, que el comisario reconoce en el primer golpe de vista. Sobre la cama se halla el cuerpo completamente desnudo de la mujer, que, según parece, es la señora Leticia Soto. La silueta de su cuerpo está marcada sobre la negra sábana con pétalos de rosas rojas, perfectamente colocados a su alrededor, tiene una media melena rubia que sale de debajo de la máscara que cubre su rostro, parecida o igual, a las que se usan en los carnavales de Venecia, blanca toda ella a excepción del contorno de sus ojos y los labios, que son de color negro. Alrededor de su cuello, un pañuelo de seda negro que le llega hasta sus antebrazos, que se hallan extendidos perpendiculares –en cruz– a su cuerpo, con las palmas de sus manos vueltas hacia arriba, con una rosa azul en la de su mano derecha y una rosa blanca en la de su mano izquierda. Todo ello milimétricamente ejecutado.

Clavada con cuatro ordenadas chinchetas sobre la cabecera de la cama, se aprecia una tela blanca de 1,50 x 1,50, en la que se halla dibujada la figura de un cuerpo vestido con una túnica negra que tiene como rostro la figura de una máscara con un gran pico de pájaro y un sombrero negro, de ala ancha, sobre su cabeza. A cada lado de la figura la palabra “WHY” escrita en mayúsculas y en rojo entre dos signos de interrogación. La puerta del baño está abierta, en el pedestal del lavabo hay cuatro grandes cirios rojos y, sobre el espejo, la misma palabra escrita entre interrogaciones que había sobre la cabecera.

El comisario va moviendo el cuerpo, sin moverse del vértice opuesto a la cabecera de la cama donde se había colocado al entrar en el poliedro de la habitación, como si fuese la aguja del segundero de un reglo, toda esta parafernalia aparece ante el frío y repelente estupor que se muestra en las líneas que se forman en el rostro de Antón, y que sus subordinados denotan certificándolo con su mirada vacía hacia el infinito del poliedro, como no queriendo dar crédito a lo que están viendo, lo que les deja perplejos y confusos, ya que no están acostumbrados al rictus que el rostro del comisario ha ido mostrando desde que ha entrado en la habitación. Una clara intuición de que aquello no le gusta nada, lo cual es sinónimo de noches sin dormir y largos días de oscuridad persiguiendo respuestas.

El comisario gira su cabeza hacia sus subordinados; Serrano y Zapico que le está mirándole desde el vestíbulo, no dicen nada, no hacen ningún gesto, solo esperan en silencio. Antón se gira por completo, con la mirada como perdida pasa entre ellos, los agarra por el antebrazo tirando de ellos hacia la salida de la habitación.

–¡Qué carajo es todo esto…, madre de Déu…! ¿Cómo?… ¿Quién?…

Todos guardan un silencio sepulcral, mientras Antón deja caer el cigarrillo ya apagado, en un acto reflejo, de su mano, llevándose ambas manos a la vez sobre su rostro y frotándose los ojos; se estremece mientras gira el cuello sobre sí mismo, intentando que esos movimientos le liberen de los fotogramas, que aún se mantiene en su mente, de lo que acaba de ver en el interior de la habitación 498. Mira sin ver, a Zapico y a la inspectora Serrano, medio confundido, algo aturdido por el aroma a cera y lirios que aún mantiene en la pituitaria de su nariz, mientras intenta en su conciencia encontrar las palabras que den forma a la primera decisión que debe tomar. En voz baja, comienza a interrogarlos con el entrecejo surcado por líneas pronunciadas, de inquietud, en su rostro.

–¿Quién más ha estado en la habitación y ha visto todo esto?

–El director del hotel –dice Zapico tomando la palabra– el jefe de seguridad, el inspector Pedrol, la inspectora Serrano y yo mismo… Bueno, y ahora usted, comisario.

–¿No ha entrado nadie más?, ¿nadie ha tocado nada?

–No señor.

–¿Está seguro, Zapico?

–Sí, todos nos hemos quedado bastante sorprendidos con lo que nos hemos encontrado…

–¿Está usted seguro Zapico? –Repite el Comisario.

–Si, comisario. –repite un nervioso sargento.

–¿Alguno a tocado algo?

–Bueno…

–Bueno, ¿que…?, ¡contesta!

–La inspectora, como he dicho antes, le ha quitado la máscara para comprobar de quién se trataba realmente.

–Pero… –se apresura a decir Serrano– la he dejado como la encontramos, señor. Lo que vimos…

–¿Están seguros de que nadie más lo ha visto? –dice Antón no dejando que Serrano terminase de hablar.

–Si, seguros…

–¿Quién dio el aviso? –pregunta mirando a la inspectora.

–El jefe de seguridad del hotel…, según tengo entendido, comisario –contesta.

–¿Quién cogió el aviso en la centralita de la comisaria?

–No sabría decirle, comisario –contesta Serrano.

–¡¿Cómo que no sabe?!… Averígüelo.

–Comisario, el sargento Zapico, aquí presente, llamó a la oficina y me lo pasó Castrourdiales.

–No llamaron a la centralita –se apresura a decir Zapico– Fue una llamada a mi número personal.

–¡Cómo…! ¿Qué dices?, ¿a tu numero personal?, ¿por qué carajo te llamaron a ti personalmente y no a la comisaria? –pregunta Antón, lanzándole una mirada de reproche al sargento.

–Déjame que le explique, comisario… –contesta Zapico.

–A ver, explícate… Explíquese de una vez… ¿Como no se utilizó el cauce reglamentario?…

–Verá, comisario, a eso de las once de esta mañana me llamó el jefe de seguridad del hotel a mi teléfono personal…

–¿Cómo es que el jefe de seguridad, te llama a tu teléfono personal? ¿Lo conoces?…, ¿de qué?…, ¿es acaso un antiguo policía?…, ¿de quién se trata?

–No, nada de ello, comisario…

–¿Entonces qué?

–Es mi cuñado –dice medio susurrando el sargento.

–¡Así que tu cuñado! Empezamos bien… ¿Qué te contó ese cuñado tuyo para que ahora nos encontremos aquí con este marronazo, Zapico?

–Si, mi cuñado… Yo también tengo cuñados, comisario…

–Todos tenemos cuñados toca pelotas, pero seguro…

–Si, pero algunos solo tenemos cuñados que trabajan de seguratas…, no cuñadísimos, como otros –contesta un indignado Zapico por el tono del Antón.

–Vamos, vamos, Zapico, no te pongas irónico, que nos conocemos, y no es el momento apropiado para la ironía.

–Como estaba diciendo, comisario, sobre las once me llama el jefe de seguridad para… –recalca Zapico mirando fijamente a Antón– … para comunicarme que era urgente que me acercase hasta el hotel, que había muerto una clienta. Le dije que ya sabía lo que tenía que hacer, que llamase a la centralita para informar y que yo llamaría al juzgado de guardia, que era la forma de hacer estas cosas, que yo no podía hacer nada, que ese era el reglamento. Él me contestó que creía que por esta vez no podía seguir el reglamento, prefería, que antes de llamar al 911, que yo lo viese primero debido a la naturaleza de lo ocurrido. Que, como un favor personal, me acercase a verlo y que luego harían lo que yo creyese conveniente. Yo insistí en que ese no era el procedimiento adecuado, que, si hacía lo que me estaba pidiendo, seguro que me metería en un lío gordo. Él insistió, diciéndome que el lio ya era mas que gordo, ya que la muerta era una persona conocida y que, si llamaba al 911, lo más seguro es que la prensa se enterase antes de que la policía llegase, y que se armaría la de Dios

–En eso tiene razón tu cuñado…

–Me contó de quién creía que se trataba por el registro del hotel. Que había entrado en la habitación y se encontró con… lo que hemos visto. Que no había tocado nada.

–Está bien, Zapico. Hizo lo que debía hacer, aunque no sea lo más correcto en estos casos. Y lo sabes.

–Si tú lo dices, Antón…, perdón, señor comisario.

–Zapico –dice Antón dándole una palmada en el hombro– viendo lo que aquí nos hemos encontrado…, trataremos de que no tengas problemas… De momento, será mejor que nadie sepa quién es tu cuñado ni que fue el que dio el aviso…, si preguntan, he sido yo quien os lo ha dicho. ¿Lo tenéis claro?

–Pero comisario…

–Ni peros, ni manzanos. Yo soy el responsable. Os remitís a mí. ¿Os queda claro?

–Gracias, comisario.

–Por lo visto, te convenció…, hiciste bien. Dejemos los agradecimientos para otro momento. Siga…, ¿Qué paso entonces?

–Mi cuñado, para terminar de convencerme, me paso al director del hotel, que me dijo lo mismo que me había dicho mi cuña… el jefe de seguridad, que sería mejor que me acercase, no como una obligación, sino más como un favor personal. Además, me dijo que, hasta que no viese lo que había sucedido en la habitación 498, no comentase nada del motivo de su llamada a nadie. Que le resultaba muy enojoso tener que hacer lo que estaba haciendo, solo se limitó a repetirme por encima, como me había dicho el jefe de seguridad, de qué se trataba, de quién creían que era el huésped de la habitación, pero prefirió no decirme con certeza si se trataba de la misma persona. Así que al final decidí acercarme a ver qué era lo que había sucedido. Más para aconsejar que por otro espurio motivo. La verdad es que yo pensé que se trataba del suicidio de la mujer de un famoso, le dije a la agente Novilla que me acompañase. Cuando llegamos, el director y el jefe de seguridad, me trajeron hasta la habitación donde nos hallamos en este momento. En ella me encontré lo que usted mismo acaba de ver…, tal cual…

Continuará…

@Pippo Bunorrotri


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