En el pueblo apenas quedaban una veintena de casas con luz, pues las demás estaban cerradas y llenas de telarañas. Pero en esa casa blanca de la esquina, a la seis de la mañana, ya se oía el cuchillo en la tabla.
Doña Carmen, Remedios y su hija Alba. Tres generaciones, un mismo delantal. Carmen tenía las manos de encina: duras, nudosas, pues habían arrancado tomates bajo el sol de agosto y habían cosido a mano el uniforme de todos los niños del pueblo.
Nunca aprendió a leer, pero sabia los refranes que curan. “Hija, la fuerza no es pegar fuerte. Es no soltar cuando ves que todo pesa”.
Remedios, su hija, fue la primera en ir a la universidad de aquel pueblo. Volvió con libros y con versos. Los vecinos decían “esa se volvió algo rara”. Ella solo sonreía y seguía plantando más jazmines en el patio. Se convirtió en la maestra del pueblo.
Escribía de noche, después de fregar y preparar las clases para el día siguiente. Su fuerza no hacía ruido. Era de las que se quedan cuando todos se van. De las que convierten el duelo en poema y el poema en pan.
Alba tenía dieciséis años y varias redes sociales. Se quería ir a la ciudad. “Aquí no hay futuro, abuela”. Una tarde Carmen la llevó al bancal para plantar los tomates. Cavaron juntas. Enterrando las manos en la tierra húmeda.
“Toca”, dijo Carmen. Esta es tu historia… Mira “Esto es tu bisabuela, y esta piedra, tu tatarabuela. Aquí estamos todas. No somos de aquí por casualidad, Alba, somos raíz.
Y la raíz no ata… sostiene”.
Alba un día tomó la maleta y se fue. Pero cada vez que el mundo le pesaba, esperaba los domingos para volver. Se sentaba en el poyete de la cocina, se ataba el delantal de su madre, y escribía en su móvil los versos que Remedios le susurraba mientras picaba cebolla.
No eran mujeres de titulares. Eran mujeres de cimientos. De las que sujetan la casa por dentro para que nadie note el temblor de fuera.
Tenían fuerza porque tenían raíces. Y tenían raíces porque ninguna soltó la mano de la otra.
Las mujeres con raíces no gritan para que las escuchen. Gritan para que las que vienen detrás no olviden de dónde nacen.
Yo he crecido sintiéndome afortunada por estar rodeada de mujeres que son encina y jazmín a la vez.
@Lola García Jaramillo
Junio 2026
@Imagen Pinterest
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