domingo, julio 19 2026

Superhéroe por Ricardo Mazzaccone

Un ofuscado y dolorido Abel, levantando la voz, dijo.

—Nos vamos hoy mismo en el tren de la medianoche, Leti. Lo aguardaremos escondidos detrás de la fila de árboles pues allí la locomotora desacelera. Nos subimos a uno de los vagones de carga y nos ocultamos bien. Guardá en una mochila lo que quieras, que yo haré lo mismo. Si se quieren enojar que lo hagan, no me importa.

La joven se abalanzó sobre la humanidad de Abel y lo colmó de besos y lágrimas.

Antes de las doce salieron sigilosamente de la casa de sus padres. Utilizaron la ventana del cuarto de Leticia. Caminaron con paso nervioso bajo la luz de las estrellas que mágicamente se alinearon para enseñarles el camino con la forma de farolillos ardientes. Los haces de luna se filtraban a través de las copas de los árboles para acariciar el noble campo y todo lo que había sobre él. El viento era suave y con su voz entonaba una dulce melodía.

Las vacas estaban echadas hacia su lado derecho para soñar, mientras los caballos dormían de pie, para imaginar las praderas infinitas, esas donde la libertad no es una utopía. Cuando llegaron a la arboleda se quedaron agachados, esperando a sentir la vibración en la vía. Faltaban pocos minutos para que pasara.

Cuando el tren estaba pasando, Leticia y Abel corrieron para subir a uno de los desvencijados vagones. Una vez arriba, gritaron de felicidad y buscaron un rincón donde esconderse que fue detrás de unas bolsas de semillas.

Allí se acomodaron y se miraron con cierta angustia. Las consecuencias que traería el escape no eran buenas pues sabían que su padre se enfadaría y conocían el dolor de su cinturón. También estaba la posibilidad de que fueran encontrados y llevados a la policía. Regresó el recuerdo del ancho cinturón. O que malvivientes subieran durante el viaje. Pero la decisión estaba tomada y aceptaban los riesgos.

Luego de un rato, Leticia se durmió en el hombro de Abel. Este, se quedó mirando hacia afuera, por las aberturas entre las maderas el paisaje colmado de sombras, fogatas perdidas, de estrellas cayendo, de olores a vidas muertas, de perfumes a nacimientos.

De pronto, un blanco aliento comenzó a soplar y una silenciosa niebla con forma de nube, comenzó a arrastrarse por la tierra. Poco a poco, los fantasmas corrieron a esconderse, lejos de allí. La nostalgia ganó su corazón y Abel lloró. Se negaba a creer que su superhéroe había muerto.

Un par de horas después, Leticia despertó y encontró a su hermano vencido por el sueño. Los nervios, el cansancio y el monótono trajinar del tren sobre las viejas vías hicieron su trabajo. De pronto, por las rendijas de las paredes del tren, la luz comenzó a asomar.

Pero el amanecer no era dulce. Las nubes negras, traídas por enojados vientos, habían poblado el cielo y la lluvia no tardó en caer. El paisaje era triste. Las vacas soportaban estoicas el agua que caía sobre sus lomos, las aves se refugiaban en los árboles y en los aleros de algunas casas. Los charcos de agua que se formaban provocaban la alegría de sapos y ranas.

Un fuerte relámpago despertó a Abel.

Los hermanos se encontraron con la mirada y se abrazaron. Luego sacaron de una bolsa, galletas dulces. Leticia había llenado la cantimplora con jugo de naranja. El frío del amanecer comenzaba a meterse en el vagón. Levantaron una pared hasta el techo con las bolsas de semillas y se abrigaron con todo lo que encontraron.

Se quedaron mirando cómo las gotas de lluvia estallaban sobre las hojas, salpicando a su alrededor sin hablar. El silencio los acariciaba.

Cerca del mediodía dejó de llover y de pronto, Abel gritó.

—¡Mirá, Leticia! La cúpula de la iglesia. Estamos llegando al pueblo. Vamos a prepararnos, para saltar antes de que se detenga en la estación. La joven sonrió nerviosa.

Los hermanos tomaron sus pertenencias, se cubrieron con lo que tenían a mano y aguardaron a que el tren aminorara la marcha.

Cuando estaban a un par de kilómetros de la estación, se arrojaron al costado de la vía.

Cayeron sobre la tierra mojada, algo que les atenuó el golpe.

—¿Estás bien Leticia?

—Me golpeé la rodilla, pero ya pasará. No te preocupes.

Los hermanos se ayudaron para caminar.

Al llegar a la estación, se lavaron en el baño y cambiaron sus ropas.

Salieron caminando y fueron directamente a la casa de sus abuelos que estaba a un kilómetro de allí. Hacía muchos años que no visitaban el pueblo y les agradó ver que nada había cambiado. Estaban los mismos negocios y los mismos dueños, siempre recostados sobre las puertas.

La plaza con sus juegos, la canchita de fútbol, el parque, las calles limpias, las veredas impecables. Cuando llegaron, se detuvieron pues vieron gente en la puerta de la casa, todos vestidos de negro.

—Llegamos Leti… Vamos que todavía lo están velando.

Lentamente se acercaron a la puerta.

Cuando los vio, la abuela Ángela corrió para abrazarlos.

Empapada en lágrimas no los soltó por largos minutos.

Cuando pudo hablar dijo.

—¿Quieren verlo? Miren que no es obligación.

Pero los hermanos si querían hacerlo.

Atravesaron el patio donde había mucha gente conversando y tomando café. En un rincón, sentadas en viejas sillas, había dos ancianas llorando casi a los gritos.Un macetero ocultaba a medias una pequeña botella. Abel sonrió.

Luego llegaron al viejo dormitorio donde yacía el abuelo.

Estaba dentro de un cajón lustroso, vestido con traje negro, camisa blanca y corbata a rayas. Estaba en silencio, quieto, con los ojos cerrados, durmiendo sin respirar. En sus manos tenía una foto color sepia, del día que se casó con la abuela.

Los hermanos se miraron. El lugar estaba en penumbras, oliendo a apestosas flores y perfumes arcaicos de algunas personas. La emoción surgió cuando se acercaron al féretro. Los hermanos, con los ojos húmedos, le acariciaron las manos frías y comenzaron a recordar de cuando les enseñó a montar a caballo, a ordeñar a las vacas, a recoger los huevos del gallinero, a plantar flores y plantas. Las noches a la luz de la luna, disfrutando de sus cuentos, con Sansón atento a lo que ocurría en los alrededores. Aquellas tardes, cuando los llevaba a pescar y no traían nada. Las refrescadas en el tanque australiano, entre risas.

También las tortas de la abuela, las milanesas, los ñoquis con albóndigas Y el recuerdo del día en que dejaron de verlo, debido a la pelea del abuelo Rogelio con su hijo Manuel, su papá.

Ninguno se perdonó. Los años pasaron y siguieron enemistados. Los jóvenes nunca entendieron los motivos y nadie jamás les explicó.

Fue Abel quien habló.

—Decían que eran cosas de adultos, abuela. Lo único que sé es que, por culpa de esa maldita pelea, perdimos momentos felices, risas, paseos, noches en vela, atardeceres en el río, puestas de sol, magia. Porque el abuelo nos regaló magia, nos llenó de ilusión la vida.

Era mi superhéroe, abuela.

—También el mío—dijo Leticia.

Se abrazaron los tres. El momento fue largo, conmovedor.

Ángela quiso cambiar aquella infinita tristeza por una alegría al menos. Fue entonces que abrazó a sus nietos y los condujo hacia la cocina. Allí les preparó algo de comer.

Al rato, estaban charlando y recordando gratos momentos. Aparecieron algunas sonrisas. En un momento, los hermanos sintieron que el abuelo estaba allí, con ellos, mirándolos con sus
ojos siempre alegres.

Mientras, la abuela miraba la silla vacía y sonreía.

—Quizás el abuelo está ahí—dijo Leticia.

Al mismo tiempo, en la habitación donde estaba Rogelio, Manuel, su hijo, lo miraba sin hablar. Sus ojos estaban húmedos, su alma rota.

@Richard


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