Tengo deshilado
el horizonte que me regalaste.
Las fronteras de ese futuro de colores
se han subido a la noria de los días,
giran para abrumarme de felicidad,
sobrealimentarme de ojos primaverales,
hacer crecer un par de centímetros mi locura,
y abrillantar con el índice
la cabellera vanidosa de mi noche.
Sí, he procurado recortar
los flecos de la blasfemia
para que el sol pudiera hacer turismo
por todas mis esquinas, olvidar las frustraciones
que cuelgan de la boca de las nubes,
invitar a la luna desenfocada al baile de fin de curso,
y preparar galletitas de buenas intenciones
para todos los espectros que se cuelan
por la techumbre de mis sueños.
He ordenado las sombras y he planchado cuidadosamente
los abrazos, así que todo está listo
para que se desmorone la ciudad sobre mi vientre,
y el río bambolee la colcha y su vaivén sea crujiente,
lunático, vicioso.
No taparé la grieta del techo. Sería absurdo
cortar el itinerario por donde paseo mis nombres.
Basta con girar la página y proclamar
un nuevo bautizo.
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