@Extra[Kafka]: Franz Kafka (1883-1924): El silencio de Dios

By Graciela Jatib y Jaime Nubiola

         El escritor checo Franz Kafka, ante la inminencia de su muerte, pidió a su amigo Max Brod: “Todo lo que deje atrás, debe ser quemado sin leer”. Su petición no fue escuchada y de esa desobediencia renacieron, salvadas del fuego, las páginas de este gran escritor de origen judío, que nació y vivió en la ciudad de Praga. A partir de sus escritos nos referimos a lo “kafkiano” como una forma particularmente angustiosa de estar en el mundo, que deja al hombre indefenso y expuesto ante una realidad que lo desborda.

         El legado literario de Kafka es difícil de desenmarañar puesto que abarca novelas inconclusas, muchos diarios, narraciones, aforismos y una abultadísima, casi interminable, correspondencia. Páginas apretujadas, repletas, con márgenes llenos, con letra agazapada, con borrones, que dan muestras de una escritura desesperada. Siempre tuvo grandes preocupaciones espirituales. Escribe en su Carta al padre: “Desde que sé pensar he tenido tan hondas preocupaciones relacionadas con la afirmación espiritual de la existencia que todo lo demás me era inútil”. El filósofo tucumano Samuel Schkolnick (1944-2010) dijo de Kafka que “había una persona en Praga que escribía como quien rezara”. Escribir exponiendo sus emociones y vivencias, fue una labor casi cotidiana en la que seguramente encontró un método para curar su alma, dolorida ante el espectáculo de un mundo deshumanizado: “El Bien es en cierto sentido desconsolador” (Reflexiones sobre el pecado, aforismo 30).

         Pensamos que la obra de Kafka muestra una profunda religiosidad, heredada probablemente del judaísmo: su madre Julie Löwy era nieta de un piadoso experto en el Talmud. Pero también hubo en Kafka un principio de acercamiento a la figura de Cristo. No puede dejarse de lado la devoción de Kafka por los escritos y sermones de Kierkegaard: “Se debe herir de muerte la esperanza terrena, pues solamente entonces nos salva la esperanza verdadera”. Precisamente, esta afinidad de Kafka con Kierkegaard lo convierte en una figura próxima al existencialismo cristiano de los años 30 del pasado siglo. De modo semejante, Kafka admiraba y leía continuamente a G. K. Chesterton (1874-1936), el famoso escritor inglés converso al catolicismo en 1922.

         Causan particular asombro algunos aforismos de Kafka escritos en la Navidad de 1916 y que fueron publicados bajo el título Reflexiones sobre el pecado. Escribe en el aforismo 13: «Un primer signo de un principio de conocimiento es el deseo de morir. Esta vida parece insoportable, otra vida, inalcanzable. Ya no se siente vergüenza por querer morir; uno pide que lo saquen de la antigua celda, que uno odia, y lo lleven a otra nueva, que ya se aprenderá a odiar. Un resto de fe contribuye al mismo tiempo a hacerle a uno creer que, durante el traslado, pasará el Señor casualmente por el pasillo, mirará al prisionero y dirá: “A ese no le volvéis a encerrar. Ese se viene conmigo”». Sin duda, se encuentra en estas palabras algún vestigio de la esperanza cristiana: “Venid a mí todos los que están cansados y agobiados que Yo los aliviaré” (Mt. 11, 28). En esa misma obra el aforismo 51 remite de manera ineludible a la encarnación de Dios: “Fue necesario que interviniera la serpiente: el Mal puede seducir al hombre, pero no hacerse hombre. No puede hacerse hombre como el bien, como Cristo, imagen visible del Dios invisible (cf. Col. 1,15).

         En las novelas de Kafka, cuya belleza literaria estremece, se ve a sus personajes deambulando por lugares en los que la lógica de lo cotidiano es permanentemente burlada por la incoherencia y el absurdo. Así se lee en El Proceso: “No había ninguna duda de que se había calumniado a Joseph K. porque sin que hubiera hecho nada malo fue detenido una mañana”. Más aún, “su proceso ya está en marcha”; el acusado Joseph K. vivirá sometido a los designios incomprensibles de la Ley, a expensas de un poder superior inaccesible, arrastrado por una culpa que no entiende. En el capítulo noveno producen desconcierto los elementos de la religión cristiana usados por Kafka y que parecieran dar el sentido final a la obra: una catedral, un sermón, un sacerdote que se refiere a “la letra de la escritura” mientras en la soledad del templo, desde su púlpito, relata la parábola de la puerta de la Ley que estaba destinada para K., pero que no podrá alcanzar: le ha sido arrebatada la salvación.

         De igual manera, en El Castillo —escrita en 1922, dos años antes de su muerte—, el agrimensor K, contratado para cumplir funciones en un castillo, nunca puede llegar a él, pero sí puede ver su resplandor desde la aldea donde permanece como huésped, como forastero que busca una posada, como peregrino que añora una morada definitiva. Camus escribió en El mito de Sísifo que esta obra era “una teología de la acción” o de “la aventura individual de un alma en busca de la gracia”, ya que “Kafka niega a su Dios la grandeza moral, la evidencia, la coherencia, pero es para arrojarse mejor en sus brazos”.

         En su «Introducción a Kafka» (1963) Rodolfo E. Modern destacó un pasaje importante del Diario de 1917 para entender la religiosidad de Kafka: «Nosotros estamos, vistos con el ojo manchado por lo terrenal, en la situación de los viajeros de un tren que se ha accidentado en un largo túnel, y precisamente en un lugar donde ya no se ve la luz de la entrada, mientras que la luz del final es tan débil que la mirada debe constantemente buscarla y la pierde de continuo, con lo que ni siquiera principio y fin son seguros. Alrededor de nosotros tenemos, sin embargo, en la confusión de los sentidos, o en la sensibilidad extrema de los sentidos, nada más que meros monstruos, y un juego caleidoscópico cansador o arrebatador, según el humor o sufrimiento individuales. ¿Qué debo hacer?, o ¿para qué debo hacerlo?, no son preguntas de estas regiones». Como escribe Charles Moeller, «Kafka da testimonio de una opción más fundamental, que domina todas las «conversiones» metafísicas y religiosas».

         Quizá para entender a Kafka debe darse vueltas alrededor de sus textos como los israelitas alrededor de las murallas de Jericó, esperando que el sentido se haga visible por sí mismo. Entre sus escritos, abarrotados de símbolos y metáforas, hay uno que puede arrojar una luz especial. Se trata de El Silencio de las Sirenas, texto breve en el que Kafka retoma el canto XII de la Odisea. Como se sabe, Ulises había sido ayudado por Circe para evitar que el canto de las sirenas le alejase de su rumbo y pereciera. En la versión kafkiana es Ulises quien se tapa los oídos con cera y así se libra de oír el canto de las sirenas, pero más importante aún, se libra también de oír su insoportable silencio: “Las sirenas poseen un arma mucho más valiosa que su canto: su silencio”. En este escrito, Kafka parece formular su dolor ante el silencio de una voz que añora: la voz de Dios. Como escribe en el aforismo 26: “Los refugios son numerosos, la salvación es una sola”.

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Publicado en la sección Cultura de la revista Palabra, Madrid, abril 2015, pp. 112-113.

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