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¿Por qué? by Awilda Castillo

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—¿Por qué no me contestas los mensajes? Preguntar eso es irónico, pero lo hago una y mil veces. La cabeza me pesa, mis ojos están pegados, el llanto silencioso en medio de la oscuridad de la noche ha sido camuflado, sin embargo mi expresión triste nada la puede ocultar.

Te escribo Tom, porque eres el hilo que me sostiene con vida en este precipicio, aunque entiendo también que tú mismo eres el abismo.

Te quiero y tú lo sabes, hasta los huesos, hasta donde duele y ya no hay retorno. Sin embargo, sigo aquí, entre los barrotes de un deber que me desgarra y que día a día me mata.

 

—Hola Nadia, me contestas como quien saluda a un público que nada tiene que ver contigo. He estado bastante ocupado, ya sabes preparando viaje para atender negocios fuera en los próximos días. ¿Cómo has estado?

Me pregunta: ¿cómo he estado? Y será que piensa que mi amor es un juego, un capricho de

niña chiflada que simplemente me dio ese día al verle tropezamos en el parque.

—Estoy bien. Pero mi voz para nada puede ocultar la incertidumbre que me embarga y el desasosiego que me supera. Vengo de una de esas noches en las que he tocado fondo

Miro el aro en mi dedo y siento que es como la soga al cuello en la mano del verdugo. Pasar una noche de esas en la que te hacen cumplir con un deber conyugal que es un castigo y que no quieres, es de las peores cosas que le pueden pasar a una mujer. Y a mí me pasa. Lo que hace aún más sórdido el asunto es tener que vivir ese mal rato y sentirte peor al saber que por quien suspiras, no te corresponde. Es como pagar una culpa, con el más desagradable dolor.

Vamos, que nadie casado sale un día a la calle y dice: ¡Buscaré a alguien con quien ligar y la otra parte de este matrimonio que se pudra!  No creo que se piense así; lo que sí sé, es que esas cosas suceden.

Cuando yo me topé con Tom hace dos años ya, venía de una noche similar a esta. Diego me obligo a estar con él, mientras el satisfacía sus instintos sexuales sin la menor preocupación de que a mí me gustara o no. Han sido 20 años de matrimonio en los que ha existido siempre la misma rutina. La mujer está para satisfacer al hombre. En la medida que he ido avanzando en años de casada, mi vida se ha vuelto más gris, he perdido las ganas de todo. Dejé el trabajo, porque a Diego le parecía más importante que atendiera a los niños y la casa que estar en la calle “haciendo nada” como bien lo decía. Yo, pensando en los chicos. Hoy, ya los dos están grandes, con sus vidas e intereses bien marcados y yo sigo aquí, presa entre las cadenas del deber. Olvidada quedó la mujer que tenía ganas de sacar otra especialización, de hacer planes de inversión para los de recursos medios, todo lo aprendido en la universidad y en el ejercicio financiero, fue castrado de alguna manera al convertirme en posesión de mi esposo. Esperar hasta los 26 años para casarme y que luego resultara todo de la manera que ha sido, es como irónico, pero es así.

—¡Nadia! Recoge mi traje azul marino de la tintorería, voy a usarlo mañana para una junta que tengo. Ahora es Diego quién replica y da una de sus órdenes.Es normal que me sienta como su “chica de servicio “porque eso he sido a lo largo de los años, la cual tiene todo en orden y abre las piernas cuando él lo desea, porque ni siquiera lo pide.

Encontrarme con Tom ese día, fue una circunstancia inesperada. Yo absorta en mis pensamientos, tropecé con el tirándole el café que tomaba sentado en el parque. El nunca transitaba por ese lugar, solo estaba haciendo tiempo mientras le hacían un servicio al aceite de su auto en un establecimiento a media cuadra.

El café se derramó, y como estaba caliente quemó una de mis manos, pero yo estaba tan perdida en mis pensamientos, que no reaccioné, hasta que él mismo me tomó por la mano.

—¡Señora, señora! ¿Qué le pasa? Se quemó ¿le duele? Yo simplemente le miraba. Siéntese aquí por favor. Sacó su pañuelo y secó mi mano y mientras lo hacía una lágrima se deslizó por mi mejilla.

—¿Le duele? Es que el café estaba muy caliente, por eso yo no me lo había tomado todavía.

—¿Le ocurre algo? ¿Puedo ayudarle?

Yo seguía sin hablar, y él sin saber porque de pronto dijo:

—La vida es complicada, pero es vida.

Yo le miré, y empecé a hablar mirando al cielo. Hablé de la carrera de las nubes, movidas por el viento, de los pájaros que trinaban sin esperar nada, de los árboles que bailaban al compás del viento.

—Usted habla como un exquisito libro de poesía.

Yo sonreí. De manera increíble, aquel extraño que tenía mi mano sujetada con un pañuelo, me dibujó una sonrisa en medio de mi sombrío día.

Pasamos dos horas en esa banca del parque. Nadie habló de su estado civil (casado el, casada yo). Por casualidades de la vida asistimos a la misma universidad, pero jamás nos vimos. Facultades distintas, luego comprendí, que eran también vidas distintas.

Me di cuenta que el tiempo pasaba. Las nubes se tornaron grises y de pronto algunas gotas comenzaron a caer. Yo me despedí casi corriendo y él decía que podía llevarme a casa. No acepté y seguí caminando muy rápido, con su pañuelo apretado en mi mano.

Avance una cuadra luego de la salida del parque y sentí un auto a mi lado, y una voz que decía:

—Sales corriendo y ni siquiera sé tú nombre. La barrera del usted había sido rota, luego de la primera hora de conversación.

Gire y lo vi. Solo alcancé a decir: —Nadia, me llamo Nadia.

–Sube, que te llevo.

Negué con la cabeza, pero el insistió. La lluvia fue más fuerte, así que subí.

A mis 45 años, subiendo al auto de un desconocido, empapada y con la mano vendada con su pañuelo. No era una escena que se me habría ocurrido nunca.

Él tendría mi misma edad o quizás menos. Se veía muy bien, creo que hasta ese momento no sabía que podía detallar a un hombre de esa forma.

Me llevo hasta la entrada de mi casa y yo baje. Él dijo algunas cosas sobre nuestro encuentro, yo preferí no atender a lo que decía, así que solo cerré la puerta del vehículo a mi espalda, volteé a verlo y dije: —Gracias.

A partir de allí nada fue igual, al menos no, dentro de mí.

Ese había sido un día miércoles, así que tomé como costumbre hacer el mismo recorrido hasta el parque, y como sorpresa me encontré con que Tom, había hecho lo mismo. Pásanos como dos meses, cada uno yendo a ese lugar los días miércoles en la mañana, sin proponerlo abiertamente, sin hacer la cita formal. Sin número telefónico, sin ningún otro tipo de contacto que ese momento ahí, en el parque.

Hubo un miércoles en el que no asistí, el día amaneció y yo solo quería lanzarme por la ventana, otra noche de las de Diego y casi que yo no podía más.

Un poco antes del medio día el auto de Tom se estacionaba en la acera del frente de mi casa. Salí a recibir un envío que llegaba para mi esposo y cuando el chico que trajo el sobre se fue, vi cómo él cruzaba la calle hasta llegar a mi jardín.

Di unos pasos al frente hasta verle de cerca.

—¿Por qué no has ido?¿Estás bien?

Por supuesto que no estaba bien, solo bastaba verme. Tenía ojeras pronunciadas y los ojos hinchados de llorar. No respondí nada y él se fue. A esto le sucedieron muchos miércoles. Intercambiamos números telefónicos y ambos ya sabíamos de nuestros estados civiles.

Nos fuimos acercando con el paso del tiempo, al punto de besarnos una vez, hace ya de eso como un año. Muchos mensajes, muchas miradas, mi ser no supo evitarlo y le amó.

Hoy comprendo que para él no fue lo mismo, simplemente he sido alguien agradable que ha abierto su corazón y le ha confiado su vida. Él tiene mis secretos, yo no le tengo a él.

Uno de estos días se topó con mi marido, ayudándole porque su auto se había quedado accidentado por una falla, y Tom casualmente estuvo allí. Así que los tuve a los dos sentados en el salón de mi casa. Uno, el que no soporto que me toque, y me toca; y el otro a quien quisiera tocar y me ignora.

Él ha resuelto todo con decir, que: “Todos pasamos por eso, que siempre habrá a quien queremos y no nos quiere y quien nos quiere y nosotros no queremos”.

Se ha distanciado. Quizás le resultó más agradable Diego que yo, ya no lo sé.

Lo que sí puedo sentir es que me hundo. Este sentimiento me está desgarrando y mis noches siguen siendo iguales o peores cada vez. A veces siento que la única solución sería un disparo en la sien, esa sería una forma de vivir aunque sea en la muerte y no se pasar los días en una vida sin vivir.

Tomo el arma de Diego, quizás alguna vez realmente sirva para algo, y solo dejo en mi nota de despedida, una reseña de la tristeza…

Voy en piloto automático,

Caída libre,

Sin alas

¿Subir hacia dónde?

Y lo peor,

¿Para qué?

 

Le he dado una patada

Al mundo,

Y al hacerlo

Fracturé mi pie,

Y duele,

Y esa es la menor

De mis fracturas,

La del corazón

Sangra sin derecho

A quirófano,

A transfusión o

Trasplante.

 

Las letras se resbalan

Y en ese deslizar

Me hieren,

Tienen filos

Que me cortan

Y agujas profundas

Que se clavan

Y a visitar la muerte,

Me llevan.

 

Tu recuerdo

Que juega a esfumarse

También duele,

Como duele

A las rosas,

Que le arranque

Sus pétalos

Hermosos,

Delicados y

Suaves.

 

El saber que no estás

Es también saber

Que se vuelve fría

La risa,

Que la herida

Se ensancha,

Que la palabra dicha

Fue simple mentira

De la que no se cumple

De esa,

Que si engaña.

 

Mi rostro entonces es

Un cuadro surrealista

Donde los dolores

Se mezclan

Con agua que no para,

La sombra lo mancha

Se arruga hasta el

Lienzo,

No hay nadie que

Lo entienda,

Aunque me mire.

 

Ahogar esta tristeza

¿Cómo se hace?

No alcanzaría el mar

Ella lo sobrepasa,

Lanzarla al vacío,

Para que ella se estrelle,

Imposible de hacerlo,

Ella aún es más grande

Y lo llena,

No me queda de otra,

Que llevarla

Conmigo,

Mientras tú ya no

Vengas

Y tan solo me olvides,

Será mi compañera.

 

Un disparo seco se oye, quizás sea el final de la tristeza.

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