
A través de un ventanal los veo cruzar la pista de aterrizaje: arrastran sus trolleys, mi madre se alisa varias veces el pelo con ese gesto nervioso tan suyo, mi padre tose y le da una vuelta más a la bufanda, los dos se protegen la cara de la ventisca que trae frío y lluvia en esta Semana Santa de una primavera gélida. Ya están aquí, por fin ellos han encontrado el momento de venir y yo me siento con fuerzas para mostrarles que estoy bien, que tengo trabajo, que no deben preocuparse por su hija.
Sus brazos abiertos desde lejos, sus sonrisas, sus ojos brillantes, me hacen olvidarme de las malas noches, del mal comer, del frío exterior e interior y me acurruco entre ambos, los tres llorando, riendo… En sus arrugas mojadas, como los surcos de una bajamar en la arena, reconozco mi país, mi ciudad, mi casa; sus besos ansiosos me devuelven todo el amor, tenaz y generoso, que me permitió crecer y allí, asida al olor añorado, me hundo en mi infancia. (“Ulises con alma ajena” página 113)

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