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PUB. LA OTRA VERSIÓN DE PINOCHO by María G. Vicent

Imagen tomada de Pinterest

Erase una vez un carpintero que vivía solo. Un día un compañero le dijo que estaba muy asustado porque cuando iba a trabajar una madera le había hablado y con lágrimas en los ojos (extraño porque las maderas no tienen ojos) le había pedido que, por favor, no la cortara en pequeños trozos. 

Geppeto, que así se llamaba el carpintero, pensó que aquel día su compañero se había pasado con el carajillo de la mañana, pero como era buena gente, le dijo que no se preocupara que se la regalara y que ya vería él de hacer algo útil con ella, eso sí, después de haberle prometido por activa y por pasiva que no le haría daño.

Sentado ya en su taller miraba aquel trozo con atención sin lograr ver lo que le había contado su amigo. Cogió un serrucho y procedió a hacerle un pequeño corte. Cual sería su sorpresa cuando oyó un quejido que procedía de la madera. Pegó un respingo y los ojos se le abrieron como platos.

Una voz suave e irritada le dijo:

—¿A ti te gustaría que te cortaran con un serrucho, so tonto?

Gepetto, después de conseguir que se le cerrara la boca, contestó:

—Pues no quiero engañarte. No me gustaría mucho, pero yo soy un ser humano y se supone que tú eres una madera, ¿o no?

—Tampoco yo voy a engañarte —contestó la voz —soy una madera sí, pero con algo de pretensiones. Es decir, que no me conformo con pasar a ser una cama, una silla o un mueble bar —y cambiando el tono a amigable, continuó —yo lo que deseo es que me conviertas en ser humano.

Geppeto se quedó muy sorprendido por este ruego, pero como ya hemos dicho que era buena gente y en el fondo se sentía bastante solo, accedió a confeccionar un muñeco a partir de aquella madera.

Se puso a ello durante todo el día y la noche y fabricó un bonito muñeco al que llamó Pinocho. 

Pero Pinocho no era feliz y cada día se separaba más de su padre, y se encerraba demasiado en si mismo, porque ¡ay!, aunque Pinocho hablaba, no dejaba de ser de madera y eso era un obstáculo para sus relaciones sociales. Sobre todo, porque tendría aproximadamente  dieciséis o diecisiete años y ya sabemos que a esa edad nos ponemos un poco tontitos siendo humanos, así que imaginaros si fuéramos de madera. De ligar nada y parece ser que a Pinocho eso le traía por la calle de la amargura. 

Una noche estaba Pinocho en la cama dándole vueltas a cómo se podía ligar a la más maciza de la clase, cuando de repente, la luz de la habitación empezó a encenderse y a apagarse. Se puso muy nervioso porque a los pies de su cama empezó a dibujarse una forma en principio difícil de definir, pero que poco a poco se dejó ver. Era una chica con el pelo azul.

—¡Anda! Si eres una chica ─dijo más tranquilo y pensando ─bueno, una chica no resulta peligrosa, mientras vaya sola y no con sus amigas.

─No amiguito, no soy una chica cualquiera ─dijo la aparición ─ no te confundas. Soy un hada que se ha vestido modernilla para no impresionarte.

 —Ah! —repuso Pinocho con toda naturalidad como si la aparición de hadas a los pies de la cama fuera algo que pasa cada día.

En vista de su poca locuacidad, el hada algo mosqueada e impaciente comentó:

— ¿Pero, cabeza de chorlito, no tienes interés en saber para qué estoy aquí?

—Bueno, sí, vale —repuso Pinocho sin demasiado entusiasmo.

El hada estuvo a punto de sacudirle en la cabeza con su varita, pero pensó que estaba allí para hacer una buena obra y se contuvo.

─Te he oído llorar por las noches deseando convertirte en humano y he decidido concederte ese deseo ─le dijo.

En este punto Pinocho parece que le prestaba más atención.

─Pero tendrá que ser una condición ─siguió el hada ─no podrás mentir, porque si lo haces la nariz te crecerá con cada nueva mentira.

Y diciendo esto el hada movió su varita sumió a Pinocho en un profundo sueño y desapareció.

Pinocho soñó que conocía a extraños personajes, un grillo, un gato y que un día nadando en el mar por salvar a su padre, Gepetto, que se ahogaba, se los tragó a los dos un tiburón. Cuando despertó notó que su cuerpo se había cubierto de una suave piel y al mirarse al espejo vio que una cara humana le contemplaba. Se sintió feliz. Y alegre le fue a enseñar a su padre la transformación. Geppeto bailaba de contento mirando a su hijo sin saber, porque Pinocho no se lo había dicho, la condición que le había puesto el hada.

Y como ya sabemos que en muchos casos la condición humana no es del todo fiable, Pinocho se olvidó de la promesa y una mentira por aquí, otra mentirijilla por allá hicieron que su apéndice nasal fuera creciendo y creciendo. Su padre, sin saber que había roto la promesa fue a muchos médicos intentando que curaran a su hijo de tan extraña enfermedad. Todos encogían los hombros y se lo quitaban de encima y padre e hijo cada día estaban más tristes. 

Su nariz se fue haciendo tan grande, que lo llamaron a un programa de televisión llamado “Lo nunca visto”. Allí lo vio un médico de estética muy famoso que se ofreció a operarle. Le recortaron la nariz y para aprovechar, le pusieron pómulos, le quitaron barbilla y le hicieron los ojos más grandes.

¡Vamos, que se convirtió en un chico guapísimo! A partir de ahí decidió no decir más mentiras. Se ligó a la más maciza de la clase y fue dejando corazones rotos a su paso.

Cuando llegó el verano le pidió a su padre ir de vacaciones a Ibiza y cuando tenía que regresar le envió una carta en la que decía que le habían contratado los de Loco- Mía y que se quedaba a vivir allí.

Un día le confesó a su padre la verdad y le dijo que no iba a volver a mentir. Geppeto se congratuló porque su hijo había aprendido la lección, pero allá en el fondo la idea de Pinocho era… “sí, sí, claro, no vaya a perder mi trabajo”

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