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El doscientos, punto de encuentro —05 y final By Paula Castillo Monreal 

–Mamá, que aquí no está el camarero ese que tú dices.

            –No, no. Ya he preguntado y no vuelve hasta el jueves.

            –No, tampoco saben nada de una maleta olvidada.

            Marta estaba desesperada, con todo lo que tenía que hacer, allí estaba a doscientos kilómetros de sus obligaciones, a la espera de encontrar una maleta que su madre había dejado olvidada en una gasolinera. ¿Cómo se puede dejar alguien olvidada una maleta en una gasolinera? No le pareció mal cuando su madre le comentó que se iba a pasar unos días lejos de su padre. De vez en cuando se necesita oxígeno y cuando se tiene un marido que no te deja respirar, la vida no debe de ser fácil. Desde que Marta se había independizado, su madre se había instalado en la tristeza, y esa decisión de marcharse por unos días, le había devuelto a Marta, la esperanza.  Pero volver sin la maleta el mismo día que se fue, es el colmo de la estupidez, pensó.

            –Mira mamá, esto es imposible. Ahora hay otra mujer que dice que quiere su sansonite. Que también se la dejó aquí.

            –Burdeos, sí. Y no deja de insistir que era sansonite. Igual que la tuya.

            –¿Que quieres que te la pase? ¡Cómo te la voy a pasar! La mujer no para de llorar y decir que en ella llevaba su vida entera.

            –Pero si tu vida también estaba en esa maleta, ¿por qué la dejaste?

            –¿Y por qué coño la quieres ahora?

            Allí estaban Marta y Adela a la espera de encontrar una maleta que salvase dos vidas: la de una mujer anulada por el marido inválido, y la de la madre enfrentada a la soledad y el pasar triste de los días. Se sentaron juntas a esperar.

            –Están llamando al camarero que tú dices, a ver si le encuentran y sabe algo.

            Cuando Marta se acercó a por dos cafés, otra mujer le contaba a la encargada que había dejado olvidada en el baño una maleta y que venía a recogerla.

            –Mamá, te aseguro que está dispuesta a todo si no encuentra su maleta. Tendrías que verla. Dice que entró al baño a cambiarse, y que por culpa de una llamada urgente se le olvidó. Que como Eva que se llama, no sale de allí sin sus cosas.

            Mientras terminaban el café, una mujer salió de los aseos enfundada en un vestido rojo de seda, que se alargaba por debajo de la rodilla hasta rozar casi las sandalias de tacón. Exhalaba felicidad, se había recogido el pelo en un moño, y la gabardina superpuesta sobre los hombros le caía ligeramente hacia atrás como si fuera un manto que le acompañaba en su movimiento. Pisaba tan fuerte que eran sus pasos lo único que se oía. Toc,toc,toc.

            Las tres mujeres pendientes de que les trajeran la maleta giraron la cabeza al unísono mientras Carmen abandonaba la cafetería envuelta en una brisa cálida. No dijeron nada. Volvieron a girar la cabeza en sentido contrario y se colocaron alrededor de la mesa.

            –¿Cómo quieren que hagamos ahora? –les dijo la encargada.

            –Pues la abrimos, y a ver de quién es, pero ya os digo que es de mi madre –amenazó Marta.

            –Abrámosla –respondió Eva, a la vez que Adela afirmaba con la cabeza.

            Un par de zapatillas, dos vaqueros, unas cuantas camisetas y un vestido de lana beige. Eso era todo.

            –No sé, mamá, las otras han salido corriendo detrás de una mujer que llevaba un vestido rojo y unas sandalias como las tuyas.

            –Está todo lo demás, sí. Se te había olvidado mencionarme el vestido de lana beige.

            –Ah, ¿No es tuyo? Entonces debe ser que te lo cambió la mujer que salió del baño con el tuyo rojo.

            Con gesto de cansancio y aturdimiento, Marta soltó el móvil encima de la mesa y pulsó el altavoz:

            –No te preocupes hija. Seguramente a ella le ayudará más que a mi.

4 respuestas »

  1. Las maletas, las cargas, los pesos… ¿qué dejar y qué llevase consigo? Y lo que se refunde en el camino o lo que otros se van llevando… ¡Muy buena la serie! La escritura fluye y es bella, las historias se entrelazan en el dolor cotidiano sin dramatismos de más. El final… ¡estupendo!

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