narrativa

El enterrador by Javier Caballero Bello

Nadie sabía cómo había llegado allí. Unos decían que era un pariente de la viuda; otros que si era un vagabundo que había dado lástima a la pobre vieja, Algún malpensado había insinuado que eran amantes.

El caso es que en aquel pueblo de la España despoblada, olvidado de Dios y lejos de todas partes, al poco tiempo de fallecer de forma repentina el enterrador titular del cementerio, había aparecido este sujeto; un personaje verdaderamente siniestro, con un aspecto desaliñado, alto y gordo, pero desproporcionado, unas piernas largas que terminaban en unos pies gigantescos y planos que daban a su aspecto unos andares de la caricatura de un pato, y que nacían en unas nalgas enormes, feminoides. Con un vientre voluminosos, flácido y colgante. El resto de su cuerpo podría pensarse que no se había desarrollado; sus hombros estrechos y sus brazos finos y apenas musculados no guardaban relación con el resto de su físico. Pero lo más llamativo era su cabeza; un cabezón de frente abombada y carita de niño, con unas barbas deshilachadas, largas pero escasas. Todo ello aparentaba un desarreglo hormonal o un problema glandular que había afectado a su desarrollo y crecimiento.

Desde luego no se podía decir que fuese atractivo. Era tirando a deforme. Pero lo más llamativo era su intelecto, o mejor dicho, su falta o limitación. La primera impresión es que era extranjero ya que no se le entendía cuando hablaba, bueno, en realidad solo emitía unos sonidos guturales que haciendo un esfuerzo podían pasar por sílabas o frases cortas de las que, a veces, se entendía una palabra y así se interpretaba lo que quería decir. Las pocas luces de su entendimiento alumbraban muy poco el resto de su cuerpo. Se comunicaba más por señas y gestos que por palabras.

Todo esto hacía que fuera imposible determinar su edad, podía tener unos cuarenta y tantos años, al igual que su procedencia o su ocupación. Lo más probable es que hubiese salido de algún psiquiátrico después de la reforma administrativa de los años 80 del siglo pasado de este tipo de establecimientos.

Pero daba igual, el caso es que la viuda se encargaba de su mantenimiento, y él le correspondía haciéndole compañía y ocupándose de los cuidados del camposanto y de la labor del enterrador, exactamente igual que el antiguo titular.

Dormía en un jergón colocada a la entrada del cobertizo; un sitio oscuro, lúgubre y sórdido, donde reinaba el más absoluto desorden. Allí era donde se guardaban los aperos del oficio, las palas, picos y carretillas, los utensilios de jardinería propios del cementerio, las herramientas de mantenimiento y un montón de trastos, sacos, ladrillos, maderas y trozos de ataúdes y lápidas que se almacenaban al final, en una especie de gruta donde se tiraban los despojos de los arreglos de los nichos y de las sepulturas. Un lugar de un aspecto horrendo y tétrico.

Nunca se le veía por el pueblo, huía de la gente como si temiese provocar sus burlas o su rechazo; era la viuda la que se ocupaba de recoger los encargos, de atender al público, de concertar los enterramientos con el cura y el ayuntamiento.

En este pueblo solo se enterraba; no se incineraba. Esas cosas tan modernas se hacían en la ciudad. Aquí a los muertos se les respetaba; se les trataba como Dios manda. Había una norma ancestral por la que se les dejaba un día sin enterrar y no se procedía hasta cumplidas las veinticuatro horas del fallecimiento y el cadáver permanecía en su casa o bien, en algunos casos, lo llevaban al cobertizo de las herramientas y lo depositaban en una especie de ara o mesa de piedra hasta que se cumplía el plazo contemplado por la ley.

El trabajo era escaso; de vez en cuando había un fallecimiento en el pueblo y entonces se realizaban las exequias funerarias; casi todo lo llevaba a cabo la funeraria local. Ellos se encargaban de contratar la lápida o nicho del cementerio con el ayuntamiento, servían de intermediarios con la familia del fallecido y les tramitaban toda la burocracia de la defunción como la inscripción en el registro, certificados; y otros los aspectos más funcionales como tipo de ataúd, cantidad de flores, dedicatoria de la banda de la corona, recordatorios del funeral, las esquelas en los periódicos o notificación  a través de la emisora de radio local.

El trabajo del cementerio se limitaba a cavar la fosa o preparar el nicho y, sobre todo, mantener el camposanto limpio, ordenado y preparado para las visitas. El trabajo casi había que inventárselo. Abonar los parterres de flores, podar los setos y los árboles, y limpiar la hojarasca. Antes del  día 1º de Noviembre había que remozar las paredes de los nichos, hacer los trabajos de albañilería para adecentar las tapias; eso era lo más importante y trabajoso.

Cada veinte años el ayuntamiento sacaba de los nichos y sepulturas los féretros que ya no tenían dueño o que las familias no reclamaban o finalizaba su alquiler o compra y entonces había que llevarlos a la fosa común. Y allí se metían los despojos, huesos pelados y blancos, jirones de ropas y sudarios que un día sirvieron de mortaja, restos de maderas podridas que antes eran soberbias cajas mortuorias. Todo esto ahora era … basura fúnebre que había que recolocar o destruir como se pudiese.

La última ocasión en que esto ocurrió ya se encontraba trabajando este sujeto sin nombre y fue curioso el interés que mostró por estos arreglos. Se le veía con una actividad frenética, transportaba los restos de féretros, ataúdes, trozos de lápidas y demás con el mayor cuidado. Lo apilaba y ordenaba; no tiraba nada, era como si todo tuviese cabida en algún lugar. Los restos de huesos los limpiaba antes de depositarlos en la fosa común, con un esmero como si fuesen adornos exóticos listos para colocar en un lugar del salón de una casa. Los despojos y restos de sudarios y mortajas los enterró en un hoyo profundo y allí los incineró. Incluso alguien dijo que se cogía la ropa de los muertos que estaba en buenas condiciones para su uso personal pero eso no se pudo probar nunca; si fue cierto que tras esa temporada lució varias prendas que no se había visto lucir anteriormente, como aquella chaqueta negra de terciopelo que le estaba tan pequeña o esos botines acharolados tan pasados de moda. Incluso una boina que estaba como nueva.

Nadie se fijó mucho en estas cosas ya que este hombre sin nombre pasaba totalmente desapercibido.

Con los restos que encontró se adecentó su cubículo. Hizo una especie de estantería con las maderas en mejor estado, y con unos ataúdes rotos se las compuso para hacer una especie de armario y algo parecido a una cama.

Pero si, esa temporada, disfrutó realmente de su trabajo. Ver con qué esmero trataba los restos funerarios era digno de admiración. Había encontrado un cráneo con la calavera completa y la limpió, y lavó con todo el esmero. Incluso la barnizó y la pulió varias veces y la colocó en un lugar predominante de su estancia.

En su escaso entendimiento trataba de hacer de ese lóbrego lugar un sitio mínimamente confortable y utilizaba lo que tenía a su alrededor

A veces conseguía una foto del muerto y eso era ya lo máximo. Había hecho un pequeño álbum con ellas y lo tenía escondido como si se tratase de un preciado tesoro.

Nadie en el pueblo se había percatado del sin nombre, de esta persona extraña, rara, excéntrica y anormal. Nadie tenía conocimiento de sus manías ni rarezas. Pasaba completamente desapercibido, como si no existiese. Tal vez si se le hubiese tenido más en cuenta o prestado más atención, no se habrían producido los hechos que se narran a continuación y que desgraciadamente salieron en todos los periódicos y pusieron a este pueblo en boca de toda la opinión pública española de aquella época.

Todo empezó cuando se dejó de ver a la viuda. Al principio no llamó la atención; el sin nombre seguía haciendo la compra habitual. Como no tenían la lista de las necesidades de la viuda, le ponían lo habitual, y al ser una persona de confianza tampoco les preocupaba que no lo pagase en el momento; ella tenía cuenta en la tienda de ultramarinos del pueblo y no era raro que lo pagase todo junto a final de mes. Además, las preguntas que hacían al sin nombre no tenían ninguna respuesta, o mejor dicho, sus sílabas y sonidos guturales se acomodaban a cualquier pregunta.

Como la última vez que el dueño del colmado preguntó:

  • ¿Cómo esta la señora?
  • Ummmh arg, erggg y buenm
  • ¿Esta enferma? Si necesita algo, nos lo dices.
  • Urrrg. Siuu.

Pero al poco tiempo todo se complicó con aquel accidente de tráfico. Un fin de semana un grupo de jóvenes al volver de madrugada se salieron de la carretera y hubo varios afectados leves y una chica joven falleció en el acto con el cuello roto, una tremenda mala suerte, no tenía ningún rasguño pero el destino quiso que se rompiera las cervicales y muriese en el acto. Se trataba de una joven en la flor de la vida, poco más que adolescente.

El accidente había ocurrido a las afueras del pueblo, justo a pocos metros de la puerta del cementerio; con el jaleo de los heridos se decidió dejar a la joven fallecida en el cobertizo del campo santo a la espera de la autopsia mientras los servicios de urgencia atendían a los heridos leves.

Era un fin de semana en la mitad del verano, y ya se sabe, los trámites burocráticos del Juzgado se dilataron un poco más de lo normal. Total, no pasaba nada, el cuerpo estaba a recaudo del ayuntamiento en el cementerio y los heridos ya habían sido atendidos de contusiones leves. El coche se había salido de la carretera, posiblemente, debido a un descuido del conductor y no había indicios de delito. Un accidente sin más.

Depositaron el cadáver de la joven sobre la losa del cobertizo y la cubrieron con una sábana protectora y allí la dejaron.

El sin nombre se quedó al cuidado de ella. Comprendió en su escaso talento que ese era el cometido más importante de su vida, le habían encargado velar por ese cuerpo y lo haría. En seguida se puso manos a la obra; lo desnudó y lavó. Peinó sus cabellos de la mejor forma que supo y los recogió de forma burda en una especie de moño.  Limpió los alrededores y colocó flores; en realidad puso todas las flores del cementerio alrededor del cuerpo. Y no se movió de su lado.

Cuando fueron del Juzgado a hacerse cargo del cadáver enseguida vieron algo raro. Nadie contestaba al llamado del teléfono de la casa, ni al timbre de la puerta. No había nadie en esa casa. Además un fuerte olor impregnaba toda la zona. No era raro que un cementerio tuviese un olor tan penetrante, pero en una casa era algo chocante aunque estuviese tan próxima.
Llamaron a voces al sin nombre; se acercaron al cobertizo y estaba cerrado. Lo más extraño es que nadie contestaba.

Finalmente el juez ordenó la apertura de la puerta de la casa y de pronto tuvieron una visión real de lo que ocurría en su interior.

El olor se debía a la descomposición de un cadáver. La viuda se encontraba acostada en su cama, la ropa perfectamente estirada demostraba que la habían dejado con todo esmero, incluso con mimo. Llevaba puesto su mejor vestido, el pelo recogido y las manos cruzadas sobre el pecho sujetando el rosario con el que iba a la iglesia. Llevaba puestos los zapados de los domingos, pulcramente limpios y brillantes; denotando la esmerada puesta en escena; y un candelabro con una vela agotada y derretida en la mesilla de noche y unas flores secas y marchitas a los pies de la fallecida daban idea del improvisado velatorio.

Por el hedor, el estado de descomposición y los gusanos que tenía el cuerpo debía llevar, al menos, dos meses muerta.

Buscaron al sin nombre por todas partes, por los alrededores del cementerio, por las afueras, en los campos circundantes. El pueblo era pequeño y no tardaron en recorrerlo. Los dos vehículos de la Guardia Civil recorrieron todo el perímetro sin ningún resultado.

Volvieron al cementerio e inmediatamente se dirigieron al cobertizo buscando alguna explicación del porqué la viuda estaba muerta y nadie había comunicado su fallecimiento; y, sobre, todo buscando a ese ser tan extraño al que daba cobijo.

Forzaron la puerta del cobertizo y no se lo podían creer. Vieron el culto a la muerte que tenía ese ser; los adornos a base de los despojos de los muertos. Las paredes forradas de esquelas, cintas de coronas de flores. Vieron el álbum de fotos y los huesos limpios y barnizados como si fueran piezas de cerámica, El ataúd convertido en armario y el camastro hecho con restos de cajas fúnebres.

Las paredes adornadas con cartones sobre los que había pegado las esquelas funerarias o bien pegaba las cintas de colores de las coronas de flores con esas frases para el recuerdo: “Tu familia no te olvida”. “Tus hermanos y sobrinos vivirán con tu recuerdo”. “Que la paz te envuelva siempre”. Y otras muchas a cual más original o tétrica.

También había otra pared forrada con las esquelas recortadas de los periódicos viejos o los recordatorios de la iglesia tras el funeral. Con todo cuidado estaban pegadas en las paredes del cobertizo dispuestas igual que cuando los chicos coleccionaban cromos, ordenadas por tamaño, por orden alfabético o por el tipo y forma de cruz que figuraba en el encabezamiento.

En un silencio sepulcral, y nunca mejor dicho, fueron avanzando por esa estancia de los horrores pensando que ya no les queda nada por descubrir, hasta que llegaron al fondo, donde se encontraba la piedra donde depositaban a los muertos recientes en espera de su enterramiento. Y allí estaba. Desnudo, abrazado al cuerpo también desnudo de la joven accidentada; como dos amantes después de una noche de sexo y amor. Alegre y contento, besando sus labios entreabiertos y lívidos, y acariciando la morbidez de su cuerpo; como un recién casado necrofílico en su noche de bodas.

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