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ANÉCDOTAS HISTÓRICAS DEL CONDE DE ROMANONES

Reportaje de Julio Merino, publicado en «El cierre digital» el 23 de enero del 2022

http://www.elcierredigital.com

Cuentan del Conde de Romanones…

Don Álvaro Figueroa y Torres, Conde de Romanones, lo fue todo en la política española: Alcalde de Madrid, Ministro de casi todos los Ministerios y 5 veces Presidente del Gobierno… y sobre todo Diputado a Cortes, siempre por Guadalajara, de 1886-1923 y de 1931-1936.

Pero,  en el momento de máximo prestigio y poder a don Álvaro se le ocurrió (para cubrir su inmensa vanidad) ser Miembro de la Real Academia de la Lengua, a pesar de que a penas se había escrito nada y una vez que lo solicitó no tuvo más remedio que ir hablando uno a uno con los Académicos pidiéndoles su voto, pues eran ellos lo que tenían que decidir… y curios fue que siendo como era en ese momento Presidente del Gobierno ninguno de ellos le negara su voto y sabedor de que ya era Miembro de la Academia se quedó tranquilo y casi se olvidó del asunto. Sin embargo, el día de las votaciones y cuando creyó que lo tenía todo asegurado. Había dejado de ser Presidente del Gobierno y era ya simplemente uno de los Jefes de la Oposición y sucedió.

“Su ingreso en la Real Academia -escribe un cronista- se decidió una tarde mientras él asistía en el Congreso a un debate rutinario, al que no debió prestar mucha atención, pendiente como estaba, con el alma en vilo, de los académicos. Pero antes de que acabara la sesión parlamentaria, se le acercó un ujier con el rostro cariacontecido:

  • —¿Qué ha pasado?, le preguntó.
  • —Señor conde, no ha tenido usted ni un solo voto.

Fue entonces cuando el político se atusó los bigotes y acordándose, supongo, de las madres de todos los académicos, pronunció aquello de:

  • —¡Joder, qué tropa…! 

Otra anécdota famosa fue la que vivió en su etapa de abogado:

“Como jurista, Figueroa se había licenciado en Derecho en la antigua Universidad Central (antecedente de la actual Complutense) y obtuvo el doctorado en Bolonia (Italia) antes de regresar a España para colegiarse como abogado en la capital donde, al poco tiempo ya había logrado –como él mismo reconoció en sus Memorias– una clientela numerosa, pero poco lucida defendiendo a toda clase de procesados: por robo, violación, estafa, adulterio, homicidio, asesinato (…) delitos de imprenta (…) y sólo dos causas de notoriedad. Una de ellas fue la defensa del francés Hillairaud por intentar matar al mariscal Bazaine en Metz [Romanones alegó la eximente de locura el estado de los espíritus en Francia; pero, finalmente, el acusado fue condenado a cumplir 9 años de reclusión en el presido de Cartagena (Murcia)]; y la otra causa perdida de antemano fue uno de los procesos más mediáticos de finales del siglo XIX: el llamado Crimen de la Guindalera, de 1886:

En este barrio del extrarradio de Madrid, el desdichado Vicente Camarasa degolló con una faca (cuchillo curvo muy habitual en aquel tiempo) a Felipe Iglesias, marido de Federica Pozuelo, por sugestión de ella y de su amante, Pedro Cantalejo, a cambio de pagarle un precio de siete pesetas. Los esfuerzos de la defensa resultaron inútiles y los tres acusados fueron condenados a muerte: ellos por asesinato y la mujer por parricida; llevándose a cabo la ejecución el 11 de abril de 1888 en lo que debió ser todo un acontecimiento social porque aquel ajusticiamiento también sirvió para estrenar el patíbulo de la nueva cárcel Modelo. El joven Pío Baroja, que entonces estudiaba Medicina en Madrid, presenció la pena capital y, como era tan aficionado a los personajes desdichados, con el tiempo llegaría a describir aquella ejecución en sus obras.

-**

Coincidiendo con aquellos fracasos en los tribunales, Figueroa logró el acta de diputado por Guadalajara y decidió abandonar el ejercicio de la abogacía porque aquellas sentencias aumentaron su desamor por la profesión “amenguando” su fe en la justicia humana. Pero la vida da muchas vueltas.

Sucedió que el Conde de Romanones no había podido cobrar ningún honorario por la defensa de Camarasa y que éste, antes de ser ahorcado, le confesó que una de sus mayores contrariedades era, precisamente, irse a la tumba sin haberle podido pagar aquella deuda. Años más tarde, cuando el aristócrata ya era alcalde de Madrid, ordenó llevar a cabo una monda en el cementerio municipal del Este. Esta operación consistía en exhumar los restos humanos de las sepulturas que no fueran perpetuas para recoger los huesos y depositarlos en una fosa común. El conserje del cementerio, al que Figueroa había colocado en aquel puesto, se presentó un día en su despacho del Ayuntamiento lleno de satisfacción, para entregarle una pieza de cinco pesetas, muy ennegrecida, casi de color del azabache, diciéndole: He aquí el importe de una minuta que usted nunca pensaría cobrar. Romanones cogió la moneda y, al preguntarle que quién era el cliente, le respondió que al hacer la monda del cadáver de Camarasa, aquel duro se había caído de la faja que vestía el muerto.

Aunque no creía en amuletos, Romanones guardó en su bolsillo ese que fue tan difícil de obtener y lo llevó consigo durante mucho tiempocoincidiendo con años de gran suerte, hasta que, del uso, la moneda recuperó su color e inadvertidamente se la dio a alguien, mezclada con otras.”

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