joyas para leer

ORÍGENES: En blanco y negro by Beatriz Berrocal

Siempre me gustó ver las fotos —la mayoría en blanco y negro— que mi madre guardó durante años en aquella lata de ColaCao, hasta que llegaron los álbumes y desapareció la magia, porque no era ni parecido irlas sacando de la lata a su libre albedrío que verlas todas ordenadas tras el celofán transparente que las enjaulaba sin posibilidad alguna de cambiar de sitio.

            A fuerza de contemplarlas una y otra vez ya las reconocía todas aunque no tuviesen fecha ni nombre alguno. Era una época en la que me parecía que todo lo interesante había ocurrido antes de nacer yo: la boda de mis abuelos —ella vestida de negro riguroso y con cara de pena—, la de cuando mi tío estaba en “la mili”, la de la primera comunión de mi madre, con sus bucles rubios bajo la toca blanca y lisa, las de la boda de mis padres… Estaba también la de un bebé que se había muerto, me impresionaba mucho y eso que la imagen era de cuando estaba vivo, que luego he sabido de la costumbre que hubo durante cierto tiempo de fotografiar a los niños muertos.

 En algunas aparecía yo: de recién nacida, como una “pepona” de boca diminuta; dando mis primeros pasos; posando con algunas de mis primeras amigas; en el bautizo de mi hermano… Verme en ellas me producía una cierta tranquilidad porque al fin aparecía en el mundo, y, aunque no recordaba aquellos momentos, de tanto sacarlas de su lata y escuchar las referencias de mi madre que las situaba en el espacio y en el tiempo, tenía la sensación de haberlos vivido. Hoy las miro con nostalgia, con la sensación esa de quién pudiera volver, y con la tentación de hablar a aquella pequeña y redirigir sus pasos para evitar errores, caminos equivocados, decisiones incorrectas… Pero luego, pienso que, precisamente, ese es el origen de lo que ahora soy: los pasos que he ido dando jalonados de fallos y aciertos, de subidas y bajadas, de personas que han tenido repercusión positiva o negativa en mi vida, y que si cambiase algo, el resultado sería diferente, no sé si mejor o peor, pero seguro que distinto.

            Creo que entonces, mientras miraba las fotos, aunque sin saberlo, ya escribía. No lo plasmaba en un papel, ni siquiera era consciente de que todo aquello se iba “grabando” en ese disco duro que es nuestro cerebro y que los niños tienen con todos los gigas del mundo libres para su uso, pero formar recuerdos es una manera de escribir para tirar de ellos en un futuro que desconocemos.

            Todo lo que escribo en la actualidad lleva, de una manera u otra, algo de mí entre sus líneas, algo de lo que soy y de lo que fui. Es inevitable, no es que lo haga de manera intencionada, pero cuando corrijo lo escrito me reconozco en algunos detalles, sé de dónde viene esa expresión de Muna, esa forma de actuar de los abuelos de Tristán Saldaña, que son los míos; esa inseguridad de Helena, que me resulta tan familiar, esa forma en la que “Vallinclán” llama a Telmo “preciosón”, que es como me llamaba mi abuelo, o la localización de Irene y Goyito en el pueblo de mis hijos… En cada rincón está lo que fui, en cada línea va parte de lo que soy.

            Creo que por eso doy tanta importancia a los momentos que comparto con mi familia, porque sé que lo que vivimos ahora formará parte de su pasado, de sus recuerdos más añorados, que todo influirá en su manera de ser, de ver la vida, de afrontar las curvas que vayan encontrando en su camino, que este presente será parte de sus orígenes.

            Y si lo vivido influye en la escritura, sé que también la escritura en sí misma, al cabo del tiempo, va influyendo en la persona. No tengo duda de que no soy la misma que empezó hace años con aquellos primeros relatos, no solo porque el tiempo que pasa deja madurez, aprendizaje, lecturas, sueños rotos y sueños logrados, sino porque, a fuerza de escribir, he ganado paciencia, capacidad para  marcarme metas reales o no marcarme ninguna si no me apetece, realismo, verdad, humildad para saber lo que puedo dar, para valorar lo que hago, para admirar a otros y otras que lo hacen mucho mejor que yo y saberlo reconocer sin que mi orgullo se sienta herido. He aprendido a renegar ante injusticias, a distinguir justicias, y a conocerme mejor, a no engañarme, a no comprometerme con lo que no voy a hacer y a cumplir aquello con lo que me he comprometido.

            La escritura (y los años) han modelado la calma que ahora me acompaña, la forma de comprender la relatividad de todo, la manera de priorizar.

            Sé cuáles fueron mis orígenes, como persona y como autora, pero tal vez, el origen vaya evolucionando con nosotros.

¿Y si el presente fuese el origen de futuras historias?

Solo hay una manera de saberlo y me encanta: seguir viviendo y seguir escribiendo.


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