jueves, septiembre 3 2026

Hembra— By Aldana Muñoz

Las cosas que irritaban son las son las que hoy me hacen sonreír. La mirada del hombre cotidiano. Quiero creer que, muchas veces, los más inteligentes de entre ellos entrevén nuestra superioridad; y entonces sonríen superiormente para ocultar que la entrevén. Pero esa superioridad nuestra no consiste en aquello que tantos soñadores han considerado como la superioridad propia. El soñador no es superior al hombre activo porque el sueño sea superior a la realidad. La superioridad del soñador consiste en que soñar es mucho más práctico que vivir, y en que el soñador extrae de la vida un placer mucho más vasto y mucho más variado que el hombre de acción. En mejores y más directas palabras, el soñador es quien es el hombre de acción.

Siendo la vida esencialmente un estado mental, y todo cuanto hacemos o pensamos, válido para nosotros en la proporción en que lo pensamos válido, depende de nosotros la valorización. El soñador es un emisor y los billetes que emite circulan por la ciudad de su espíritu del mismo modo que los de la realidad. ¿Qué me importa que el papel moneda de mi alma no sea nunca convertible en oro, si no hay oro nunca en la alquimia ficticia de la vida?

Después de todos nosotros viene el diluvio, pero es sólo después de todos nosotros. Mejores, y más felices, los que, reconociendo la ficción de todo, hacen la novela antes que les sea hecha, y, como Maquiavelo, visten los trajes de la corte para escribir bien en secreto.


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