Hubo un tiempo en que las ciudades eran diversas. Por las calles de algunas de ellas circulaba una masa de gentes de diferentes colores, comunicándose en diferentes idiomas. Pero llegó un día en que, con el cambio climático, la tierra se fue acercando cada vez más al sol y su luz se volvió tan poderosa que ningún producto pudo evitar que dañara nuestra piel. Ésta se oscurecía en cuestión de minutos, las fosas nasales se fueron abriendo cada vez más para permitir que una mayor cantidad de aire llegara a los pulmones y los mechones de cabello, medio chamuscado, se iban ensortijando, formando una especie de espirales. Todos los hombres y mujeres fueron asemejándose entre sí, algunas razas empezaban a desaparecer, de modo que ciertos gobernantes adoptaron medidas drásticas para evitarlo. No podían tolerar que los rostros no mostraran el color de sus antepasados, que la blancura protegida con tanto celo antaño desapareciera de la faz del ser humano.
Una mañana del mes posterior a las nieves, los altavoces nos comunicaron que a partir del día siguiente quedaba prohibido salir a la calle. Sólo se podría acudir a conseguir suministros esenciales para la supervivencia a alguna de las pocas tiendas abiertas al efecto a partir de las doce y durante una hora, tapados de la cabeza a los pies, dejando únicamente los ojos al descubierto. Cualquier individuo que incumpliera las normas sería arrestado y enviado a prisión de por vida y, en el caso de cualquier contacto físico, con fines reproductivos o no, la pena podría ser de muerte.
Nos resistimos a aceptar que nos encerraran, salimos de nuestras casas a pesar de todo, nos tocamos, nos besamos, copulamos como salvajes en la calle, en los parques, en el bosque, en cualquier espacio al aire libre, a la vista, como muestra de rebeldía ante la sinrazón. Pero el precio de estas protestas fue muy alto, muchos perecieron por defender una libertad que se fue apagando lentamente, así que al final, no nos quedó más remedio que plegarnos a la autoridad y encerrarnos en nuestras casas, con la única compañía de nuestras familias y la cercanía de algunos vecinos.
Dicho confinamiento, capricho de nuestros dirigentes, nos trajo muchos problemas. La ausencia de luz natural y de aire, no podíamos ni siquiera asomarnos a las ventanas, que debían estar siempre cerradas, nos ocasionó serios problemas de salud como la caída de la dentadura y el cabello por falta de vitamina D y problemas digestivos derivados de la imposibilidad de masticar ciertos alimentos. Hoy ya no existe la diversidad de lenguas, muchas se extinguieron por la falta de hablantes y la ausencia de intercambio cultural; los profesores de idiomas perdieron su trabajo porque ya no eran necesarios. La raza única se impuso en todo el planeta, ya nadie se mezclaba con nadie y la palabra mestizaje desapareció de los diccionarios.
Pero unos pocos consiguieron escapar de la Unificación y se refugiaron en lugares seguros. Nuestra pequeña comunidad es el último reducto de libertad, somos descendientes de los rebeldes que huyeron del Supremo Mando Único y se refugiaron en cavernas recónditas del norte; vivimos desde hace años en estas tierras heladas, en huída permanente, en vigilancia constante para que no nos encuentren, a la espera de que la tierra vuelva a su lugar.
El Ministerio de la Comunicación se preocupa de proteger los restos de las lenguas habladas antaño, guardados celosamente en bibliotecas de hielo e intenta resucitar su uso antes de que los últimos que las recuerdan se vayan para siempre. Fomentamos el intercambio de fluidos en la comunidad, celebrando una vez al mes el Día de la Oración Copulativa, para que por nuestras calles vuelvan a circular hermosos mulatos con pupilas verde esmeralda y pálidas muchachas de mirada inmensa y pelo lacio.
Quién sabe si algún día los ojos rasgados de mi hijo, heredados de su padre, verán más allá de la oscuridad de estas cuevas.
¿Y yo? Bueno, a mí ya se me pasó el arroz, empleando una expresión arcaica. ¡Qué carajo! ¡Yo siempre quise ser negra!
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