domingo, abril 5 2026

LA LUZ Y EL AZAR by Esther Bajo

Antes de que termine el año querría hacer mi particular y humilde homenaje a uno de mis escritores favoritos, que no verá ya un año más, Milan Kundera. La insoportable levedad del ser fue uno de los libros más reveladores e inspiradores que he leído pero, después de él, creo haber devorado toda o casi toda su bibliografía, siempre con enorme placer. Aunque he leído que él no se consideraba ni quería considerarse un intelectual, no cabe duda de que su intelecto es enormemente iluminador, como lo es su filosofía basada en la bondad, el amor y el humor. “No otra cosa que el amor puede reflejar la bondad del hombre en su pureza más radiante”, escribió en La inmortalidad. Hay libros, como La lentitud que me he leído tan despacio, repitiendo párrafos y prolongando frases, que me he preguntado si es un logro del autor o un tic inconsciente de la lectora. Y en todos he subrayado montones de reflexiones, como la de “la humanidad es la madre de todas las bromas” (en La broma), “La vida es un boceto que no tiene tiempo para la perfección” (La inmortalidad) o “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido” (Los libros de la risa y el olvido).

Pero hablando de citas y dado que poco puedo yo aportar a lo muchísimo que se ha escrito sobre este novelista que está, sin duda, en la pléyade de la literatura contemporánea, pido disculpas por convertir mi semblanza en una anécdota personal.

Siempre –he de declarar en primer lugar- me han fascinado las casualidades y quizá por ello, he sido protagonista o testigo de muchas. Me interesa–como a tantos- el tema del azar y su relación con la sincronicidad y la serendipia. No tengo, no obstante, los conocimientos suficientes como para contar con una teoría al respecto: no sé si, como decía Hipócrates, todos los sucesos están ligados por afinidades ocultas; si hay un orden en la naturaleza que no alcanzamos a entender por su extrema complejidad, o si, como dice el propio Kundera, “La vida es como una novela. Está llena de suspense y éste termina en el momento de la muerte” (La inmortalidad). En todo caso, y puesta a apostar sobre seguro, me uno a Albert Einstein cuando afirmaba que “el intelecto no tiene nada que ver con el camino del descubrimiento. Siempre hay un salto en la consciencia, aquello que algunos llaman intuición, en el que la solución llega a ti sin saber cómo ni por qué”. Pues si él no lo sabía, no pretenderé saberlo yo. Acepto, simplemente, que la vida surge del caos y tiene un alto componente de incertidumbre: si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes.

Bien lo sabe y mejor lo cuenta mi admiradísimo Woody Allen, de quien hace poco tuve el gran placer de ver su última película, Golpe de suerte, entre otras cosas pero sobre todo, a propósito del azar, un tema que es recurrente en él. Ya le dedicó al asunto la maravillosa Match Point, donde, con la metáfora de un partido de tenis, proclama que “toda la existencia es puro azar” y “más vale tener suerte que talento”. Me gustó (o sorprendió) más esa película que Golpe de suerte, quizá porque era más profunda y mantenía ese agudo paralelismo con Crimen y castigo, con ese precioso viraje en el que, si el personaje de Dostoievski acaba confesando su delito atormentado por los remordimientos, el guapo Chris se libra del castigo por pura suerte, aunque luego nos muestra el precio a pagar cuando se da cuenta de que ha matado a su hijo y le hace citar a Sófocles (recordemos que Edipo mata sin darse cuenta a su madre): “Lo mejor es no haber nacido”.

Golpe de suerte es una película más ligera, pero se disfruta igualmente, quizá porque se nota que Allen ya no tiene nada que demostrar y se ha limitado a divertirse. De hecho, casi se puede sentir lo que tuvo que disfrutar retratando las estupideces –y la infelicidad- de la clase alta y, desde luego, se cachondea sin reservas cuando hace decir al “malo” que la suerte se la fabrica uno mismo poco antes del inesperado y fantástico final (yo aún no he dejado de reírme).

Y me doy cuenta, mientras escribo –que me perdonen los que saben más que yo si consideran que esto es una herejía o, simplemente, una bobada- de que Woody Allen y Milan Kundera tienen mucho en común. Para empezar, también Woody Allen es un gran creyente en el amor y en la fuerza de los sentimientos y Kundera es un creyente en el humor. Alguien ha escrito –lamento no recordar quién- que Milan Kundera está tan influido por Kafka como por Hasek (el autor de la hilarante y maravillosa historia de “El buen soldado Svejk”) y, ciertamente, algunas de sus reflexiones son muy divertidas, como “basta que el hombre se enamore como un loco y tenga que oír al mismo tiempo el sonido de sus tripas. La unidad del cuerpo y el alma, esa ilusión lírica de la era científica, se disipa repentinamente”.

Es más que probable que Woody Allen haya leído “La insoportable levedad del ser” y quién sabe si no estaba pensando en esa obra cuando, en Broadway Danny Rose, dice: “¿Sabes cuál es mi filosofía? Que es importante pasarlo bien, pero también hay que sufrir un poco, porque, de lo contrario, no captas el sentido de la vida”. ¿Acaso no es lo mismo que dice Kundera en su famosa obra?: “Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimiento sean tan libres como insignificantes”. Amor, humor y, respecto a la bondad: “No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos”. Pues véase la casualidad –si lo es-: la película y el libro datan del mismo año, 1984.

Y, hablando de casualidades, llego a la anécdota que anuncié al principio. Me pongo a echar un vistazo a algunos de los libros de Milan Kundera para escribir este artículo. Releo, sobre todo, mis subrayados que, de algún modo y puesto que datan de hace tantos años, me maravillan por lo que suponen de hallazgo de mi misma, de reencuentro con quien era y lo que sentía cuando leía esos libros. Cojo La insoportable levedad del ser y se abre por dos páginas entre las que hay un recorte de periódico. Voy a lo que voy. En esas páginas (58 y 59) tengo muchas líneas subrayadas, todas sobre un mismo asunto: la casualidad. Por ejemplo: “Fueron posiblemente aquellas casualidades las que pusieron su amor en movimiento y se convirtieron en una fuente de energía que ella no agotará hasta el fin de su vida”. Pienso que parece que hablara de mí, pero que eso no lo sabía aún cuando destaqué esa frase. Desplegué entonces el recorte de prensa. Era un artículo sobre una tal Esther Bravo, también mencionada como Esther Bayo, pero que, en realidad, era yo. Es de una revista de gran formato llamada Aquiana y está escrito por Víctor Corcoba Herrero, que he buscado en Internet y es un profesor nacido en Cuevas del Sil y que vive en Granada (¡oh, casualidad, desde 1984!) que cuenta con una lista inabarcable de libros publicados, tanto de poesía como de narrativa y una lista aún mayor de distinciones, nombramientos y homenajes. Lamento no haberle leído (pondré remedio lo ante posible a esa falta). Pues este escritor dice cosas maravillosas sobre mí como poeta, ¡pero maravillosas, maravillosas!; de hecho, me llama “genial poeta”. Y es fácil entender mi sorpresa porque el primer libro de poesía que he publicado (y único) data de hace tres años (“Duelo”, Editorial Multiverso) cuando, de pronto, vino a mi memoria un recuerdo completamente enterrado en el rincón más oscuro de mi hipocampo. En alguna parte leí que alguien preparaba una selección de poemas para una antología de novísimos poetas y, en un raro momento se me ocurrió probar suerte y envié uno sobre la muerte de mi padre. Pues bien, el poema se publicó: el libro creo que se llamaba “Caleidoscopio para un crisol” o algo así y, no sé cómo, dio lugar a ese artículo que guardé entre las páginas de un libro de Kundera y casi cuarenta años después se restablecen una serie de sinapsis neuronales que encienden un recuerdo perdido. ¿No dije, acaso, al principio, que Milan Kundera tenía una obra auténticamente iluminadora?

 

 

Esther Bajo


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