Ocurrió en 1981. Lo recuerdo perfectamente porque se produjo ocho años antes de mi nacimiento. Fue el primer y el último año en que Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa publicaron novela. El primero acababa de editar Crónica de una muerte anunciada y, a pesar del puñetazo que le había dado al peruano, decidió enfriar los ánimos y mandarle una copia junto a un cálida dedicatoria. Al abrir el paquete, Mario se extrañó. Luego se alegró: aquella gentileza constataba que él estaba por encima de García Márquez en la jerarquía de escritores. Mario hizo de tripas corazón, se tomó una foto con el móvil que publicó en sus redes sociales junto al texto «Paladeando la literatura del maestro». A continuación cogió la obra de Gabo y la guardó en su biblioteca, concretamente en la estantería de los libros que nunca leería.
En muestra de gratitud, Vargas Llosa cogió una copia de su flamante La guerra del fin del mundo, lo dedicó y lo mandó a la residencia de Gabo en La Habana. A pesar de la indiferencia que le produjo el regalo, Gabriel García Márquez llamó a su perro Aureliano Buendía, lo fotografió junto al tomo de Vargas Llosa y subió una publicación a redes sociales con el mensaje «Aquí, el coronel Aureliano disfrutando de la prosa de un joven muy prometedor». Acto seguido cogió el libro, sajó sus páginas y se las echó al comedero del perro.
A finales de año ambos escritores coincidieron en la Gala del Certamen Literario Hallaca de Oro, la cual premió a Juan Rulfo como el literato latinoamericano que más hallacas se había zampado durante aquel año. Gabo y Mario se miraron, se saludaron y tras unos segundos de silencio preguntaron al unísono «¿Qué te pareció el libro que te envié?». Vargas Llosa rompió el hielo y contestó «Una prosa deliciosa y una constante interpelación al lector. Enhorabuena, maestro». García Márquez correspondió con «Una historia vibrante sin renunciar al alarde lírico. Enhorabuena, maestro». Se dieron un abrazo en son de paz y se refugiaron en el festín de hayacas y chicha.
Todo se complicó durante la noche cuando Gabo, envalentonado por la ingesta a discreción de fermentados y puros cubanos, encontró a Mario durmiendo en su habitación. García Márquez se bajó los pantalones y posó sus genitales sobre la cara de su amigo dormido, acto que retransmitió en directo en Instagram. Pero esa es otra historia, pues mi memoria no alcanza a recordarla bien.
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