sábado, junio 13 2026

EL CHELO— By Isabel Navarrete

Ismael, encargado de la empresa de reformas «los chapuzas», acudió a hacer un presupuesto de las reparaciones del chalet situado en la calle de La Alegría número 15. Era un 21 de abril de 2012. Los dueños abandonaron esa vivienda en mayo de 2002. Ismael llamó al timbre de la puerta que daba a la calle pero nadie le abría. Miró el reloj y eran las 17:30, hora en la que había quedado con los dueños, más concretamente con la señora Engracia. Pero allí no había nadie. Esperó y se entretuvo viendo transitar a la gente a no se sabe qué destino. Le sorprendió ver a un perro pasar corriendo y a su dueño detrás pretendiendo alcanzarlo. Eso  ocurre por dejar a los perros sueltos por la calle, sabiendo, además, que está prohibido. A ver qué pasa si el perro muerde a algún crío o ataca al gato siamés de alguna abuela. Ladeó la cabeza cuestionándose la falta de civismo de alguna gente. Como esta señora, Engracia, que ya llevaba veinte minutos de retraso. Por fin apareció. Vestía un abrigo de piel de astracán, algo pasado de moda, propio de una persona adinerada venida a menos. Quizás la familia estaba endeudada, por eso querían vender la casa. Vete tú a saber. Engracia saludó cortésmente a Ismael y abrió la reja que daba al jardín y a la puerta de entrada a la casa.

―Pase usted, señor Ismael. Como verá el jardín está en mal estado, tiene falta de un buen mantenimiento. Pero como no vivimos aquí…

―Lo entiendo señora Engracia. Para qué malgastar el dinero en algo que no se usa. No se preocupe, como su intención es vender la casa quizás sea buena idea que los compradores lo arreglen a su gusto.

―Sí, eso pensamos mi marido y yo. En fin, como ve la fachada también necesita un retoque y esto sí que lo vamos a arreglar. Poca cosa, tapar los desconchados y darle un par de manos de pintura al exterior y a los marcos de madera de puertas y ventanas.

―Entiendo, apunto lo de reformar la fachada. Cuando me entregue las llaves tomaré medidas de todo con objeto de detallarlo en el presupuesto. También indicaremos los materiales a utilizar y su coste.

―Estupendo. Si hay algún desperfecto de otro tipo aparte de la pintura indíquemelo. Hace tiempo que no vengo por aquí. No sé yo cómo estará el interior.

―Por supuesto, señora Engracia. Todo quedará reflejado en el informe, hasta el último detalle. La casa sí debe quedar impecable. El jardín, como hemos acordado, lo dejamos para que los posibles compradores lo diseñen a su gusto.

Engracia abrió la puerta de entrada. El suelo de toda la casa era de tarima y necesitaba un buen pulido. Las paredes pedían a gritos un par de manos de pintura. Por dentro, la casa estaba vacía, a excepción de lo que parecía ser un dormitorio, aunque no había ninguna cama. En esta estancia, en concreto, se necesitaba tapar unas grietas en las paredes color azul claro, sobre todo en la pared en la que había apoyada una cómoda, que era el único mueble que Ismael se encontró en la casa. Una de las grietas de esa zona asemejaba el perfil de una señora con una nariz prominente. El resto de los desperfectos en esa pared consistían en grietas menores verticales y una horizontal sobre la cómoda. Esta tenía dos huecos grandes a ambos lados repletos de ropaje dispuesto caóticamente. Contaba con dos cajones cerrados y encima una puerta rota abierta hacia abajo que dejaba entrever más ropa, entre ella lo que parecía ser un jersey burdeos. Toda la indumentaria que dejaba ver la cómoda parecían ser pantalones vaqueros azul y negros, camisas y jerséis, nada de ropa interior, que Ismael intuía que estaba en los cajones.  Lo más curioso de esta habitación es que había un chelo que se apoyaba sobre la cómoda, algo estropeado en la tapa armónica y el cordal, pero conservaba su prestancia. Parecía de un músico despistado que se lo había dejado ahí de cualquier manera después de ensayar y antes de salir corriendo para ir al cine. Ismael se abstuvo de preguntarle a Engracia sobre la historia tras la cómoda y el chelo; no quería parecer entrometido. Pero ella, viendo su cara de desconcierto le aclaró el asunto.

―Esta habitación era el dormitorio de mi hijo. Era músico y tocaba el chelo, como puede imaginar. Un día lo dejó ahí, salió con prisas y ya nunca volvimos a verle vivo. Se arrojó delante del metro. No me he atrevido a retirar su cómoda con su ropa ni el chelo. Pero ya es hora de pasar página. Llévense la cómoda para tirarla, yo me llevaré el chelo para restaurarlo.

―Lo que me cuenta es terrible, señora. Lo lamento de veras. Debía de ser joven.

―Sí que lo era, treinta años y tocaba en la orquesta sinfónica de la ciudad. Pero esa mujer lo llevó por mal camino y lo abandonó. Mi hijo no pudo superarlo ―dijo Engracia con evidentes ganas de desahogarse―.

―Bueno, la vida sigue, tenemos que adaptarnos ―Ismael trató torpemente de consolarla; deseaba cambiar de conversación―. Ahora pasaremos a revisar a vista de pájaro los baños, cañerías y electricidad.

―Los baños los cambiamos antes de irnos, yo creo que están en buen estado. Pero las cañerías me temo que requieren un repaso ―Engracia ya estaba menos ensimismada―.

Desde luego el chalet había conocido tiempos mejores, porque ahora estaba en tan mal estado que necesitaba una reforma integral, como había apreciado Ismael. Una vez arreglada quedaría una vivienda estupenda. Después de un día completo como detective de la casa, Ismael les pasó a los dueños el presupuesto.

―Dice mi marido que el precio es excesivo ―repuso Engracia―.

―Señora, tenga en cuenta que hablamos no sólo de pintura de exteriores e interiores, sino además de cambio de la instalación eléctrica y de fontanería, que resulta lo más caro.

―Si lo entiendo, pero es no pensábamos tocar el tema de electricidad, aunque sabemos que está regular.

―Si no lo hace, estéticamente los enchufes y pulsadores amarillentos dan mala impresión y funcionalmente hay que preparar el cuadro eléctrico para un aumento de potencia y redistribuir las líneas. No queremos que haya a algún cortocircuito ―aclaró Ismael―.

―Está bien, aceptamos el presupuesto. Empiece cuanto antes con la reforma ―dijo Engracia resignada―.

Ella recordó por qué abandonaron la casa. Fue tras el trágico fallecimiento de su hijo y a causa del comportamiento de su hija Otilia de seis años. Ella decía ver el fantasma de un hombre rondando por la casa día y noche. Decía que ese hombre era su hermano muerto y que lo oía tocar el chelo. Otilia se negaba a comer y a dormir por este misterioso hecho, pero los padres no apreciaron nada extraño.
La familia restauró el chelo, que resultó ser de la marca Stentor, una de las mejores del mercado. Lo subastaron y con ese dinero sufragaron parte de las reformas de la casa.

Una vez finalizada la reforma en julio de 2012, pusieron la casa en venta en una agencia. No se fiaban de volver a habitar el chalet por las manías de la niña, que ya era una mujercita. El uno de septiembre, entraron los nuevos propietarios a la casa ya reformada. Era un matrimonio con un hijo pequeño que aún iba a primaria. Los antiguos dueños estuvieron presentes cuando se instalaron para darles indicaciones. El chico llevaba un chelo agarrado de su funda. Era el chelo subastado del hijo de Engracia.

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