Luna de sangre.
Un silencio sepulcral reinaba en el ambiente. Los gatos no cantaban sus amores, los perros envidiosos, ahorraron sus ladridos, ni siquiera la brisa murmuraba entre las hojas.
Desde la ventana, el hombre contemplaba la creciente oscuridad.
Amaba los fenómenos naturales, le parecían un espectáculo maravilloso y una de las pocas cosas que se podían disfrutar gratuitamente. Por eso, le había robado horas al descanso.
Los meteorólogos habían situado la plenitud del eclipse alrededor de las tres de la madrugada.
«La hora del diablo», hubiera dicho su abuela.
Él no era supersticioso ni creía en cuentos de viejas.
En la quietud absoluta, la luna, opaca y rojiza, se veía como un ojo demoníaco abierto en medio del cielo.
Una sombra informe, más densa y oscura que las demás, cruzó el patio.
El hombre la miró con asombro, contuvo la respiración. ¿Qué era eso?
Supuso que se trataba de una ilusión óptica. Las noches como aquella y el sueño, que amenazaba con vencerlo, creaban el clima propicio para la fantasía.
La sombra avanzó hacia él que, involuntariamente, dio un paso atrás, alejándose de la ventana.
Vio como la sombra atravesaba el cristal sin dañarlo.
Un grito pugnó por escapar de su garganta, pero no alcanzó los labios.
En el baño, se lavó las manos y la cara. Alzó la cabeza, miró su imagen reflejada en el espejo y sonrió.
Ya no era él.
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