Cuando medio país consumía compulsivamente Patria y opinaba sobre su calado, descubrí a Fernando Aramburu. A pesar de que disfruté de la lectura —sin fliparme, como merece todo best seller—, encasillé al escritor donostiarra como un tótem anodino. Encasillar como si su biografía no contara con decenas de obras y una notoriedad a prueba de superventas. Recientemente se me cruzó Ávidas pretensiones, publicación anterior a Patria, merecedora de la vitola de Premio Biblioteca Breve 2014, la cual ha liquidado mis prejuicios. A medias.
Ávidas pretensiones recrea unas jornadas poéticas en las que se suceden todo tipo de dislates en la que la palabra versada queda totalmente arrinconada. Cualquier escritor de medio pelo tiene claro que la literatura es un mero medio y el heterogéneo elenco de la novela encarna la ínfula a la perfección. El ego de los poetas enfrentado en absurdas reyertas, las tretas para escalar en la jerarquía hacia ningún lugar, la inspiración de los artistas y la picaresca como forma de ganarse honradamente la vida son algunos de los temas que compone la retahíla de tramas. Es cierto que entre los escritores de narrativa existe la malévola diversión de meterse con los trovadores, pero el caso de Aramburu dispone de cierta disculpa, teniendo en cuenta que el autor cuenta su haber con multitud de poemarios y reconocimientos en el campo. Es más, esta experiencia hace que algunas de las creaciones, aunque satirizadas, gocen de cierto estilo.
El nivel de bochorno es tan elevado y la ambientación abraza tal grado de cutrerío que en cierto momento sentí que estaba encerrado en una de esas películas de Pajares y Esteso de los años setenta. Aunque hay momentos para la carcajada, la mayoría son más fruto de la vergüenza ajena que del gracejo. La caricatura azota también al pensamiento progresista y al feminismo, lo cual alimentará las críticas que le acusan de cierto conservadurismo. Eso sí la pluma ingeniosa y puntillosa de Aramburu ennoblece un libro que pasado el ecuador comienza a hacerse pesado. Una apuesta particularmente arriesgada al comprobar que Ávidas pretensiones nos lleva a más de las cuatrocientas páginas. Se convierte en un verdadero alivio cuando las jornadas finalizan y manda a la poetada a su incierta misión de colonizar con versos la luna. Metafóricamente.
Si el aroma de película cutre que rezuma Ávidas pretensiones es persistente, el director Jaime Chávarri convirtió la sospecha en realidad en 2022 con una adaptación llamada La manzana de oro. Filmaffinity nos ahorra mayor escarnio otorgándole un preventivo y rotundo 3,9. ¡Ay, poetas de bragueta! ¡Ay, prejuicios versados!

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