lunes, junio 8 2026

GALERIAS by Nohelia Alfonso

 Cuando llegaba la enfermera para levantarlo, Nicasio “El Mangas” estaba siempre despierto, aguardando en la penumbra del cuartucho como un niño grande. Como cada noche, había soñado con luces que lo cegaban, sin saber por qué. Estaba acostumbrado a levantarse temprano, y ya se sabe lo que dicen: “Para llegar a viejo: poca cama, poco plato, y mucha suela de zapato”. Suerte que en aquella fonda todo eran atenciones, ¡vaya si trataban bien a sus huéspedes! Si hasta venía una muchacha a sacarlo a pasear a diario. Claro, como él no era de allí, le prestaban un guía. Pero debía de ser cosa de Angelines, porque no era un privilegio del que todos disfrutaran, no.  Por lo poco que hablaba con los otros huéspedes, a ellos no los venían a sacar todos los días. Comer ligero no era un problema, porque la comida la servían siempre sosa. Menos mal que estaba de paso, como creía, porque de lo que nunca se le quitaban las ganas era de un buen puchero con su compango y su todo, aunque ya la dentadura no diera para tanto. Pero en aquella fonda, nada de garbanzos. Verdura sí, y caldos. Pero nada de cocido. Con lo que él daría por un pedazo de longaniza…

-Buenos días, Angelines- saludaba en la oscuridad.

– No soy Angelines, Nicasio, soy Julia.

     Igual daba. Siempre era Julia, o Margarita, o Pepa, o Dios sabe quién, pero nunca era Angelines. ¿Cuándo vendría ella a levantarlo, tan cariñosa siempre, con un beso en la mejilla?

     Julia, o Margarita, o Pepa, lo desvestían y lo aseaban. Y leche, ¡qué vergüenza le daba que lo vieran desnudo! Ya cualquiera tenía ese derecho en aquella pensión del demonio. Lo cierto era que habría prescindido de ese servicio si pudiera frotarse solo la espalda, pero los años no pasaban en balde, y su cuerpo se iba achicando, como acercándose cada vez más a la tierra. Y eso que a pesar del brazo inútil siempre se había valido por sí mismo… Se miraba en el espejo del baño mientras la muchacha lo frotaba de arriba abajo, y contemplaba sus arrugas como socavones. Cada una de ellas contaba una historia. Solo que ya no las recordaba.

     Una vez vestido, Nicasio se ponía unas gotas de colonia en las manos temblorosas y las repartía por el pelo cano y la solapa de la chaqueta. Le gustaba oler bien, aunque fuera para bajar al comedor, donde lo sentaban junto a un hombre enjuto que siempre contaba la misma historia de aviones. El tipo estaba como una cabra, decía que había sido piloto en la Guerra Civil, y siempre terminaba escupiendo cuando simulaba que ametrallaba las tazas del desayuno. Nicasio lo ignoraba mientras se migaba sus galletas en la leche tibia, buscando a Angelines entre la gente con la mirada. Porque desde que aquel idiota se había atragantado, les habían quitado las magdalenas. Y estaba a gusto, pero quería volver a casa. Si tan solo apareciera Angelines… ¿Pero cómo tardaba tanto? Estaba empezando a cansarse de esperar. Menos mal que un rato después de coger sitio en el saloncito de la tele, venía aquella rapaza tan amable a acompañarlo a pasear, puntual como un reloj. Le daba pena la chica, siempre con aquella carita tan triste, dispuesta a acompañarlo adonde hiciera falta. Se imaginó que era viuda, porque esa pena tenía que ser de pura soledad. Aunque era joven para casarse en los tiempos que corrían. Los jóvenes se habían olvidado ya de las cosas importantes de la vida, todos los antiguos valores por los que él tanto había luchado un día, quedaron atrás.

     Aquella mañana, la moza, en lugar de llevarlo del brazo por las inmediaciones de la fonda preguntando todo el tiempo si conocía tal o cual casa –debía de perderse la pobre-, lo hizo meterse en un coche que había aparcado al otro lado del jardín. Nicasio no tenía ganas de alejarse de la hospedería, no fuera a ser que entretanto llegara Angelines, pero la chiquilla le prometió que regresarían pronto mientras le ajustaba bien el cinturón. En realidad sentía curiosidad por ver adónde iba a llevarlo, no recordaba cuándo había sido la última vez que viajaba en automóvil. Así que podía decirse que cuando arrancó el coche, estaba contento, como un niño grande. La chavala conducía bien, ¿eh? Que no se podía decir eso de todas las mujeres. Y el trayecto no fue muy largo. Salieron de la ciudad por la carretera de Asturias, bajo un cielo plomizo que parecía que se iba a resquebrajar como el hielo. En media hora llegaron a un pueblo que parecía fantasma. Se adivinaba totalmente desierto, con un eco de vida en otro tiempo, los cristales rotos a pedradas, y una congoja añeja en el ambiente que se paladeaba desde la ventanilla. Pero no pararon allí. Tampoco en ninguno de los seis pueblos siguientes, igualmente abandonados a su suerte, barridos de la existencia, pútridos de soledad y de hastío. ¿Qué habría pasado allí? Parecía la posguerra. De aquello se acordaba porque le pilló de crío, y el recuerdo del hambre le atenazó las tripas. Llegaron entonces a un pueblo con nombre de virgen, y la chavala condujo el coche por un camino de grava que subía al monte.

– ¿Adónde me has traído, moza?

– ¿No lo sabes?- dijo ella por toda respuesta.

     Al final del camino, cortado por una valla, se detuvieron. Ella le ayudó a apearse, y cogiéndolo del brazo, echaron a andar. La desconfianza de Nicasio “El Mangas” se debatía con la curiosidad. Unos pocos metros al otro lado de la valla, se extendía ante sus ojos un paraje muy pero que muy familiar. En el estómago comenzaron a retorcerse sensaciones contrarias. Sabía perfectamente dónde estaba. Ahora sí. Se soltó del brazo amigo de su compañera de paseos, y avanzó unos pocos metros solo, con el corazón en un puño.

–  Yo trabajaba aquí- le tembló la voz.

     Se vio desbordado por los recuerdos, ¿cómo lo había olvidado? Allí le habían rebautizado como “El Mangas” cuando tuvo aquel accidente: se le enganchó la manga del mono de trabajo en el páncer, que lo arrastró unos cuantos metros sin que los compañeros pudieran impedir que la maquinaria le destrozara completamente el brazo. A Angelines casi le había dado un infarto cuando se enteró. La pobre… era solo una chiquilla cuando empezó a cortejarla por la ventana del servicio, en la casa de Don Emilio del Valle. Entonces él solo era un peón del lavadero de carbones, y luego de casarse con ella, bajó por primera vez al agujero, santiguándose siempre a Santa Bárbara. Cuántos compañeros caídos… Donde quiera que posara la mirada, lo fusilaban las antiguas vivencias. ¿Cómo podía haberlo olvidado? ¡Habían sido tantos años! Las explosiones de grisú; las linternas nerviosas que ahora daban respuesta a sus sueños de luces que lo cegaban mientras su compañero Víctor se moría en sus brazos, aplastada su vida por un derrumbe; el bocadillo a deshora; el horrible turno de mañana (que era internarse en el infierno mientras afuera salía el sol) las huelgas, los piquetes del 91, el sindicato, los patrones… las bromas de los muchachos, la rudeza del lenguaje que empleaban… la camaradería… la lucha eterna por arrancar de las entrañas de la tierra aquel tesoro negro que calentaba en los hogares la leche de los niños… que le había dado de comer a tantas familias con toda la industria generada… La minería, maldita sea, la minería. ¿Cómo había sido capaz de olvidarlo, de olvidar quién era? ¡Era toda su vida!

-Yo trabajaba aquí- repitió mientras le flaqueaban las piernas cansadas, el corazón a galope, los ojos llenos de lágrimas.

– ¡Lo recuerdas!- lo sostuvo el brazo amigo de su compañera de paseos, sumamente emocionada- ¡Lo recuerdas, abuelo!

     ¿Abuelo? Nicasio apartó la vista de la bocamina derruida que no dejaba de escupirle recuerdos, voces, cascos blancos y ruido de botas, y la miró. Era la primera vez que la veía sonreír, y aquella sonrisa era exacta a la de Angelines cuando tras el fatídico accidente supo que no estaba muerto; era la misma sonrisa dulce… Era sin duda su nieta.

-¡Mi niña! – se le echó a los brazos, los ojos convertidos en dos ranuras humedecidas de ternura.

     Era un reencuentro feliz, como si al fin hubieran dinamitado el muro que los separaba. Habían abierto juntos una galería, como buenos barrenistas, y al fin se abrazaban como abuelo y nieta.

– ¿Por qué está todo esto parado?- preguntó- ¿Es que han cerrado la mina?

– Las han cerrado todas, abuelo.

     El anciano la miró incrédulo. ¿Cómo se iban a cerrar todas las minas? ¿Qué disparate era ese?

– ¿Qué fue de las familias, entonces? ¿Adónde fue la gente?

– Ya has visto todo el valle…- respondió la chica con tristeza infinita-. Aquí no queda nadie.

     De regreso a la residencia -pues Nicasio comprendió entonces que no era ninguna pensión-, volvieron a pasar por los pueblos desérticos. Las casas desconchadas se reflejaban en sus ojos cristalinos. Todo lo que él había conocido, lo que había amado… todo, había muerto.

– Nena, y la abuela… ¿también murió?

     La muchacha tuvo que darle la noticia como si fuera la primera vez, y fue como si acabara de enterarse, a pesar de que hacía ya diez años que Angelines había sucumbido a un cáncer. Poco después el abuelo perdió la memoria, y entre ambos se derrumbó una pared. Mañana el Alzheimer volvería a derruír la galería, pero había merecido la pena si la reconocía durante un rato.

Cuando llegó la enfermera a levantarlo, Nicasio “El Mangas” ya estaba despierto.

– Buenos días, Angelines- saludó en la oscuridad.

– Soy Margarita, Nicasio.

     Vaya con Margarita. ¿Cuándo vendría su Angelines a buscarlo?

     Tras asearse con ayuda de la enfermera y ponerse unas gotas de colonia, bajó a desayunar. El tipo del asiento de al lado escupía pedazos de galleta simulando que disparaba desde un avión.

– ¿Sabes a qué me dedicaba yo?- le dirigió Nicasio la palabra por primera vez-. Yo era minero. Barrenista, para ser más exactos. Tú no sabes lo que es eso, ¿a que no?

     Recordó aquel socavón, como una arruga gigante en la tierra que contaba una historia. Solo que ya nadie la recordaba.

[i] Imagen tomada de Pixabay.


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