…habláis, habláis sin saber, como comadres ociosas… pero yo estaba allí. Yo lo vi. Así se lo hice saber al juez y así, en donde se tercie, he de jurarlo por tu fe o la que no tengas,
por la mía, por el ron que lava nuestros pecados,
y por todo lo que, al fin, valga una lágrima…
A esa hora en que los candiles más que alumbrar paren sombras, por la senda de las tabernas, entrevero de todos los caminos.
Ahí le salieron al paso tres hombres —¡baaah! no muy hombres si de a tres han de atacar y tan valientes que su rostro embozaban— sabrán ellos qué buscaban… ¿robarle?… ¿el qué? … poco habría de ser… a estas ermitas nadie cuerdo trae más que las monedas para el trance y menos quien tiene crédito abierto a su sola palabra… más sería algún rencor viejo que le tuvieran; una envidia ajada y revenida, de esas que roen los corazones y buscan el mal ajeno sin sacar tajada de ello.
Sí, sí que supe quien era. En cuanto empezó el baile, que nadie en esas calles ha esgrimido el fierro a tal compás.
Bien a la distancia los mantuvo pero eran tres y los tres erraron sus embates una y otra y otra vez…. Pero eran tres y hasta la furia, hasta el tifón hecho hombre se desgasta.
Lo hirieron… mucho lo hirieron al Pargo pero les firmó las camisas en rojo a punta de sable dando fe de bravura, del coraje que ni en el último aliento arría banderas y hay que arrancarles las enseñas de las manos… cuando no quede sangre adentro porque antes no se puede.
Dos puñales que brillaron cruzando la noche como estrellas de negro agüero apartó en vuelo de una estocada y al caer a plata de Judas sonaron pero el tercero, soldado a la mano que lo asía, cuatro veces entró en su cuerpo y a la quinta creí que lo había muerto porque el puñal clavado soltó el rufián que lo atacaba.
Dos segundos -que una eternidad se me hicieron- tardó el Pargo en tomarlo en su mano. Nada dijo; lo miró un momento y escupiendo sobre el acero que con él no pudo, lo dejó caer como un despojo… huyeron los valentones creyéndolo revivir aún con la daga en el pecho hincada y por ahí corren todavía jurando cuentos de diablos.
Ya sabéis que no soy hombre de armas. Ni navaja llevo para cortar el pan pero a su orden puse mi asistencia por si de algo le sirviera.
—¿Sabes quién soy? – preguntó-
—Sí, capitán.
— ¿Me harías la merced de acompañarme a El Clavel?
Con quien a mis voces vino hicimos jirones con que tapar las mordeduras de los fierros en las carnes y haciéndome muleta a su barco fuimos. Aún tuvo la gracia, mientras le cosían, de preguntarme el nombre “Marcelo me puso un cura, señor, pero León me llaman honrándome al nombrar a mi tierra…
—¡¡León… León!!” -dijo cobrando aliento- no ha sido, pues, azar quien te ha traído sino mi santa lagunera que ese mismo nombre lleva… ella me dio el cobertor que me ha hurtado al filo, ella te ha traído esta noche en mi auxilio … dos cosas más que le adeudo”
Sí señor; yo lo vi… lo escuché… sé lo que dijo.
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Este texto forma parte de la obra musical “El corsario de Aguere”
Amaro Pargo, llamado en realidad Amaro Rodriguez-Felipe y Tejera Machado, nacido en La Laguna –Tenerife- en 1.678 y fallecido de muerte natural en el mismo lugar en 1.747
Más información en:
https://www.ayuntamientoelrosario.org/index.php/leyenda-corsario-amaro-pargo/
https://es.wikipedia.org/wiki/Amaro_Pargo
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