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YHVH
Tu nombre está inscrito en la nieve y en el viento;
de ti dan fe el trueno y el fuego, el mar y los pájaros;
la lluvia y la noche se saben testimonio perfecto
de tu fulgor gigantesco;
el pez y el asno, el león y el cordero claramente demuestran
tu huella luminosa.
Se te puede hallar en el niño que nace y en el viejo que muere,
en el trotar del perro y en el cometa que regresa,
en los ríos y en los pájaros, en el cuarzo y en la amatista,
en el sol cuando se pone, en la abeja y en la centella,
en la mujer que saca agua de un pozo y en la que encuentra una moneda.
Todo te menciona y te señala porque todo te pertenece,
todo te saluda en una plegaria inagotable y sorprendente,
todo te aclama con mansedumbre, todo en una alabanza silenciosa:
tuyo es el reino.
Mi canto es leve y diminuto, no te servirá como corona.
Pero también él nace de un estremecimiento, el mío,
que es arrollador como tu incandescencia y es ella la que lo concibe.
Solo eso permanece en todas mis versiones.
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