miércoles, mayo 6 2026

MUERTE EN LA GARGANTA DEL CARES

Imagen tomada de GOOGLE

    Cuando los relojes de los  trece senderistas marcaban las dos y media de la madrugada emprendieron la subida hasta los collados, lugar de mayor altitud sobre el río; la luna llena iluminaba el sendero. Estaban parados mirando las estrellas, cuando Lola ensimismada pisó una piedra inestable perdiendo el equilibrio. Cuando se veía volando a precipicio dos manos atentas la sujetaron en el último instante, una mano de Andrés y la otra de Roberto impidieron que ésta se cayera al vacío. Pronto las nubes cubrieron el cielo; ni  las estrellas ni la luz de la luna les acompañaban, sólo los focos de las potentes linternas. En plena oscuridad se detuvieron a descansar, no tenían prisa. A Roberto, el último en apuntarse a la excursión, siempre le había atraído Lola pero sus intentos por conquistarla habían fracasado siempre, en realidad ella ni siquiera se diera por enterada.

   Aprovechando la oscuridad,  Andrés acercó sus manos a la cara de Lola y acariciándole las mejillas la besó durante un minuto que a ambos les pareció un año entero. Lo que ocurrió después sólo lo saben ellos; aunque junto al resto del grupo aparecieron planeando las prendas, y de golpe aterrizaron a sus pies las botas de ambos. Mientras tanto, Roberto no hacía otra cosa que mirar al lugar donde estaban en la negrura Lola y Andrés. A la luz de las linternas, el resto del grupo estaban entretenidos contando chistes y anécdotas. En muy poco tiempo un manto de densa niebla los envolvió por entero, ni los focos eran suficientes para alumbrar el camino. Andrés y Lola regresaron al grupo y en fila india pegados literalmente a la pared rocosa continuaron la ruta. Nadie se percató de la ausencia de uno de ellos;  la niebla era una aliada perfecta de alguien que quisiera desaparecer.

   Un alarido de terror y sufrimiento se escuchó en toda la Garganta del Cares y en la lejanía repetido una, otra y otra y otra vez hasta diecisiete veces provocando en los senderistas un instante de pánico irrefrenable. Con sus gargantas rotas por la húmeda niebla, sus corazones a punto de salirse del pecho y el espectáculo aterrador que iluminaban los focos, lanzaron al aire y al unísono un grito multiplicado por efecto del eco creando un efecto más terrorífico si cabe. Ante ellos, mezclada con la niebla y la luz amarilla de las linternas, una macabra figura humana de largos cabellos con su vestido blanco hecho jirones y llena de sangre a medio coagular. Apoyada en la pared de uno de los túneles pétreos tenía una gruesa soga rodeando su cuello.

   ¿ Quién sería? No pertenecía a su grupo y no llevaba allí mucho tiempo. A pocos centímetros para verse las caras se miraron unos a otros con incredulidad y a la vez estupor. ¿ Habría un asesino entre ellos? Las miradas decían lo que no las palabras – yo no-.¿ Falta alguno de nosotros?- preguntó una voz-. La espesa niebla dificultaba saberlo; aparte de Andrés y Lola, que hacían de guías y Roberto los demás eran desconocidos, se apuntaran a la excursión a través de una web. El silencio más absoluto reinaba en aquel momento.- falta Roberto, dijo alguien casi susurrando -. Sabían de la actitud de él hacia Lola y sin decirlo abiertamente lo tenían ya como sospechoso. Estaban decidiendo quién se quedaría allí o sí se quedarían todos al tiempo que uno iba en busca de ayuda cuando tras ellos … .un extraño sonido cómo un burbujeo ¿Alguien se estaba ahogando en el canal que pasaba junto a ellos?. Sus corazones palpitan acelerados otra vez, sienten ahogo, falta de respiración; las linternas enfocaron su haz luminoso hacia el lugar y aunque casi no se podía distinguir nada sí adivinaron la enorme silueta de Roberto de más de dos metros de altura. Tenía toda la cabeza y parte del cuerpo en el agua. Queriendo sacarlo para impedir que se ahogara, las manos de Andrés y de Lola se llenaron de sangre, sangre mezclada con el agua del canal. La cabeza  de Roberto quedó separada del cuerpo entre las manos de Lola a la vez que ésta con un nudo en la garganta y sin poder emitir una sola palabra empezó a tambalearse hasta caer desmayada a lo pies de Andrés sobre una gran artista pedregosa.

   Cuando la débil luz del amanecer entró en la estrecha Garganta del Cares tratando de iluminar sus paredes de piedra y el río; la senda a Caín ofrecía un aspecto realmente siniestro. Tres muertos, la mujer del vestido blanco, Roberto y la desafortunada Lola cuya sangre formaba un gran charco bajo su cabeza manchando la arista en la que se dió al caer.

   El arma blanca que seccionó el cuello de Roberto se halló, clavada hasta la empuñadura atravesando de izquierda a derecha la garganta de otro de los senderistas,  tiñendo de rojo las frías y revueltas aguas del río Cares.

   ,¿Quién faltaba ahora?- Andrés!!, no lo veo por ninguna parte dijo uno de ellos,-

   Al llegar a Caín, a atravesar el último puente,  cuando los rayos solares iluminaban buena parte de las las paredes de piedra y del río, un quinto cuerpo estaba siendo devorado por dos lobos, la madre y su cría. A dos metros de éste, las piernas con medias de lana a rayas metidas en las botas. Siempre las mismas huellas…y las fibras de una cuerda de cáñamo con restos de sangre…

   Andrés continuaba sin aparecer

   Nunca lo hizo

   En realidad…¿?


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