lunes, abril 20 2026

VELA ZANETTI, EN LA HOGUERA DE LA HISTORIA by Esther Bajo

“Se sienta en un sillón, al que inmediatamente sube alguno de sus siete gatos, y enciende su pipa, en una casa –su casa natal- que es uno de sus cuadros: está la tierra dulce y grave que se desborda en su anchura tras las casas de piedra, hasta un horizonte en el que bailan las montañas azules de Castilla; están los testigos de las callosidades que el tiempo ha dejado en esta vieja tierra en forma de muebles rústicos, aperos y obras de arte modeladas por la naturaleza y la humilde sabiduría del pueblo. Y está él, José Vela Zanetti, tan semejante a cualquiera de sus personajes, compendio de todos ellos: la mirada del águila inundada de luz, el ademán cabal, el perfil rotundo del campesino, las manos anchas que parecen una metáfora viva de la generosidad de la tierra, la barba florida de los poemas épicos, la cara tiznada de pintura. Con voz de profeta, cuenta anécdotas almacenadas en su prodigiosa memoria, la incómoda memoria”.

Así empezaba la entrevista que publiqué en Diario 16 Burgos al poco de conocer a José Vela Zanetti, autoexiliado en su pueblo natal, Milagros («La incómoda memoria»), justo cuando recopilaba material para una gran exposición antológica que preparaba Caja España, así que todo estaba lleno de pinturas, dibujos, recortes de periódicos, recortes de periódicos con dibujos suyos, cartas, fotografías… Se rio cuando le dije que, de joven, se parecía muchísimo a Antonio Banderas. Me enseñó su casa, incluida una habitación con el nombre de Victoriano Crémer –“es sólo para él”- y su estudio, lleno de panes y estudios de manos –“lo más difícil de pintar”-. Terminé pasando el día allí, grabando y llenando una libreta entera con sus frases, siempre lapidarias. Me habló, por ejemplo, de lo emocionante que había sido para él el homenaje de sus vecinos reuniendo en una exposición los cuadros que tienen en sus casas,  mientras daba portazo al presidente de la Diputación y toda su cohorte, con la excusa de que “es de mala educación ir a casa de alguien sin avisar antes”. Más tarde, nombraría al director del medio, José Luis Estrada, su voz para rechazar la iniciativa de poner su nombre a una céntrica calle de la capital: “¡Di que no aceptaría ni que pusieran mi nombre a la ciudad entera políticos que se formaron en la dictadura y que no han mostrado ningún respeto por mi obra ni por el arte en general”.

Uno de los momentos más emocionantes fue cuando, cruzando el patio de la casa, me condujo a una leñera con olor a pintura en cuya pared del fondo aún podía verse el bastidor de madera en el que, después de cavar más de un metro en la tierra para hacerle hueco, pintó el mural del Arco de Santa María. Y rememoró las largas jornadas que empezaban poniendo el cubo de los pinceles sobre una estufa de gas para quitarles el hielo, sin más descanso que acercar sus manos cuando empezaban a amoratarse, hasta que llegaba la noche y, con una linterna, salía a cenar dando trompicones, alucinado. No cobró el mural, pero ni siquiera fue invitado a comer durante su inauguración, que presidió el entonces Príncipe de España. Podría haber llevado a los tribunales al Ayuntamiento por, sin su permiso, cubrirlo de cal y luego lavarlo con detergentes, pero prefirió desdeñar sus homenajes.

Hablo del mural sobre la fundación de Castilla, en el que fácilmente se puede reconocer a un padre o a un tatarabuelo en ese hombre que lleva a su hijo a la espalda, en el que sujeta el vientre de su caballo o, agotado, se queda dormido sobre su mula, en el sembrador que posa la semilla en el surco mientras su mujer levanta en brazos a su hijo desnudo. Rostros y manos parecidos pueblan algunos de sus muchos otros murales: el de Fernán González, “un tipo colosal, austero, genial”; en los hombres libres de los concejos abiertos, en el rostro atormentado de Judas, en los repobladores que escribían en el dintel de sus casas: “Vivir como si fuéramos a morir mañana, trabajar como si fuéramos a vivir eternamente”, un lema que hizo propio.

Le visité muchísimas veces y, en poco tiempo, llegué a quererle como al sustituto del padre que hacía tantos años que me faltaba. Él, enormemente generoso, me devolvía un cariño que me apabullaba cuando insistía en consultarme, como si fuera la experta en arte que sabía que no soy, mientras pintaba: “¿crees que este hombre estaría mejor sin gorra?”, “¿a ti te gusta más Mantegna o De la Francesca?”, “¿te parece que este cielo tiene demasiado violeta?”. En una ocasión me llamó para decirme que había decidido pintar su autorretrato y sería un árbol arrancado, que no caído, pero que no conseguía empezar la obra. Le envié entonces el delicioso libro “La llamada de los árboles” de Antonio Colinas y al día siguiente de recibirlo volvió a llamarme, esta vez entusiasmado, para decirme que no había parado de pintar en toda la noche. Daba las últimas pinceladas a ese su último lienzo en la exposición que Diario 16 Burgos promovió como acto de reconciliación entre el artista y su tierra. Para entonces había accedido a formar parte del Consejo Editorial de ese periódico que fue un ejemplo señero, si no único, de independencia, coraje y talento -¡esa experiencia periodística sí que fue Resistencia!- y que fue su voz, e insistió en acudir a la presentación de la Historia 16 de Burgos, en la que fascinó a todos contando mil y una anécdotas sobre su amistad con Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro, su estrechísima relación con el Caso Galíndez, sobre la historia –“que hacemos todos los días”-, el arte y los auténticos artistas –“seres que desasosiegan”- y su propia obra.

 

Era entonces Vela un octogenario con la energía de un joven veinteañero. Una de las últimas veces en las que lo visité me llevó a un punto del jardín en el que había aparecido el primer brote de la primavera en una planta trepadora. Hacía aún un frío tremendo. “¡Mira que admiro a Antonio Machado, pero nunca le perdoné esos versos tan cursis de ‘la primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido`, hasta hoy, cuando esta mañana he descubierto este pequeño embrión”. Cuando el invierno volvió, una caída lo dejó postrado en el hospital, en un cubículo de Cuidados Intensivos que presidía una reproducción de su impresionante mural “Alegoría de los Derechos Humanos” en la ONU, que el primer Secretario General de ese organismo internacional, Trygve Lie, definió como “la más bella expresión de la lucha del hombre en su marcha hacia la libertad”. “He pedido –me dijo Vela- que me pongan delante una foto de Harpo”, el gato ciego que compró a un hombre que lo maltrataba y que siempre lo acompañaba en su estudio mientras pintaba.

Este año se han cumplido 25 desde ese aciago día en el que dejó este mundo, camino de la eternidad, un artista que, como solía decirme, no creía en Dios, pero sí en los ángeles. Un artista que consiguió, según escribió el académico Saiz Valdivielso, dominar el tiempo para fundirse con él: “Por eso la pintura de Vela es de su tiempo y de todos los tiempos, porque cuando el arte es sincero y auténtico, es siempre intemporal. Pintura como el sudor, la sangre y el llanto. Como la vida misma. Pintura respirada a pleno pulmón, en la que quedan rescoldos del fuego americano alternando con la sobriedad cromática que entronca a Castilla”.

No voy a hacer recopilación, siquiera somera, de su extensa y trascendental obra –hay innumerables artículos y libros en todo el mundo sobre ella-. El propósito de este artículo es expresar un lamento; no por su ausencia, que es un lamento puramente personal, sino por que hayan vuelto a producirse las dolorosas afrentas a su obra. Primero fue el dictador, quien, además de fusilar a su padre y forzar su exilio, hizo destruir toda su obra a punta de piqueta; después, tras su regreso, el ninguneo de unas instituciones aún precariamente democráticas. Ahora, el silencio ante el derribo de su casa en Milagros, esa maravillosa casona, declarada Bien de Interés Cultural, de la que no queda sino el muro de fachada y por cuya conservación los sucesivos alcaldes de Milagros, Juan Molina –del que tengo tan buen recuerdo- y Pedro Luis Miguel, no han dejado nunca de luchar. Y en León, la autorización para derribar la casa –en la Plaza de Don Gutierre, obra de Manuel de Cárdenas- en la que pasó su infancia y en cuyas paredes dejó, inadvertidas durante decenios, sus primeras pinturas murales: alrededor de ochenta metros cuadrados poblados de duendes, enanos que fuman en pipa, setas, él mismo en un autorretrato en el que parece conversar con una trucha, pinturas abstractas en tonos que preludian su futuro estilo…

Desde el día en el que su padre, el veterinario Nicóstrato Vela, fue obligado a abandonar su hogar camino del paredón, nadie se ha atrevido a cubrir esas pinturas, en lo que realmente parece obra de los ángeles que, según me decía Vela, le protegieron también a él en su difícil huida del país.  Y “ángeles” ha habido también aquí que han intentado seguir preservándolas –el arquitecto Fernando Miguel, el partido Prepal, los periodistas que han divulgado esta obra-, pero los intereses inmobiliarios se han impuesto para construir un hotel, en el que Patrimonio ha dictado que deben “replantarse” esas pinturas tras ser arrancadas de muros, algunos de tapial, y quince viviendas, más garajes subterráneos que convivirán –o suplantarán- los restos del verdadero Palacio de don Gutierre y del anfiteatro romano. Además de la pena, sólo me viene a la cabeza el título de uno de sus murales como colofón de tanto desprecio al arte: “El hombre quemándose en la Historia”.

Esther Bajo


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