De aquel último beso impar surgió la despedida, la que jamás había imaginado.
El horizonte había sido mi infinito, pero tú pusiste el final en la orilla de nuestro mar, donde rompían las olas, donde rompían las palabras, donde se bañaron mis lágrimas.
Mi dolor es ahora hueco y templado, el sol lo abraza con su calidez.
Recuerdo tu despedida, sabía a soledad, a silencio, a besos que no regresarían.
Sin embargo, este mar en calma me habla, me dice que la herida sanará, que, sin pretender que seas uno más, el paso del tiempo te hará de menos y aquí permaneceré, con la fuerza a punto de renacer, con los sentimientos, los sueños y los besos que regresarán para devolver la sonrisa a mis labios, la que te llevaste sin lograr que desapareciera del todo.
Esperar.
Quizás todo ha sido cuestión de convertirnos en náufragos que coincidieron en la vida para aprender a navegar de nuevo, con rumbos distintos y trazos paralelos que hacían imposible que nuestras vidas volvieran a coincidir.
Te deseo (lo mejor).
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