miércoles, abril 22 2026

Especial Sant Jordi: De máquinas, niñas y abuelos by Jorge Etcheverry

Nos conocimos en la facultad. Yo venía descorazonado de Estados Unidos, a quien mis amigos de izquierda llaman El Monstruo. Ella era mechona, es decir empezaba la carrera. Yo me reintegraba luego de una improductiva estadía en la Duke University, donde había trabajado con las cartas Zenner, sin resultado positivo. Incluso participé en un experimento basado en las investigaciones de Leonid Vasiliev, el controvertido parasicólogo de la era soviética, que no tuvo otro resultado que desilusionarme de este campo. Volví hecho un escéptico. La figura de mi abuelo recientemente fallecido a los 95 años, teósofo, caballero rosacruz en la jerarquía masónica y promotor—según un historiador tendencioso que no voy a mencionar—de un golpe de estado fallido de carácter socializante, disminuyó algo su papel en mi concepción de mundo—Weltanschauung, como dicen los alemanesno así en mi afecto y mi memoria. Pero basta de hablar de mí. Los amigos, algunos, todavía me identificaban con esas creencias, aunque había vuelto a sumergirme en la ciencia positiva y el alivio del sufrimiento humano mediante el ejercicio de la medicina. Ellos me la presentaron. Esa niña, cuyo mayor atractivo eran unos ojos zarcos, enormes, sus pómulos salientes, en un rostro más bien alargado que se erguía sobre un largo cuello. Al empezar a conocernos, empecé a dejar de lado mi ferviente y nuevo apego a las ciencias exactas. Ella venía de una familia de vago origen europeo. Mi familia remarcó su distinción, cuando comencé a insinuarla en mi círculo más estrecho. La afición a las ciencias ocultas también formaba parte de su biografía. Así me hablaba de su abuelo, de esa casona derruida que pensaba restaurar y eventualmente habitar, gracias a una herencia de unos tíos en segundo grado que vivían en Europa y que habían muerto en una avalancha en los Alpes suizos. Una tarde, tomados de la mano, caminamos por el Parque Forestal, que trata de reproducir con éxito variable los parques que bordean el Sena. Hablamos, y de pronto sacó una llave. Me hizo acompañarla a una casona en los faldeos del Cerro San Cristóbal. “Te tengo una sorpresa”, me dijo. Abrió la mampara y nos adentramos por un laberinto de piezas, de muebles cubiertos de lonas o telarañas. Un hombre impreciso y alto, vestido de oscuro se entrevió en la semi penumbra. Nos saludó vagamente. Ella me lo presentó “éste es mi abuelo Franz, Francisco, Pancho, cuando lo conozcas mejor”. Él sonrió, dibujando una línea vertical en su extraña cabeza, de largo cráneo, sobre un interminable cuello, en que los pómulos de Elga se acentuaban con un sesgo oriental que desmentían sus ojos casi incoloros. Indicó hacia la pared, hacia una litografía o foto ampliada, o quizás un minucioso dibujo de una máquina que vagamente me hizo recordar a la instalación para comprobar la telepatía de Vasiliev, y que se había reconstruido minuciosamente en la Duke University. Pero el hombre cerró la cortina. La litografía pareció desvanecerse en el muro. Echamos a andar detrás suyo, por el corredor. “Elga me ha hablado mucho de usted, quizás ya sepa algo de mis estudios” Y, dicho esto, tomó una lámpara y mostró el camino, por el largo y oscuro corredor, que conducía a su laboratorio. Recuerdo vivamente la luz vacilante, la silueta de su extraña cabeza, la danza de las sombras, cómo le seguíamos perplejos pero incrédulos, y cómo allí, en el laboratorio, contemplamos una reproducción en gran tamaño de la máquina de la litografía. Tenía partes de níquel, de marfil, otras que habían sido indudablemente limadas o aserradas, talladas de un cristal de roca. La máquina estaba casi completa, pero había unas barras de cristal retorcido sin terminar sobre un banco de carpintero, junto a algunos planos. Tomé una para examinarla mejor. Parecía ser de cuarzo. Al día siguiente me trasladé de la casa paterna, Elga anunció por su parte que iba a vivir sola. No hubo ni sorpresa ni alegatos, ni resquemores. Somos jóvenes, estamos en el siglo veinte. Habrá que limpiar un poco, pero hay espacio de sobra y una tarea inconmensurable para ambos.

 


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