Llegado determinado momento de la existencia, solo nos resta amarrarnos firmes a lo irrenunciable. No a lo inexorable, si no a lo que ha nutrido por decisión el humano que somos, hoy; y como nada es nítido sino, antes bien, entre translúcido y amenazado por la opacidad, únicamente cada uno puede identificar, a veces no sin esfuerzo, aquello que constituye en su existencia lo irrenunciable. Este saber es como haber hallado la propia piedra filosofal. Entonces, custodiando como titanes el preciado tesoro, que cada uno identifica como tal, renacemos como humanos distintos, casi habiendo dejado de ser algo humanos, y viviendo, aunque solo sea un instante como lo que auténticamente deseábamos ser. Eso vale toda la existencia.
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