Entrada relacionada: Él y Ella , publicada el 25 de junio 2024
Aquel día, hace ya tanto, miraba desde la ventana a esos niños enfundados en ropas de domingo. Los miraba y veía jugar en el parque. Pegaban patadas a la pelota, golpes secos como puños de hielo.
Siento que alguien se ha sentado junto a mí, me coge el pelo, toca y lo huele. Se acurruca pegándose a la manta. Cuerpo cálido, olor tibio que llena la nariz y me hace respirar. Viste bien aunque parece perdido. Me evade de mis recuerdos de dolor, negros, tiznados y fríos, cubiertos de una escarcha perenne.
Recuerdos de noches pasadas que fueron frías. De ese gélido aire que salía de esa boca llenando la habitación. Quería huir de su voz, alta voz, su altavoz que gritaba puta. Me quedaba inmóvil como una presa ante el poder de su depredador e intentaba desconectar poniendo las manos en las orejas y que sus palabras fueran como el sonido angustiante que salía de una puerta de frigorífico abierta. Entonces mi cuerpo se encogía pegado a la pared de la cocina y se deslizaba hasta sentarse en el suelo. Mientras su mano, carámbanos como uñas, tiraba de mi pelo para obligarme a levantarme y exponer más piel a sus garras.
Aria, mi perrina, levanta la cara. Mira hacia quien se pega a mi lado, yo sigo su mirada: es un hombre, un hombre que parece desvalido y triste. Le tapo con mi manta. Me desconcierta pero acojo al necesitado.
Los niños sudaban y manchaban sus trajes de domingo, era día de ramos y habían dejado sus palmas en el suelo, rían, como reía él al principio: cariños y besos; palabras dulces y bonitas como foresta selvática que ocultaba al tigre de garras de hielo. Uno coge con fuerza el balón y lo reclama suyo, como hizo él conmigo. Me agarró con fuerza, me dijo lo que tenía que hacer, como vestir, cuando hablar o no, me llamaba tonta y yo cedía a sus palabras, cuando protestaba me volvía a asir, cada vez con más fuerza, con palabras carcelarias, palabras eslabón que encadenan, hasta que se cansó y el puño de hielo llegó, y con él los moratones en las piernas, en los brazos, en la cabeza, donde el pelo oculta. Yo mentía, él mentía, nosotros mentíamos, contábamos caídas imaginarias, golpes imposibles, torpezas que me hacían insignificante, mentiras que me hundían en la realidad de mi mazmorra.
Le siento gemir. Tiene los ojos cerrados y las lágrimas salen de ellos envueltas en brumas de azul y gris, azul triste y pesado como cielo plúmbeo de nubes negras sin bordes de plata. Le tapó un poco más con la manta porque comienza a llover. Trasmite un grito de socorro. Yo también lo grité, con esa intensidad que la falta de voz te da.
Recuerdo el día que me revelé. Estabas en el hospital, mi enésima visita, mi enésima caída, las miradas de los sanitarios, ya no tenía fuerzas para convencer, contar excusas, convencerme. Entonces pasó una amiga por la habitación, una de las que tuve, una que no se fue aunque las eché de mi lado, como a las otras, para evitar el granizo en casa. Entró en la habitación y se puso enfrente y no pude evitar llorar. Ella, sin hablar, me cogió la mano, se la sujeté con fuerza y la agarré como si fuera un rosario y le conté, cuenta tras cuenta, cada pasión y dolor de mi vida con él. Al acabar, se hizo el silencio, entonces entró el demonio, mi amiga se levantó, soltó la mano y se fue. Él saludó al verla: máscara griega, sonrisa forzada, palabras con doble sentido. Ella se excusó, tenía miedo por mí, por ella, por todas, de esas manos frías, del glaciar tras sus ojos azul mar helado y seductor.
Él pidió el alta, los médicos se opusieron, se empecinó, vuelta a negarse, yo sentada en una silla de ruedas que él había robado. Llegaron los de seguridad mientras una enfermera trataba de quitarle la silla. Más voces. Su altavoz invadiendo el vacío de la cúpula del hospital y todos temblando. Al final nos fuimos. La policía dijo que era mi marido y tenía derechos y q yo, temblando por la tormenta de nieve que sabía que habría, no me oponía. Eran aquellos tiempos tenebrosos y opacos.
En casa fue bueno unos días y al tercero llegó la tormenta. El granizo como bolas grandes cayó y luego dejó de ser el hielo para ser barras de hierro: acabé de nuevo en el hospital, fría, sin sangre, mis sesos asomando, el cráneo y un montón de huesos partidos. Le detuvo la policía. Tras varios días en coma y meses sin vida, un juez ordenó que debía volver con él, que había pasado una terapia de reeducación y teníamos que estar juntos.
El hombre tiembla y se estremece. Le tapo aún más con la manta. Hace frío y llueve intensamente. Se está empapando, ahí acurrucado, tan indefenso.
Un día se fue a trabajar, estaba de guardia y me dejó sola mirando por la ventana, era domingo, ramos, niños jugando en el parque, y entonces salí de casa. Una pequeña mochila. Un poco de dinero. Llegué a la estación y me subí en el primer tren que pasó. Me alejé unos kilómetros del infierno de hielo. Luego cogí otro. Así hasta llegar aquí. Busqué la vida y la encontré en un piso abandonado. Luego empecé a respirar, a apurar los últimos minutos de cada hora como si fuesen los últimos, y al final todo fue luz y el color plata de las nubes fue sol de verano.
Ahora vivo de la mendicidad e invado mi vida de recuerdos que tenía olvidados desde el hospital, que ya no agobian, ni me hunden en el foso de la oscuridad, y prefiero la compañía de lo efímero y la alegría de Aria.
Abre los ojos. Aria le lame la mano que sacó de debajo de la manta. Me pongo en pie y le tiendo la mía. Me la agarra con fuerza y se levanta. Nos vamos a casa. Y caminamos por la calle, caminamos por la calle abajo. Juntos.
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